TRENZADO
Oficio. El oficio de trenzar se ha convertido también en una fuente de autonomía económica para mujeres.Luis Cheme/Expreso

Las trenzas, un lenguaje vivo de la memoria afroecuatoriana

A poco del inicio del Carnaval, los trenzados toman protagonismo en Esmeraldas 

En Quinindé, el sonido de los dedos separando mechones de cabello no es un simple gesto estético: es una conversación antigua. Dentro de Afrotranzado Quinindé, el local fundado por María Arroyo, las trenzas africanas nacen como si fueran relatos tejidos hebra por hebra, cargados de memoria, dolor, resistencia y orgullo. Aquí, cada cabeza es un territorio donde se inscribe la historia afrodescendiente, una historia que sobrevivió al desarraigo forzado y que hoy se reafirma viva en el presente.

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María habla de las trenzas como quien habla de algo que siempre estuvo allí. No recuerda un momento exacto en el que alguien le haya enseñado. Para ella, el arte de trenzar es un don con el que se nace. Creció observando a su madre mientras trenzaba el cabello de sus hijas, repitiendo un ritual cotidiano que, sin saberlo, preservaba una herencia africana.

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Con cinco hermanas menores, María encontró su primer espacio de aprendizaje: cinco cabezas, cinco posibilidades de ensayo, error y perfeccionamiento. Mirar, imitar, sentir el cabello entre los dedos fue suficiente. Lo demás ya lo llevaba dentro.

Durante años, las trenzas fueron un signo casi exclusivo de la identidad afro. Hoy, se han expandido y cruzado fronteras étnicas: mestizos, personas blancas y extranjeras las adoptan como peinado cotidiano. Para María, este fenómeno habla de una “resignificación cultural”. Lo que antes fue motivo de discriminación ahora se convierte en tendencia. Sin embargo, advierte que detrás de la moda existe una historia profunda que no puede reducirse a lo superficial. Las trenzas no nacieron para embellecer: nacieron para sobrevivir.

En tiempos de esclavitud, las mujeres afrodescendientes transformaron sus cabezas en mapas vivos. Los diseños trenzados marcaban rutas de escape hacia los palenques, indicaban la presencia de ríos, montañas o quebradas. Cada línea tenía un significado; cada patrón era un mensaje cifrado.

Entre las trenzas también se escondían semillas de arroz, granos de maíz y pequeños fragmentos de oro. Era una estrategia silenciosa, una forma de resistencia que pasaba inadvertida ante los ojos del opresor. El cabello se convirtió en archivo, refugio y esperanza.

Ese pasado doloroso dialoga hoy con el color y la celebración. En febrero, cuando el país entra en época de Carnaval, las trenzas se llenan de tonos vibrantes. Rojos, amarillos y verdes irrumpen como símbolos de alegría y libertad.

Una previa al Día de la Raza

Para María, no se trata de banalizar la historia, sino de resignificarla: transformar el sufrimiento en afirmación de vida. Los colores evocan un pueblo que, pese a todo, sobrevivió. Tras el Carnaval llega el Día de la Raza, y la memoria vuelve a ocupar su lugar. Por eso, en estas fechas, muchas personas buscan trenzarse: quieren ser parte de una historia colectiva.

En Afrotranzado Quinindé, las trenzas ya no responden a una temporada específica. Se han vuelto parte del día a día. Cada semana, varias personas llegan buscando cornrows, box braids, fulanis, Marley o trenzas boxeadoras. Los materiales han cambiado con el tiempo: del cabello natural y la lana al kanekalón y el pelo sintético. Pero la esencia permanece intacta. Trenzar sigue siendo un acto de creación y de memoria.

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