
El desprecio contemporáneo de la moderación en el discurso
Cuando la irreverencia parece verdad, la sociedad acepta el grito fácil y olvida el valor de la moderación pública urgente
El 14 de noviembre del 2025, en las escaleras del avión presidencial, Donald Trump fue enfrentado por una reportera a nuevas pruebas que comprobaban su cercana amistad con Jeffrey Epstein, financista acusado de tráfico sexual de menores. Tras una respuesta vaga, en la que desviaba el tema hacia sus oponentes, la periodista insiste, y el presidente de los EE. UU. le suelta: “¡Silencio, silencio, cerdita!”.
Para sus simpatizantes esta irreverencia es lo que encuentran más valioso en él: al fin un líder que habla sin reparos, sin consideración alguna por la moderación que exige el discurso de quien ocupa su cargo.
El declive de la moderación en el discurso público
El éxito de las bufonadas del señor Trump, lamentablemente celebradas en gran parte del mundo, es muestra del declive de la moderación discursiva en la sociedad actual. En plena pandemia, el discurso cuidado y medido de los doctores al referirse a las soluciones frente a la crisis, fue suficiente para que gran parte de la población los inculpara de hipócritas.
En cambio, Trump, un completo ignorante en materia médica, fue aplaudido por encargar que se encuentre la manera de hacer que las propiedades desinfectantes del cloro sean puestas a buen uso.
Se esperaba una solución y él la dio. Poco importó que se equivoque, lo que contó para muchos en ese momento fue su convicción de estar diciendo la verdad.
El grito y la acción inmediata se reciben como un alivio cuando nos enfrentamos a la angustia de una verdad que no puede ser dicha de inmediato.
La moderación y uso cuidado del lenguaje no es un rodeo retórico ni un deseo malsano de engañar; son la estructura misma del discurso social. En lo que se dice en partes, las fórmulas de discurso conocidas, hay un respeto a la sensibilidad del bienestar común.
Una persona reflexiona bien, una masa de personas no es capaz de ello. Una sociedad que ofrece el poder a charlatanes embravecidos que dicen saber la verdad sobre la verdad, corre el riesgo de olvidar que una masa irreflexiva puede ser violenta. Las cosas así, solo recuperaremos la claridad y la cordura desde el individuo: cada individuo que reflexiona y renuncia a las soluciones fáciles es un eslabón menos en el delirio de certeza en el que vivimos.
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