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Carlos Alberto Reyes Salvador | Petróleo en guerra

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Un petróleo caro es una espada de doble filo para Ecuador

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán se ha convertido en uno de los eventos geopolíticos más delicados de los últimos tiempos. Lo que inicialmente fue presentado como una operación militar limitada, terminó escalando rápidamente a un conflicto regional que hoy ya impacta los mercados energéticos y la economía global.

Estados Unidos e Israel tomaron la decisión de lanzar ataques coordinados contra objetivos militares e infraestructuras estratégicas iraníes. La justificación oficial se centró en dos elementos: la percepción de que Irán se encontraba cada vez más cerca de consolidar capacidades nucleares militares y la necesidad de debilitar la red de grupos aliados de Teherán en la región, como Hezbolá, que han amenazado la seguridad de Israel durante años.

Irán, por su parte, no carece de capacidad de respuesta. Aunque su fuerza aérea convencional es inferior a la de Estados Unidos, ha desarrollado una estrategia asimétrica basada en misiles, drones, ciberataques y milicias regionales. En las primeras semanas del conflicto ya se han registrado ataques contra infraestructura energética y bases militares en varios países del Golfo.

La posibilidad de una expansión regional es real. El cierre o la interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, sería suficiente para provocar una crisis energética global. El mercado ya ha reaccionado con fuerza. El precio del petróleo ha superado los 100 dólares por barril tras el inicio de las hostilidades, reflejando temores de interrupciones en el suministro.

Trump ha asumido una postura particularmente dura frente a Teherán y el dilema político es evidente. Una guerra corta y contundente podría reforzar su imagen de liderazgo y enviar un mensaje estratégico claro. Pero una guerra prolongada implicaría enormes costos financieros y militares, erosionando inevitablemente su popularidad interna.

El verdadero termómetro de esta guerra no será únicamente militar, sino económico, y el precio del petróleo será el indicador clave. Un incremento sostenido del crudo tiene efectos globales inmediatos. Aumenta la inflación, encarece el transporte, presiona los costos de producción y reduce el crecimiento económico mundial.

Nuestro país no es ajeno a las consecuencias de este conflicto y su efecto es paradójico. A primera vista, un petróleo caro parecería beneficiar al país, pues somos exportador de crudo y nuestras finanzas públicas dependen de manera importante de este recurso. Un aumento del precio internacional del crudo eleva automáticamente los ingresos por exportaciones y mejora la caja fiscal. Esto puede aliviar el déficit público, financiar gasto social o reducir presiones tributarias.

Sin embargo, el Ecuador también importa combustibles refinados, como diésel, gasolinas y otros derivados, pues su capacidad de refinación es limitada. Cuando el precio del petróleo sube, también sube el costo de esos derivados importados, lo que presiona las cuentas fiscales. Además, el encarecimiento del combustible eleva los costos de transporte y producción dentro del país, alimentando presiones inflacionarias y acentuando la desaceleración económica.

Un petróleo caro es una espada de doble filo para Ecuador.