ESPOL CAMPUS
El campus Gustavo Galindo Velasco, en Prosperina, combina innovación académica con un legado arqueológico que evidencia asentamientos prehispánicos.Cortesía

Huellas milenarias bajo las aulas: el pasado prehispánico que emerge en la ESPOL

Investigaciones identificaron cerámicas y restos con patrones conocidos de las culturas Milagro-Quevedo y Guancavilca

Por años, el campus Gustavo Galindo Velasco, ubicado en Prosperina, al noroeste de la ciudad de Guayaquil, fue sinónimo de innovación tecnológica, laboratorios y proyectos científicos. Sin embargo, bajo sus senderos, aulas y cerros, el territorio guardaba una historia mucho más antigua. Un estudio arqueológico realizado por docentes e investigadores de la carrera de Arqueología de la Escuela Superior Politécnica del Litoral confirmó que este espacio universitario estuvo habitado por sociedades prehispánicas de la Costa ecuatoriana, mucho antes de la fundación de la ciudad moderna. El hallazgo no solo reescribe la memoria del campus, sino también la de Guayaquil, al evidenciar una ocupación humana planificada y sostenida en el tiempo..

Fragmentos cerámicos y restos botánicos milenarios

Los primeros indicios surgieron del registro sistemático de material cultural en superficie. Fragmentos cerámicos, dispersos en zonas estratégicas, comenzaron a contar una historia silenciosa. “Las pastas, los tratamientos de superficie, las formas y acabados coincidían con patrones conocidos de las culturas Milagro-Quevedo y Guancavilca”, explica Álvaro Mora, analista de arqueobotánica. Para el investigador, no se trata de piezas aisladas, sino de evidencias que encajan dentro del período de Integración de la costa ecuatoriana. A ello se suma el patrón de asentamiento: los restos aparecieron en áreas elevadas, una elección coherente con la lógica territorial de estas sociedades, que buscaban protección frente a inundaciones y dominio visual del entorno.

Restos en ESPOL
El descubrimiento impulsa la protección del patrimonio y propone convertir el campus en un aula viva de historia y ciencia.Cortesía

Los hallazgos revelan escenas de la vida cotidiana. La mayoría de la cerámica recuperada es utilitaria: vasijas para cocinar, almacenar y servir alimentos. Las superficies alisadas, los engobes y pulidos hablan de conocimiento técnico y soluciones prácticas para resistir la humedad y el uso diario. También aparecieron torteros vinculados al hilado textil y restos arqueobotánicos de maíz, yuca, bijao y platanillo, que confirman una dieta variada y el manejo consciente del entorno natural. “Esto habla de economías diversificadas y planificación alimentaria”, detalla Mora, quien subraya que detrás de cada fragmento hay decisiones tecnológicas y sociales.

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Restos de una cultura ancestral: Milagro-Quevedo y Guancavilca

La geografía fue clave para la supervivencia. Los cerros cercanos y el actual Bosque Protector Prosperina ofrecían biodiversidad, agua y materias primas. Lejos de asentarse al azar, estas poblaciones “leían el paisaje”, elegían suelos firmes y reducían riesgos climáticos. 

Las prospecciones pedestres, cateos, georreferenciaciones y análisis de laboratorio permitieron registrar cada evidencia con rigor científico, priorizando la conservación del patrimonio y la reconstrucción de prácticas tecnológicas ancestrales.

Campus Espol Arqueología
Los hallazgos conectan el presente universitario con culturas antiguas que aprovecharon estratégicamente el entorno natural.Cortesía

Para Diana Cotapo, docente de Arqueología, el impacto del descubrimiento trasciende lo académico. “Significa que la universidad se levanta sobre un lugar donde ya existían saberes, tecnologías y redes de intercambio”. La especialista sostiene que este patrimonio puede integrarse a múltiples carreras: ingenierías, turismo, ciencias ambientales, diseño o comunicación. El campus, dice, puede convertirse en un “aula viva” donde el pasado dialogue con el presente, mediante rutas interpretativas y espacios de divulgación que acerquen la historia a la comunidad, siempre bajo criterios técnicos de protección y en coordinación con el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, custodio oficial de los materiales recuperados.

Más allá de los datos, el estudio deja una reflexión de fondo: innovar no es empezar de cero. Las sociedades que habitaron este territorio ya experimentaban con materiales, dominaban técnicas productivas y aplicaban principios de sostenibilidad. “Reconocer este conocimiento ancestral nos invita a repensar la innovación actual como una continuidad de saberes”, concluye Cotapo. La ciencia, en este lugar, no comenzó en los laboratorios: comenzó hace milenios.

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