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Rafael Oyarte | A callar

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En esa cúspide de la libertad de expresión, hay varios que creen que pueden hacer callar al resto

Allá por 1982, con oportunidad del aumento de precio de las arvejas y otros productos, un noticiero salió a la calle a entrevistar a los ciudadanos que encontraban. Uno de ellos dijo, con energía y convicción, que Osvaldo Hurtado “no sabía nada de economía”. Por supuesto que esa era una manifestación de la libertad de expresión que, en ese entonces, era muy limitada para quienes no tenían acceso a los medios tradicionales para opinar. Hoy la cosa es muy distinta: todos podemos manifestar nuestras ideas y hacerla llegar a muchos a través de las cada vez más extendidas redes sociales. Claro que la gran mayoría no tiene numerosos seguidores, pero, teniéndolos o no, puede opinar abiertamente sobre los más diversos temas, independientemente de si los conoce o no: fútbol, política, arte, religión; y las más profundas ciencias son (mal)tratadas por cualquiera que quiera hacerlo. El único límite no es el conocimiento, sino la voluntad de hablar. Curiosamente, en esa cúspide de la libertad de expresión, hay varios que creen que pueden hacer callar al resto. Y no me refiero a la cada vez más dilatada cantidad de anónimos que insultan o denigran en redes. No. Me refiero a gente que está autoconvencida de que sabe algo que no domina, con una autoridad dada por unos ‘likes’, de descalificar a personas que, guste o no lo que opinan, sí la tienen.

De este modo, da risa (a mí me da pena), cómo, respecto de algún señalamiento que no les gusta, sale a dar cátedra en redes gente que no escribe más allá de algún ‘tuit’, y se refieren con desprecio a personas que tienen un notorio y notable dominio del tema, lo que se confirma con su importante ejercicio profesional y sus publicaciones, libros que se venden y no de esas que antaño editaban ministerios o cortes para regalar a los amigos (por supuesto, con plata ajena) y que sirven para engrosar algún currículum. Pero bien, vaya y pase ese modo de ser de gente que aprecia muchísimo su pretendido ‘buen nombre’ pero que vilipendia al resto porque es su ‘opinión’. Hoy, en mucho, esa es la ‘academia’. Estamos en el tiempo de los derechos ‘unidireccionales’, sobre los que esa gente se ha apropiado: ellos dicen cuáles son los derechos y a quiénes y cuándo corresponden. Los tristes mortales, que son el resto, no los tienen. Nada novedoso: comunistas y nazis basaron su ‘éxito’ en esa misma práctica.