
Cuando la violencia se anuncia desde la escuela: alertas que no deben ignorarse
Especialistas advierten que la violencia suele anunciarse desde la infancia y que la prevención comienza en casa y escuela
La violencia juvenil no surge de forma repentina. Especialistas coinciden en que suele anunciarse desde la infancia mediante señales persistentes como conductas agresivas, falta de empatía, rechazo a la autoridad y desvinculación familiar y escolar. Docentes y expertos advierten que estos comportamientos, influenciados por entornos violentos y carencias afectivas, pueden agravarse en la adolescencia si no existe una intervención temprana. La prevención, subrayan, empieza en casa y se refuerza en la escuela, antes de que la calle termine ocupando ese rol.
Estas advertencias no son solo teóricas.
Una amistad de infancia que terminó en crimen
Ángel, un guayaquileño de 36 años, vivió de cerca una historia que hoy confirma lo que sostienen los expertos consultados por EXPRESO. Durante su etapa escolar, uno de sus mejores amigos —años después— se convertiría en cabecilla de una organización criminal del sur de Guayaquil.
Su madre, recuerda, le pidió en reiteradas ocasiones que se alejara de él, convencida de que no era una buena influencia.
“Desde niño se levantaba en medio de la clase, desobedecía al profesor y les quitaba el almuerzo a los compañeros. En la adolescencia estudiábamos en el mismo colegio y su comportamiento se volvió cada vez más violento. Mi madre terminó prohibiéndome esa amistad; me dijo que tarde o temprano tendría problemas. Sus padres estaban separados y pasaba casi todo el tiempo en la calle. Creo que en su casa no recibía afecto”, relata Ángel.
Una advertencia que el tiempo confirmó
Con el paso de los años, aquella advertencia se cumplió. Su excompañero se convirtió en líder de una banda criminal y, tiempo después, fue asesinado. Un desenlace que, según Ángel, parecía anunciado por una conducta marcada desde la niñez y agravada durante la adolescencia.
Historias como esta se repiten, a distinta escala, en las aulas de algunos centros educativos.

Enseñar en medio de la violencia
Con 31 años de trayectoria en el magisterio, una docente que actualmente se desempeña como vicerrectora de un colegio fiscal ubicado en un sector de alto riesgo del sur de Guayaquil asegura que la educación basada en el afecto ha sido clave para sostener la convivencia escolar en entornos atravesados por la violencia.
Explica que muchos estudiantes provienen de hogares con antecedentes delictivos, familias desintegradas y, en varios casos, han quedado huérfanos tras enfrentamientos entre bandas criminales.
“Hay niños que han perdido a sus padres y quedan al cuidado de abuelos o tíos. Llegan con mucho dolor y profundas carencias afectivas”, señala.
El diálogo como primera respuesta
Ante esta realidad, la institución optó por priorizar el diálogo, la empatía y la orientación emocional antes que la sanción inmediata.
“A los chicos los tratamos como si fueran nuestros hijos. Les hablamos con cariño, les explicamos lo que está mal y les hacemos tomar conciencia de que el estudio es la única salida para cambiar su realidad”.
Aunque reconoce que muchos estudiantes están expuestos a entornos conflictivos fuera del plantel, sostiene que dentro de la institución se mantiene un clima de respeto.
“Aquí no se permiten actos de violencia. Hay normas claras, pero también espacios para escuchar”.
Incluso en situaciones sensibles, como amenazas verbales o el hallazgo de objetos que generan alarma, se activan protocolos de seguridad, se coordina con la Policía y se prioriza el acompañamiento.

Casos que activan protocolos y límites
La vicerrectora recuerda un caso en el que una docente acudió a ella afectada tras ser amenazada por un estudiante.
“El alumno le dijo: ‘para más de darte dos pepazos’”, relata. Ante la gravedad del hecho, el joven fue sancionado y separado temporalmente del plantel.
En otro episodio, durante una revisión de mochilas, se detectó que un alumno portaba un arma de juguete.
“En lugar de reaccionar con gritos, intervine con firmeza y respeto. Lo llamé por su nombre, bajé el tono y le pregunté por qué había llevado ese objeto al colegio. Le hablé con amor, pero dejando claro que su conducta era incorrecta”.
Para la docente, el rol de la escuela debe ir más allá de lo académico: también implica educar a las familias, acompañar emocionalmente a los estudiantes y trabajar de forma preventiva.
“Hoy, más que sancionadores, los docentes debemos ser formadores. La agresividad solo genera más violencia, y muchos chicos ya viven en hogares marcados por ella”.

Las señales forman patrones, no hechos aislados
Desde el ámbito académico, el sociólogo Javier Gutiérrez advierte que niños y adolescentes viven en un contexto de alta vulnerabilidad, marcado por la violencia, la pobreza y la presencia de grupos criminales.
Señala que las alertas no suelen presentarse como hechos aislados, sino como patrones persistentes: desvinculación familiar, rechazo a la autoridad, dificultad para seguir normas, escasa empatía y búsqueda de validación a través de conductas problemáticas.
A estas señales se suman otras más graves, como agresividad recurrente, mentiras constantes, ausentismo escolar, consumo temprano de alcohol o drogas e indiferencia frente al daño causado. Para Gutiérrez, estas conductas son respuestas adaptativas a contextos adversos y están influenciadas por factores familiares, sociales y emocionales.
Conductas que requieren atención inmediata
En la misma línea, la criminóloga Ana Minga advierte que la baja tolerancia a la frustración, el acoso sin remordimiento, la humillación constante y, especialmente, la falta de empatía y la crueldad hacia animales constituyen señales de alerta que deben ser atendidas de inmediato.
Si bien reconoce la influencia del entorno, subraya que la intervención temprana puede revertir estas conductas mediante límites claros, acompañamiento familiar y fortalecimiento de valores.
“Existen personas que no presentan una necesidad evidente de delinquir, pero encuentran satisfacción en infligir dolor a otros. Esta característica puede observarse desde la niñez o la adolescencia y, si no se atiende a tiempo, puede derivar en conductas delictivas más graves”, señala.

Aclara, además, que cuando existen padres presentes y comprometidos, muchas de estas conductas pueden revertirse.
“Hay transgresiones propias de la rebeldía adolescente que no siempre implican un camino delictivo. El trabajo es de todos”.
No existen niños delincuentes, sino contextos vulnerados
Por su parte, la experta en seguridad y doctora en Estudios Políticos, Carla Álvarez, descarta la idea de “niños delincuentes” y sostiene que lo que existen son contextos de vulneración acumulada.
Asegura que el aislamiento, la desvinculación escolar, la agresividad constante y la fascinación por economías ilegales suelen ser respuestas a entornos violentos, más que fallas individuales.
La prevención comienza en casa y en el aula
Xavier Zapata Liberio, director de la Unidad Educativa Nuestra Señora del Carmen, coincide en que las señales de riesgo se manifiestan como patrones persistentes en el hogar, la escuela y la comunidad. Destaca que la prevención debe centrarse en fortalecer los vínculos afectivos, la educación emocional, el establecimiento de normas claras y el trabajo articulado entre familia, escuela y comunidad.
La psicóloga Angélica Galarza, directora de Bienestar Universitario de Argos, enfatiza que los niños no nacen delincuentes y que las conductas delictivas en la adultez suelen tener raíces en una infancia desatendida.
Los consultados coinciden en que la prevención no empieza en la cárcel ni en la Policía, sino en casa y en el aula, cuando un adulto decide mirar, acompañar y poner límites antes de que la calle termine criando sola.