
Manglar, el mayor tesoro de la parroquia Bolívar
Con proyectos turísticos, esta localidad lucha por conservar sus manglares. Fuente de trabajo y gastronomía ancestral
El estero Bolívar se abre como un laberinto de agua salobre y raíces entrelazadas en el sur de Esmeraldas. Para llegar hasta allí es necesario embarcarse en una lancha que se desliza lentamente sobre la superficie verdosa del río. El aire tiene un aroma húmedo, mezcla de madera, sal y barro, que anuncia la entrada a uno de los ecosistemas más fértiles y enigmáticos del litoral ecuatoriano. A cada lado del estuario, las ramas del mangle rojo forman túneles naturales que se cierran sobre el visitante como si custodiaran un territorio sagrado.
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En la parroquia Bolívar, en el cantón Muisne, el manglar no es solo paisaje: es sustento, memoria y tradición. Sobre una embarcación de fibra de vidrio, Bernardo Cheme y José Luis Jama esperan con paciencia que las corvinas o los robalos muerdan el anzuelo. Cuatro tiras de nailon caen al agua desde los bordes de la lancha, mientras ambos pescadores conversan sobre las mareas y los cambios que ha sufrido el manglar en las últimas décadas. Ellos llevan más de 30 años recorriendo estas aguas, observando cómo las especies bioacuáticas llegan al manglar para alimentarse de algas cuando la marea sube, un momento que aprovechan para la pesca artesanal que sostiene a decenas de familias isleñas.
Bolívar es una isla separada del continente por el estero que lleva su mismo nombre. Allí conviven comunidades afrodescendientes y montuvias que han aprendido a leer el lenguaje del manglar desde generaciones atrás. Cada jornada comienza antes de que el sol caliente con fuerza la superficie del agua. Cerca del pequeño muelle de la comunidad, decenas de canoas reposan sobre la orilla lodosa mientras mujeres con botas, sombreros y camisas de manga larga se preparan para la faena diaria. Son las concheras, guardianas silenciosas de un oficio ancestral.
Alrededor de 200 mujeres ingresan al manglar, incluso los domingos, cuando la demanda de moluscos aumenta. Tras remar durante varios minutos por estrechas caletas, anclan sus canoas y comienzan a caminar sobre el barro espeso que se hunde bajo cada paso. El sonido de sus botas al despegarse del lodo se mezcla con el crujir de las ramas secas y el canto lejano de aves marinas. Con movimientos precisos, introducen sus manos entre las raíces del mangle, palpando la tierra húmeda hasta encontrar la concha prieta, un molusco que puede venderse hasta en 10 dólares el ciento cuando la demanda es alta.
Una relación íntima con el ecosistema
La actividad, sin embargo, no es solo económica. Es una relación íntima con el ecosistema. Las concheras conocen los ciclos reproductivos, los sectores donde el manglar se regenera y las zonas que deben respetarse para evitar la sobreexplotación. Esa sabiduría se transmite de generación en generación. Mercedes Bone y Ana Zambrano, ambas de 68 años, continúan recorriendo el manglar para enseñar a turistas y jóvenes el arte de extraer conchas y cangrejos con las manos desnudas, tal como lo hacían sus antepasados.
Desde los balcones de las viviendas construidas con caña guadúa, los habitantes observan el desfile de embarcaciones que transportan visitantes nacionales y extranjeros. El turismo comunitario se ha convertido en un aliado para la conservación del manglar.
La Asociación de Servicios Turísticos Manglares de Bolívar, integrada principalmente por mujeres afrodescendientes, organiza recorridos guiados por los estuarios y ofrece platos elaborados con productos extraídos del mismo ecosistema.
El menú es una extensión del territorio. El plato denominado “Sabor de mi manglar” reúne encocado de concha, ceviche de concha y concha zanjara asada, conocida como pata de mula. A estos se suman preparaciones con chorgas, churos, almejas y ostiones frescos, que llegan del manglar directamente a la cocina. Degustarlos frente al mar, mientras el viento arrastra el olor salino y el rumor de las olas, completa una experiencia que conecta gastronomía, cultura y naturaleza.
El recorrido turístico suele extenderse hasta la isla Esmeraldas, Júpiter y la punta de la comunidad de Portete. Durante la travesía, los guías narran episodios históricos como el arribo de Alonso de Illescas, figura emblemática en la historia afroecuatoriana.
Hoy, la comunidad mantiene una vigilancia constante para proteger este ecosistema. Han logrado reforestar 70 hectáreas en sectores como La Chamba y Casa Vieja, en un esfuerzo colectivo por recuperar el equilibrio ambiental y preservar el hábitat de especies que dependen del manglar para su reproducción. La defensa del territorio se vive como una causa común, donde cada árbol sembrado representa una promesa de subsistencia para las futuras generaciones.
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