Quinindé
Festejo. El colorido desfile en Quinindé une a personajes populares de la cultura de la costa, sierra y oriente.Luis Cheme/Expreso

Quinindé celebró 35 años de fe y tradición con los Reyes Magos

Entre flores, pólvora y rezos, la comunidad reafirma su fe y devoción de esta tradición 

El aire húmedo de Quinindé, cargado de aromas dulces y terrosos, se convierte cada enero en escenario de una de las celebraciones más entrañables de la provincia de Esmeraldas: las Fiestas de los Reyes Magos.

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Este 2026, la comunidad conmemoró el trigésimo quinto aniversario de una tradición que nació en 1991, cuando el extinto Ezequiel Chimbay trajo desde el Azuay la devoción por los tres sabios de Oriente. Desde entonces, la fiesta ha crecido hasta convertirse en un símbolo de integración, fe y memoria colectiva.

Cada 3 de enero, las calles se llenan de voces y música con el pregón, ese acto inaugural que anuncia que la fiesta ha comenzado. Los priostes, doce este año, encabezan el recorrido con estandartes y cánticos, mientras los vecinos se asoman a las ventanas para saludar y bendecir el paso de la comitiva.

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Al día siguiente, antes del amanecer, el “Alegre Despertar” sacude la quietud de la madrugada: bandas de música recorren las calles, casa por casa, despertando a los compadres. El sonido de los tambores y trompetas se mezcla con el olor del café recién colado y el pan de horno que espera en las mesas. La jornada culmina con un desayuno comunitario, donde la fraternidad se sirve en platos sencillos pero abundantes.

Uno de los momentos más conmovedores llega con la recolección de flores para el Niño. Las floristas, mujeres voluntarias de la comunidad, recorren las casas recogiendo ofrendas de pétalos y ramos. Sus canastas, cargadas en la cabeza con una gracia ancestral, se convierten en símbolos vivos de devoción.

El recorrido hacia la iglesia, de tres kilómetros, es un río humano que avanza entre cantos y rezos. Los rostros de los participantes reflejan la fe: ancianos con lágrimas discretas, niños que aprenden a caminar al ritmo de la procesión, madres que sostienen a sus hijos mientras equilibran las flores. El olor de las gardenias, las rosas y los jazmines impregna el aire, creando un ambiente de pureza y esperanza.

El altar se viste de colores y fragancias

En la iglesia, el altar se viste de colores y fragancias. La misa en honor al Niño Jesús es un momento de recogimiento: se escuchan plegarias que hablan de gratitud y de la necesidad de unión. Al final, una merienda compartida refuerza los lazos comunitarios, recordando que la fe también se alimenta de la convivencia.

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Cuando cae la noche, la expectativa se concentra en la quema del castillo. A pesar de la lluvia, los organizadores se aseguran de mantener viva la tradición. El castillo, armado con luces y pólvora, se convierte en un espectáculo de fuego y color que ilumina los rostros de los asistentes. Los niños gritan de emoción, los adultos sonríen con nostalgia, y los ancianos recuerdan las primeras ediciones de la fiesta. Tras la quema, el baile popular reúne a todos en la plaza: negros, mestizos, cholos y mulatos se mezclan en una sola celebración, rompiendo cualquier frontera social.

Este año, sin embargo, la fiesta tuvo un matiz especial. Uno de los priostes insistió en que la celebración debía ir más allá del entretenimiento. Parte de los recursos se destinaron a ayuda social, recordando que la verdadera devoción se expresa también en la solidaridad. “Un baile es efímero, pero una ayuda perdura en el corazón”, reflexionó convenciendo a muchos de que la tradición puede evolucionar sin perder su esencia.

Continuidad

El 6 de enero se realiza la entrega de la batuta, un acto simbólico donde los priostes salientes transfieren la organización a otros grupos, asegurando que la fiesta siga viva año tras año. Los bingos, las ventas de sánduches y otras actividades de recaudación son el esfuerzo colectivo que sostiene la festividad.

Treinta y cinco años después de su llegada a Quinindé, las fiestas de los Reyes Magos son más que un ritual religioso. Son un espacio de integración cultural, donde las diferencias se diluyen en la música, la danza y la fe compartida. La fiesta nació con migrantes de Tungurahua y Cotopaxi.

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