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Gabriela Rivadeneira junto a la actual presidenta de Revolución Ciudadana, Luisa González.
Gabriela Rivadeneira junto a la actual presidenta de Revolución Ciudadana, Luisa González.Cortesía: Gabriela Rivadeneira/X.

El correísmo se prepara para su gran simulacro democrático

La convención de la RC no hará sino confirmar la voluntad de su líder supremo. Gabriela Rivadeneira ya fue ungida

Todo está listo para el gran simulacro democrático que, con el nombre de convención nacional, pondrá en escena el partido correísta ecuatoriano este sábado 17 y domingo 18 de enero, en Manta. Lista única de candidatos; nueva presidenta designada a dedo y ungida de manera anticipada por el líder máximo; resignación general de los que algo ambicionaban y se quedaron chupando el dedo; nula oposición de los hasta antier inconformes cabezas de gobiernos locales y hoy enmudecidos huérfanos tras la anunciada desafiliación de Marcela Aguiñaga, su madre, la única del grupo con algo de carácter… En fin, que lo de este fin de semana será una injustificable gastadera de plata para lo más del mero trámite que significa. Pero bueno, plata es lo que les sobra.

En nada quedaron las promesas de democracia interna verdadera, con proceso de carnetización incluido, inscripciones abiertas en plataforma digital, padrón electoral con 14 mil militantes anotados y hasta reglamento de elecciones. A la hora del té, el expresidente prófugo terminó gobernando su partido de la misma manera como pretende volver a gobernar el país: con lista única y resultados predecibles. Se necesita un milagro para que la mitad más uno de esos 14 mil correístas inscritos se pronuncie por rechazar la lista de candidatos propuesta por su “comandante”, que es la figura (vertical y castrense) que les apasiona. Al fin y al cabo, son gente que necesita un comandante que les diga qué pensar en esta vida.

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Gabriela Rivadeneira, la ungida, regresó a Quito tras seis años de incomprensible autoexilio mexicano, que le confiere un aura de cosmopolitismo del que carece. En el bulevar de la avenida Naciones Unidas se fotografió ante el gigantesco cartel de Pilsener que corona el Olímpico Atahualpa: “Auténtico sabor ecuatoriano”. Y fue recibida por sus compañeros de ruta como lo que ya es: la nueva presidenta del partido. Una elección (del comandante) que conduce al correísmo hacia el más radical de los ensimismamientos. Como si en su fuga hacia el pasado el expresidente prófugo pretendiera voluntariamente dar la espalda a la sociedad y reducir al correísmo hasta convertirlo en aquello que solían ser los partidos de izquierda radical de sus años de juventud: grupúsculos.

“¡¡¡Que viva el pueblo de Cuba, que viva la patria grande!!! ¡¡¡Que viva el Che, Fidel, Raúl, que viva Miguel Díaz-Canel, carajo!!!”, aullaba estridente y lastimera al mismo tiempo en un reciente discurso pronunciado en la Universidad de La Habana, en el que retomaba el estilo (consistente en sustituir con gritos las razones) que consagró la bancada correísta durante el período en que ejerció la presidencia de la Asamblea. Comunista jurásica, chavista intransigente y destemplada, Gabriela Rivadeneira representa todo aquello que ya no es sexi en la política latinoamericana. Bajo su liderazgo no habrá lugar para ningún tipo de moderación en el correísmo: es el momento del fundamentalismo talibán.

¿Es esta, en realidad, la opción mayoritaria (y única, pues Gabriela Rivadeneira encabeza lista única) en la que confluye toda la militancia correísta? ¿No hay nada por fuera del chavismo sectario en ese partido? La famosa carta que habían enviado al líder máximo las autoridades de gobiernos locales, con Marcela Aguiñaga a la cabeza y la presencia del alcalde de Quito y los prefectos de Pichincha, Azuay y Manabí, permite suponer algo distinto. Pero Aguiñaga ya no está y el resto de firmantes de esa carta son unos pobres diablos. Sin capital político propio ni personalidad para oponer resistencia, ante ellos, como ante el resto de militantes, se abre una fatal disyuntiva: la aceptación o el ostracismo.

La resignación es el sentimiento dominante entre aquellos correístas fieles que tenían legítimas aspiraciones de ocupar cargos directivos. Felipe Vega, que gozó del inicial respaldo de Luisa González y hasta del expresidente prófugo, retiró su candidatura aduciendo “ataques incesantes e infames” que “superaron todo límite”, aunque ni el Chat GPT ni Grok fueron capaces de encontrar ninguno en las redes sociales. Hoy se conforma con el cargo de secretario nacional de organización y acción política, que al menos le garantizará el ingreso económico por poco esfuerzo que siempre ha perseguido. Pero la situación más bochornosa y patética es la de Orlando Pérez, uno de los más fieles del partido.

Durante dos meses (así dijo en una entrevista con su cheerleader Tamara Idrovo), Pérez trabajó en la construcción de su candidatura; aportó en la elaboración de los documentos para la convención (que nadie leerá, lo mismo que sus libros); elaboró y contrastó sus propuestas políticas e ideológicas; cosechó apoyos en Europa, Estados Unidos y América Latina; reclutó a un experto en estrategias que se ofreció a trabajar para él; armó grupos de WhatsApp para difundir sus ideas; contó con seguidores que crearon stickers; recibió el apoyo de Jacobo García, el ecuañol, recientemente acusado por Luisa González de conspiración para cometer asesinato, lo cual se adapta exquisitamente a los antecedentes de Pérez… En fin: invirtió tiempo y trabajo. Sin embargo, llegado el momento, no presentó su candidatura. ¿Por qué? Tamara Idrovo lo explica con claridad meridiana en esa misma entrevista: “Rafael Correa -dice- ya anunció, eso significa que esa va a ser la lista, que esa es la elección”.

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O sea que Pérez no se candidatizó porque no le dejaron. Idrovo y él reconocen esa realidad y hablan de ella con la naturalidad de quienes aceptan el orden natural de las cosas porque no hay posibilidad de que sean diferentes: Correa decide: ellos se resignan. A Pérez le queda la esperanza de que “esas ilusiones que se han formado alrededor de mi candidatura se trasladen a esta lista que se ha formado”. En lo personal, lo que él necesita ahora, dice, es “una encerrona, un retiro para pensar con pro-fun-di-dad”. La verdad, no se necesita demasiada reflexión para darse cuenta de que el correísmo es un partido de pensamiento único que camina hacia su muerte por consunción y en el que no existe la menor posibilidad de matiz o disidencia. Eso quedará confirmado, por mayoría de votos, en el simulacro democrático de este fin de semana en Manta.

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