Coronavirus: las lecciones que nos dejó la mortal epidemia de la polio

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Coronavirus: las lecciones que nos dejó la mortal epidemia de la polio

A diferencia del coronavirus, nadie sabía cómo se transmitía la poliomielitis, ni qué la causaba.

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El temor y la incertidumbre rodeaban a la epidemia de la polio en el silo pasado.INTERNET

Al igual que el coronavirus, la poliomielitis es una enfermedad muy infecciosa, transmitida por un virus que afecta principalmente a niños y niñas. El contagio se realiza de persona a persona y ataca al sistema nervioso, pudiendo causar la muerte. Por lo que el temido Covid-19 puede traer ciertos recuerdos a quienes vivieron la epidemia de polio del siglo pasado.

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Durante la primera mitad del siglo pasado, este virus golpeando sin avisar durante cada verano, como en una película de terror. A diferencia del coronavirus, nadie sabía cómo se transmitía esta enfermedad ni qué la causaba; y lo que tenían en común era que no había cura ni vacuna.

Ante el temor, en las siguientes cuatro décadas, las piscinas y los cines se cerraban durante el verano, y los padres dejaban de enviar a los niños al parque o a fiestas de cumpleaños por miedo a este enemigo invisible.

Durante el brote de 1916, los menores -que parecían el blanco de la enfermedad- quedaban alejados de sus familias y aislados en sanatorios. En 1952, el número de casos de la polio en Estados Unidos ascendió a 57.879, provocando 3.145 fallecimientos. Los que sobrevivían podían acabar con algún grado de parálisis, que los obligaba a usar muletas, sillas de ruedas o a vivir con un gran tanque que les permitía respirar introduciendo y retirando el aire de sus pulmones.

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El presidente Franklin Roosevelt mantenía su parálisis causada por la polio oculta a la ciudadanía y creó el Instituto Nacional de Parálisis Infantil, una organización sin ánimo de lucro. Además, instó a los estadounidenses a donar diez centavos a la Casa Blanca para financiar el tratamiento de las víctimas de polio y la investigación para obtener una cura.

En 1953, un científico de nombre Jonas Salk obtuvo el permiso para probar una vacuna en niños sanos y comenzó con sus tres hijos, siguiendo con un estudio piloto de vacunación de 7.500 niños en escuelas de Pittsburgh. Aunque los resultados fueron positivos, todavía hacía falta probar la vacuna más ampliamente para que obtuviera la aprobación.

Finalmente, la poliomielitis fue vencida al fin en 1955, gracias a la vacuna desarrollada por Salk y su equipo de la Universidad de Pittsburgh.

Pero, antes de esto, era la enfermedad más temida del siglo XX y causaba más de 15.000 casos de parálisis al año en Estados Unidos. Tras el éxito de su vacuna, Jonas Salk, con tan solo 39 años se convirtió en uno de los científicos más célebres del mundo. El desarrollo de este avance fue un esfuerzo colectivo al que contribuyeron Roosevelt como líder de la nación, los que trabajaban junto a Salk en el laboratorio e inlcuso los voluntarios.

Sumado a esto, Salk ganó mayor respeto al renunciar a la patente de su trabajo, afirmando que la vacuna pertenecía a los ciudadanos, y que patentarla sería como “patentar el sol”. Con esto, a finales del siglo, el pánico a la polio se había convertido en un vago recuerdo.

Peter Salk, hijo mayor del investigador, comentó en una entrevista que esa era una época en la que los ciudadanos contribuían y confiaban en la comunidad médica. Creo que es una idea que debemos resucitar hoy.

Pero, previo al final del horror causado por la polio, hubo mucha pistas falsas y callejones sin salida en la búsqueda de remedios. Y mientras la mayoría de los científicos creía que la respuesta estaba en una vacuna desarrollada con virus vivos, Salk fue contra la ortodoxia médica y trabajó con virus muertos, pero no había garantías de que funcionase. Diez años atrás, una vacuna diferente había contagiado de forma involuntaria a varios menores, matando a nueve.

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Para un documental de Smithsonian Channel, Bill Gates explicó que trabajar en el desarrollo de una cura para una epidemia como esta es un gasto, pero luego constituye una inversión, ya que de conseguirse permite liberar recursos que ya no tendrán que gastarse en la enfermedad.

Hasta el momento, la viruela es la única enfermedad infecciosa que el mundo ha logrado eliminar. Pero, aun así, los avances conseguidos con la polio y la infraestructura creada para erradicarla están ayudando también a luchar contra otras enfermedades infecciosas, como el ébola, la malaria y ahora el coronavirus.

Al final del documental, Jonathan Salk –hijo pequeño de Jonas- recordaba que su padre se preguntaba todos los días por qué no podíamos aplicar el espíritu de lo que había ocurrido con el desarrollo de la vacuna contra la polio a otros problemas. Seguramente esta filosofía del trabajo en conjunto sería de mucha ayuda ahora para lucha contra el coronavirus.