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Carmen Ojeda Oquendo | Amar no debe doler: señales de relaciones disfuncionales

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El amor puede incomodar y desafiar, pero no debería anular, romper ni enfermar

Durante mucho tiempo se nos enseñó que ‘el amor todo lo soporta’ o ‘quien te quiere te hará sufrir’ y esto se ha normalizado tanto que muchas personas permanecen en relaciones que deterioran su salud mental e incluso física sin siquiera cuestionarlo. Es importante decirlo con claridad: amar no debería doler.

Esto no significa que una relación sana esté libre de conflictos. Discutir o atravesar momentos difíciles es parte de cualquier vínculo humano. La diferencia está en cuando el malestar deja de ser ocasional y se convierte en un sufrimiento constante, predecible y emocionalmente dañino.

Una de las primeras señales clínicas de una relación disfuncional es la ansiedad. La persona vive en estado de tensión permanente, mide lo que dice, anticipa reacciones negativas y teme generar conflicto o ser abandonada. A esto suele sumarse la desvalorización personal, que no siempre es evidente: minimizar sentimientos, invalidar el malestar o ridiculizar preocupaciones va erosionando la autoestima y la confianza en la propia percepción.

La culpa excesiva es otro indicador frecuente. En estos vínculos, una de las partes se siente responsable del bienestar emocional del otro, asumiendo como propia cualquier dificultad de la relación. Otra señal es la pérdida progresiva de identidad. La persona deja de hacer actividades que disfrutaba, se aleja de amigos o familiares y adapta su conducta para evitar conflictos.

El cuerpo también suele manifestar este malestar: dolores de cabeza, contracturas, problemas gastrointestinales, fatiga o alteraciones del sueño son comunes. No es casual que muchas personas noten sentirse mejor cuando están lejos de su pareja que cuando están cerca.

Muchas relaciones disfuncionales se sostienen en patrones de apego inseguros, experiencias de abandono y creencias erróneas sobre el amor. Reconocer que una relación está provocando sufrimiento no es fracasar, sino un acto de amor propio y salud mental. El amor puede incomodar y desafiar, pero no debería anular, romper ni enfermar; y cuando el dolor es persistente, vale la pena preguntarse por qué.