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Andrés Isch | Silencio y valentía

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Lo valiente es dejar egos de lado por un bien mayor y no sumarse a destruir la diversidad de pensamiento

Hay muchas personas valiosas que comparten el deseo de un mejor país: instituciones sólidas, gestión honesta, democracia, paz, seguridad. Comparten también una visión de desarrollo, con enfoque preponderante en el individuo, igualdad de oportunidades y no de resultados, donde los factores diferenciadores estén atados a la innovación y al esfuerzo en lugar de a las influencias y el padrinazgo. Podría esperarse que estas personas prioricen la consecución de objetivos legítimos por sobre diferencias de forma.

Lamentablemente, lo contrario es la norma y no la excepción. No creo que me equivoco al decir que donde más canibalismo político hay es entre quienes promulgan principios de libertad, como si la pureza de ideas y la manera de presentarlas fuera más importante que el deseo común para conseguir cambios estructurales. Basta una diferencia de apreciación de hechos, una expresión distinta sobre temas coyunturales, para que se forme una jauría mediática que intenta atar cuatro líneas de caracteres al carácter de la persona, censurándolo, ridiculizándolo o incluso exponiéndolo ante los ataques del otro lado, de los que promulgan un pensamiento único y entienden la lealtad como sumisión.

Las redes han generado una pseudoobligación de opinar de todo, especialmente, cuando buscan desmarcarse de palabras impopulares de con quienes hasta ese momento les unía una relación cordial. Como si fuese correcto equiparar diferencias descontextualizadas que se tienen con personas decentes a las acciones criminales de otros. Como si no fuese cobarde golpear en el piso a quien ha caído, incluso si en efecto ha cometido un error. Pues no, lo valiente es dejar egos de lado por un bien mayor y no sumarse a las turbas entrenadas para destruir la diversidad de pensamiento.

Hay una guerra física, obvia, que se libra en las calles e instituciones contra mafias organizadas. Pero hay otra, aún más importante, que nos enfrenta a los dogmas y retóricas que buscan lavarles la cara, legitimando a esos mafiosos como víctimas de un sistema. Jamás puede ser el camino destruirnos entre quienes queremos un Ecuador libre de ellos.