
De la 'H' a la 'tusi': los químicos que pudren a la juventud ecuatoriana
Los adictos reclaman casas de acogida urgentes pero el Ministerio mantiene en silencio su presupuesto para tratamientos
En Ecuador, "entre 90.000 y 110.000 adolescentes están inmersos en el consumo de drogas ilegales", según cuenta el doctor Rómulo Bermeo: una crisis sanitaria que satura las calles de Guayaquil. Pese a la urgencia, la escasez de clínicas públicas de rehabilitación deja a miles a la deriva frente al silencio institucional del Ministerio de Salud Pública, entidad que no rinde cuentas sobre los millones proyectados para este rubro.
Un recorrido a los puntos de consumo
El doctor Rómulo Bermeo, médico de un centro público del suburbio, lo palpa a diario. Recorre zonas que el estigma bautizó como “terribles”: la 44, el ‘Infiernillo’ o ‘Piñata’, donde los consumidores deambulan por las calles de la desatención estatal. EXPRESO lo acompaña. Algunos se acercan a pedir ayuda médica; sus gestos delatan urgencia: “Queremos clínica”. Bermeo dialoga con empatía.

Ya lo conocen. En medio de la marginalidad urbana, los adictos intentan sostener códigos: “A los ‘pelados’ no les damos ni dejamos que prueben”, lanza uno de ellos. A pocos metros, niñas en uniforme sortean a cuatro personas drogándose en una esquina, como si fuese un paisaje usual. Nadie las molesta, afortunadamente. Muchos claman por ser internados, pero la matemática es cruel: no hay casas públicas de acogida para tantos.

Según estadísticas levantadas en campo por el gremio de médicos, a nivel nacional hay entre 90.000 y 110.000 adolescentes inmersos en drogas ilegales. Las raíces son estructurales: el 78 % proviene de hogares disfuncionales y el 68 % presenta trastornos mentales orgánicos no tratados (como cuadros de hipoxia neonatal) que detonan la compulsividad adictiva en la pubertad.
Silencio estatal ante las adicciones
Ante esta crisis epidemiológica, a finales de 2024 el Estado proyectó invertir $27 millones hasta 2027 a través de la Iniciativa ‘Nueva-MENTE’ del Ministerio de Salud Pública (MSP). Sin embargo, 15 días después de que este Diario solicitó información sobre la ejecución real de estos fondos, la cartera de Estado sigue en silencio.
Para Bermeo, el enfoque criminalizador falla de origen. “El adicto no es un delincuente, es un enfermo. El consumo es como la fiebre. Tú vas al médico, te mandan paracetamol y te pasa. Pero si no buscas qué genera la infección, la fiebre regresa a los pocos días”.

En las zonas populares, la economía dicta el veneno. La base de cocaína casi desapareció; fue desplazada por el ‘plopló’, los primeros bagazos tóxicos de la hoja mezclados con matamaleza. Coloquialmente le dicen así porque estalla al fumarse. A la par domina la ‘cripi’, que lejos de ser marihuana natural, es un híbrido (Ascan-Z21) alterado para disparar los niveles de THC, destruyendo la química cerebral.
Sobre ellas impera la ‘H’, una heroína rudimentaria mezclada sin escrúpulos con cemento, cal o estricnina (veneno de ratas), según laboratorios forenses locales. Esta mezcla obliga al joven a un consumo compulsivo para evitar los insoportables dolores óseos de la abstinencia.
Tusi y Keta: El consumo cambia en la 'alta sociedad'
El escenario muta en la otra orilla social. Melanie (nombre protegido) se alista para ir a una discoteca en Samborondón. Llega temprano para ahorrarse la entrada. Una noche le ofrecieron polvo rosado. “Había fumado, pero jamás me había metido nada por la nariz. Mis amigas probaron, yo también quise. Me hizo bailar con gente que no me simpatizaba. No quise saber más de fiestas por meses. Mis amigos, sin embargo, siguen consumiendo”, relata.
Probó el ‘tusi’ (cocaína rosada, le dicen), la droga que rige en las élites y la clase media-alta. Un exitoso producto del marketing criminal sin rastro de cocaína. Evidencia forense de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) y la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (Cicad) demuestra que es una ‘fanesca química’: ketamina, MDMA (éxtasis) y estimulantes baratos.

Un estudio clínico sobre el consumo de ‘tusi’ en 12 pacientes, facilitado por Bermeo, perfila a las víctimas locales: el 33 % tiene entre 15 y 19 años, y el consumo es sobre todo masculino (67 %). A nivel regional, la amenaza se confirma: un estudio de Chile (2024-2025), usado como indicador (proxy) para la región andina, señala que la edad de inicio en sintéticas bajó a 16,1 años, y el 94 % de usuarios de ‘tusi’ son “policonsumidores” diarios.
La base de este polvo, la ketamina, es un anestésico disociativo veterinario. En dosis altas, el usuario colapsa en el ‘hoyo K’: sufre disociación severa y paranoia. Su abuso crónico destroza el cuerpo, provocando cistitis ulcerosa y daño renal.
Hay brecha social para pedir ayuda
El psicólogo clínico Frank Armijos desmenuza esta brecha. “Es notable un patrón distinto según la posición socioeconómica. En sectores con mayores recursos hay presencia de sintéticas o psicofármacos sin prescripción, usados por un imaginario de poder. En sectores vulnerables, predominan sustancias económicas de calidad cuestionable que enganchan más rápido”.

Pese a las diferencias químicas, el fondo es idéntico: llenar vacíos. “La adicción no es exclusiva de ninguna clase. Está sujeta a brindar alivio al malestar psíquico y a la angustia inherente a la existencia”, recalca.
El drama culmina en el tratamiento, que en Ecuador es un privilegio. “El acceso y sostenimiento de la rehabilitación suele ser limitado por falta de insumos o políticas públicas. Quienes tienen mayores recursos tienen más posibilidades de sostener un tratamiento”, sentencia Armijos.
La solución, apunta, no es la utopía prohibicionista, sino viabilizar vías de cuidado atadas a un marco jurídico y sanitario que responda, sin filtros, a la crudeza de la calle.