
La ONU: entre la decadencia y la necesidad
#Análisis: Estados Unidos ha sido históricamente el principal sostén financiero del multilateralismo
La Organización de las Naciones Unidas nació con una ambición casi redentora: que la humanidad, después de dos guerras mundiales, tuviera un espacio para dialogar antes de volver a matarse. Ocho décadas después, ese ideal se tambalea. La decisión del gobierno de Donald Trump de retirar o congelar el financiamiento a decenas de organismos internacionales —alrededor de treinta ligados al sistema ONU y otra treintena de carácter multilateral independiente— no debe leerse, a mi parecer, como el origen del problema, sino como la revelación de una crisis que venía gestándose desde hace años.
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Estados Unidos ha sido históricamente el principal sostén financiero del multilateralismo. Al retirarse, Washington pone en jaque al sistema, aunque una de las justificaciones del presidente Trump haya sido no gastar el dinero de los contribuyentes en organizaciones que considera capturadas por agendas ideológicas. El recorte expone ante el público un hecho incómodo: la ONU dejó hace tiempo de ser solo un espacio de mediación y ayuda para convertirse en un elefante blanco burocrático, politizado y con escasos controles efectivos.
La ONU, entonces, no gobierna: refleja. Es un espejo de los intereses de los Estados, no una autoridad moral por encima de ellos. El Consejo de Seguridad, con su derecho a veto, evita grandes guerras entre potencias, pero al mismo tiempo institucionaliza la parálisis. Se condena, se exhorta, se “insta”, mientras los conflictos avanzan sin permiso.
A esto se suma la proliferación de agencias, oficinas, programas y comités. Cada crisis genera su propia estructura, su secretaría y su cumbre anual. El sistema se llenó de expertos en reuniones, burócratas y expolíticos que, al dejar sus países de origen, encontraron refugio laboral en las instituciones de la ONU, muchas veces sin rendir cuentas a nadie. La sensación de una “industria humanitaria” dejó de ser caricatura para convertirse en experiencia cotidiana de donantes y beneficiarios.
La politización terminó de corroer la credibilidad. El caso de la UNRWA, encargada de los refugiados palestinos, fue un golpe demoledor. Las denuncias sobre la participación de algunos de sus empleados en actos terroristas no solo afectaron a esa agencia, sino al conjunto del sistema. Cuando la neutralidad se pone en duda, el humanitarismo pierde su fundamento ético.
La ONU depende en gran parte de aportes voluntarios
Y está el problema de fondo: el dinero. La ONU depende en gran parte de aportes voluntarios. Las reglas existen, pero el poder se impone cuando quien paga la factura deja de hacerlo.
La ONU no parece condenada, aunque tampoco puede seguir igual. Su primer horizonte es el de la supervivencia funcional: seguirá siendo necesaria frente a pandemias, cambio climático, migraciones masivas y crimen transnacional. Ningún país puede enfrentar estos desafíos en soledad.
Un segundo escenario es el de la reforma forzada: menos estructuras, más impacto medible, auditorías reales y una depuración profunda de prácticas internas hoy protegidas por la diplomacia.
Y el tercero, el más inquietante, es el de la sustitución parcial por alianzas entre potencias que deciden sin foro universal. Esto es una especie de volver a la Europa de preguerra, con la diferencia de que las superpotencias han cambiado, y hoy por hoy ya hay más actores con poder regional en el globo que pueden jugar en esta modalidad de tratados directos, aunque este sistema depende del capricho de algunos líderes mundiales.
Para países medianos como Ecuador, la ONU no es un lujo ideológico; es un escudo imperfecto frente al poder desnudo de Estados que pueden ejercer una presión política, económica o militar infinitamente mayor que la nuestra. Por eso conviene decirlo sin rodeos: Donald Trump no es el incendio, no es el causante ni el pirómano que llega a destruir el sistema jurídico internacional. Tal vez se haya convertido, más bien, en el fósforo que reveló el olor a gas que ya inundaba la habitación. Un sistema carcomido, con cimientos golpeados por años de politización, corrupción encubierta y pérdida de neutralidad, al que ahora se le corta el oxígeno financiero y se le exige mostrar resultados. La crisis no empieza con Trump; simplemente se vuelve visible cuando alguien se atreve a encender la luz y deja al descubierto el estado de descomposición que rodeaba a estas instituciones.
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