
Honduras, la fatiga de las revoluciones
#ANÁLISIS: La izquierda latinoamericana se acostumbró a ganar más por relato que por gestión
La izquierda latinoamericana se acostumbró a ganar más por relato que por gestión. Durante dos décadas vendió una épica: la del pueblo contra las élites, la de los pobres contra los poderosos, la de la historia que por fin corregía sus injusticias. Pero la historia, cuando se abusa de ella, también pasa factura.
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Lo ocurrido en Honduras a finales de 2025 es un retrato perfecto de esa fatiga.
Las elecciones del 30 de noviembre fueron cerradas, tensas, interminables. Durante semanas el país vivió en un limbo aritmético: actas que no cuadraban, sistemas que se caían, conteos que avanzaban a paso de tortuga y una ciudadanía que empezó a sospechar que el problema ya no era quién ganaba, sino quién administraba el proceso. Finalmente, el Consejo Nacional Electoral proclamó presidente electo a Nasry “Tito” Asfura, del Partido Nacional, una organización tradicional de centroderecha que vuelve al poder tras un periodo de gobierno de la izquierda.
La reacción fue inmediata: denuncias de fraude, pedidos de reconteo, marchas y comunicados incendiarios. El viejo libreto reapareció sin rubor: si la izquierda pierde, no pierde, la derrocan.
El rival directo fue Salvador Nasralla, al frente de una alianza de centroizquierda con sectores del oficialismo saliente. No hizo una campaña ideológica clásica, sino que ofreció una “refundación moral”: acabar con la corrupción histórica, desmontar las redes de poder tradicionales y auditar todo el aparato estatal. Su discurso conectó con el hastío ciudadano, pero también despertó temores. Su proyecto se percibió más como una cruzada personal contra el sistema que como un plan de gestión estructurado, más como una promesa de limpieza que como un programa económico claro para enfrentar la inseguridad, la inversión y el empleo.
Orden fiscal y atracción de inversión privada
Asfura, en cambio, llegó con un discurso que seduce por su simpleza: orden fiscal, atracción de inversión privada, recuperación de la confianza empresarial, combate frontal al crimen organizado y pragmatismo en la relación con Estados Unidos. Nada épico, nada redentor. Gestión, estabilidad y administración del día a día. Para muchos hondureños, eso hoy vale más que cualquier consigna.
Los resultados oficiales mostraron un proceso prolongado y altamente cuestionado, con una participación cercana al 60 % del padrón. El gobierno saliente de Libertad y Refundación (Libre), encabezado por Xiomara Castro, quedó políticamente desfondado: sin candidato propio en la definición final, dividido internamente y con serios cuestionamientos por el manejo del proceso electoral y por la incapacidad de garantizar un escrutinio fluido y creíble. En vez de convertirse en árbitro institucional de la transición, terminó como actor más de la disputa, profundizando la percepción ciudadana de que la izquierda ya no logra separar partido y Estado.
La explicación del giro no está en los servidores del Consejo Electoral, sino en la vida cotidiana. La izquierda regional —y Honduras no fue la excepción— agotó su capital moral. Prometió justicia social y terminó normalizando la precariedad institucional. Prometió transparencia y multiplicó las trincheras ideológicas.
En Centroamérica, como en el Cono Sur o los Andes, el votante ya no se deja seducir por la retórica de la revolución permanente. Quiere algo más simple y más difícil: servicios que funcionen, empleo que alcance, seguridad que se sienta y elecciones que no parezcan una serie de Netflix con final incierto.
El drama hondureño no es solo que la elección haya sido voto a voto. El drama es que buena parte de la izquierda reaccionó como si el país le perteneciera. Como si la derrota fuera una anomalía histórica y no una consecuencia política. Como si los errores propios fueran siempre culpa de la derecha, del imperio o del algoritmo.
Honduras no es un caso aislado. Es parte de una tendencia más amplia: la región empieza a votar en contra del desgaste, no a favor de ideologías. La gente ya no quiere héroes de discurso eterno, quiere administradores de lo posible. Y cuando la izquierda confunde gobernar con resistir, termina resistiendo a su propia gente.
Tal vez por eso esta elección no se definió solo en actas, sino en el cansancio. Cansancio de promesas infinitas, de excusas recicladas, de revoluciones que envejecieron sin darse cuenta.
Y ese mensaje, incómodo pero contundente, ya recorre América Latina de norte a sur.
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