
Titi de la Misericordia: un corazón que no conoce fronteras
Una mujer de fe que cruza los muros de la cárcel con escucha y esperanza, convencida de que la empatía también salva vidas
María Cristina Santacruz de Cuvi -a quien todos llaman con cariño Titi- llega a la entrevista con su mandil característico que la identifica como parte de una misión ejemplar. Vive su misión con prisa, con alegría y con el corazón desbordado. Viene de entregar mil panes de pascua a personas privadas de libertad, un gesto posible gracias a manos generosas que se suman, muchas veces en silencio. Ella lo asume con naturalidad, como quien sabe que no es protagonista, sino instrumento.
Titi es la coordinadora de la Pastoral de la Libertad y Misericordia de la Arquidiócesis de Guayaquil, conocida simplemente como la pastoral carcelaria. Un equipo sinodal -como ella misma lo describe- de casi 200 personas, entre obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas y misioneros laicos, sostiene esta labor. De ellos, alrededor de 70 ingresan de forma permanente a los centros penitenciarios; los demás acompañan con apoyo logístico, donaciones y, sobre todo, con oración.
Su historia comenzó en 2013, casi sin planearlo. “Los caminantes de Emaús (movimiento espiritual católico laico) me invitaron a una experiencia carcelaria por Navidad en la cárcel de mujeres”, recuerda. Llegó como empresaria, pensando que podría ayudar desde la gestión. Pero nada la preparó para lo que vivió. “No paré de llorar desde que entré. Me abrazaba con las presas… y no exagero cuando digo que salí con piojos y sarna, pero feliz y renovada”.
Una amiga muy cercana le insistió en que hablara con el padre Othmar Stäheli, de la asociación Santa María del Fiat, a quien muchos ya consideraban un santo en vida. Cuando por fin logró verlo -luego de meses en el intento- él fue directo y sonriente: “Jesús te espera adentro”. Y Titi se quedó.
En 2015, sin agenda ni formalidades, se reunió con quien entonces era obispo de Guayaquil y hoy es cardenal, Luis Gerardo Cabrera. Le explicó el trabajo que realizaba en las cárceles sin mucha programación, pero con gran entusiasmo. Él la escuchó con atención, la envió como delegada a México y le prometió apoyo para su formación. Desde entonces trabajan estrechamente, bajo un vínculo de obediencia y confianza.
En México, y bajo la mirada atenta de la Virgen de Guadalupe, Titi sintió otro llamado: construir capillas dentro de los centros penitenciarios. Al inicio todo era improvisado y las catequesis se realizaban en espacios asignados al dedo. “Nos decían: ahí en el pasillo del pabellón, en cualquier esquina… Incluso para celebrar misa hacíamos mesas de cartón para el altar”.
Rezó, esperó… y la providencia llegó. Un día la llamaron para ofrecerle, “por si lo necesitaba”, todos los implementos de una capilla que cerraba. Eran tantas cosas que no cabían en su viejo carrito. A las cinco de la tarde llamó a amigos con camionetas y ese mismo día el regalo llegó a la penitenciaría.
El 12 de diciembre de 2019 se inauguró la primera capilla, el primer Tepeyac (en honor al cerro emblemático de las apariciones de la Virgen de Guadalupe). El 3 de diciembre pasado, la número 25.
Titi insiste en algo: esta obra no es suya. “Aquí hay más de 30 sacerdotes, decenas de voluntarios y un trabajo coordinado con el Estado, las Fuerzas Armadas, la Policía y otras instituciones”. Ella entra a cada pabellón confiando su vida a Dios. Por eso es exigente con la misión. “Un voluntario que va cuando quiere, también deja de ir cuando quiere. Un misionero de verdad ofrenda su vida: sabe a qué hora entra, pero no a qué hora sale”.
Se reconoce como parte de los Misioneros de la Misericordia: constructores de paz, peregrinos de esperanza, puentes que hacen posibles las alianzas y las cooperaciones. La acompaña siempre una frase del cardenal Cabrera: “El éxito de la misión pastoral es la diversidad de espiritualidad”. Por eso, esta pastoral abre las puertas a parroquias, movimientos y otras congregaciones, incluso fuera del ámbito católico.
Nada se hace sin orden. Hay protocolos claros para ingresar donaciones y acompañar a los internos. “Todo queda en acta. Entro con custodia del SNAI (Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Privadas de la Libertad y a Adolescentes Infractores) o del Ministerio de Salud. Eso es transparencia en la misión pastoral”, explica.
Titi sonríe cuando habla, pero sus ojos se humedecen al recordar a quienes no reciben visitas, a quienes esperan una llamada y a quienes, gracias a ese acompañamiento, vuelven a creer que su vida todavía importa. Ahí, entre rejas, ella sigue entrando como siempre: sin miedo, con orden… y con un corazón lleno de misericordia.
Recinto penitenciario
En el recinto penitenciario de la vía a Daule funcionan siete centros y, aunque no todos lo saben, hay otros cinco fuera de ese complejo. A nivel nacional, esta es la pastoral más grande del país. Atienden a más de 15.600 personas privadas de libertad, además de entre 2.000 y 5.000 preliberados que participan en talleres de reinserción social. Sin ser parroquia, es como si fuera la segunda más grande de la Arquidiócesis de Guayaquil.
Más que una simple pastoral de culto
El trabajo va mucho más allá del culto. Todo se articula en un plan anual aprobado, con tres grandes ejes:
- Pastoral de la escucha: Ofrece misas, confesiones, catequesis y formación bíblica.
- Pastoral de la fraternidad: Entrega de medicamentos, ropa, alimentos y acompañamiento.
- Pastoral de la libertad: Brinda talleres y capacitaciones para la reinserción social y familiar.
El dato
Las donaciones se receptan en la bodega de la pastoral, ubicada en la capilla Virgen del Pilar, cooperativa Juan Montalvo, parroquia Corpus Christi. Todo se inventaría y luego se distribuye a los centros penitenciarios. Si desean hacer un aporte, llamar previamente al: 095-971-6427. Al momento, debido a la crisis de tuberculosis, se necesita con urgencia Sarnol en crema y en jabones y vitamina B.
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