Chincorro
Artesanal. El chinchorro es un vestigio vivo de las formas de organización colectiva que los pueblos costeros han mantenido por siglos.Luis Cheme/Expreso

El chinchorro de Muisne, una labor colectiva frente al mar

Una técnica de pesca artesanal desde la orilla de la playa en la que participan adultos y niños

La bruma aún no se ha disuelto cuando don Segundo Vera aparece en la playa con una gorra deshilachada y una camiseta que alguna vez fue blanca. Son las seis de la mañana, y el Pacífico murmura como si estuviera despertando de un sueño largo. En la parroquia Cabo San Francisco, en Muisne, la isla que flota entre manglares y memorias, el chinchorro no espera a nadie. “El mar tiene su hora, y si uno no le hace caso, se va con todo”, dice Segundo, mientras acomoda la red sobre sus hombros.

Te puede interesar Simiatug planifica durante un año su fiesta de Reyes

A unos metros, un grupo de jóvenes se ríe con estruendo. Uno de ellos, Bryan, de 17 años, lleva una camiseta del Barcelona y unos pantalones cortos llenos de arena. “Hoy sí sacamos corvinas, profe”, le grita a Segundo, que no responde, pero sonríe con los ojos. El chinchorro no es solo pesca, es rito, es juego, es herencia. Y en esa playa, donde las aves sobrevuelan como si vigilaran la faena, cada quien tiene un papel que nadie le asignó, pero todos conocen.

Carachula

Azuay: Más allá del paisaje

Leer más

La embarcación se aleja lentamente, dejando una estela que se disuelve entre las olas. A bordo van tres hombres: uno lanza la red, otro la acomoda, y el tercero fuma en silencio. Desde la orilla, los demás esperan. No hay gritos, no hay órdenes. Solo el sonido del viento, el crujir de las sogas, y el olor punzante del marisco fresco que se mezcla con la humedad de la madrugada.

“Mi abuela decía que el chinchorro es como rezar. Uno jala con fe, y el mar responde”, cuenta Maribel, una mujer de 40 años que llegó con sus dos hijos. Lleva una funda vacía y una esperanza llena. Su hijo menor, Kevin, corre descalzo entre los charcos, persiguiendo cangrejos que se esconden bajo las piedras. “¡Mira, mami, uno grande!”, grita, mientras Maribel le lanza una mirada que mezcla ternura y cansancio.

El jale comienza

El jale comienza. Las manos se aferran a la cuerda como si fuera el cordón umbilical de la isla. Hay ritmo, hay sudor, hay risas. Bryan canta una décima improvisada, y los demás le siguen con palmas. El chinchorro avanza, centímetro a centímetro, como si la playa respirara con cada tirón. “Esto no es trabajo, es vida”, dice don Segundo, sin dejar de jalar.

La red emerge lentamente, revelando su tesoro: róbalos plateados, lisas que aún se agitan, camaroncitos que brillan como joyas mojadas. Un pulpo se enreda entre las sogas, y todos ríen cuando Bryan lo levanta como trofeo. “Este va para el encocado de mi mamá”, anuncia, mientras lo guarda en una funda.

Pero no todo es fiesta. Entre los peces, también aparecen botellas, bolsas, restos de plástico. “El mar está cansado de nosotros”, murmura Maribel Vélez, mientras separa los desechos. Nadie responde. El silencio es una forma de respeto, porque aquí, el mar no es paisaje. Es padre, es madre, es Dios.

La repartición es rápida, pero justa. Los dueños del bote entregan porciones a cada uno. No hay discusión. No hay cálculo. “Aquí nadie se va con las manos vacías”, dice don Segundo, entregando una funda a Kevin, que la recibe como si fuera un trofeo. “Gracias, tío”, responde el niño, y corre hacia su madre.

DEVORA ATENDIENDO A LOS CLIENTES CON LAS TOSTADAS.

La soda bar de Playas y su medio siglo de resistencia

Leer más

El sol comienza a asomarse entre las nubes, tiñendo la playa de un dorado tibio. Las aves se alejan, los niños se dispersan, y los adultos se sientan sobre troncos húmedos, compartiendo historias. “Una vez sacamos un pez espada, pero se nos fue”, cuenta Bryan, y todos ríen. “Eso fue mentira, tú ni habías nacido”, le responde Segundo, y la carcajada se multiplica.

Antes de irse, Maribel se detiene frente al mar. Mira el horizonte como quien busca una respuesta. “Aquí uno no viene solo por pescado. Viene por compañía, por memoria”, dice. Luego toma la mano de Kevin y se aleja, dejando huellas que el mar borrará pronto.

En Muisne, el chinchorro no es solo una red, es una forma de estar en el mundo. Una manera de decir “aquí estamos”, aunque el tiempo pase, aunque la marea suba, aunque el futuro sea incierto. Porque mientras haya manos que jalen, mientras haya niños que corran, mientras haya mar que responda, el alma de la isla seguirá latiendo entre la espuma.

El chinchorro es una técnica ancestral de pesca artesanal que consiste en lanzar una extensa red desde una embarcación mar adentro y arrastrarla lentamente hacia la orilla, formando un semicírculo que encierra bancos de peces. La faena requiere fuerza, paciencia y coordinación, pues hombres, mujeres y niños se suman espontáneamente al jale de la red, convirtiendo la labor en un acto colectivo. No se trata únicamente de obtener alimento: cada tirón es un gesto de memoria, un vínculo con el mar que ha sostenido a generaciones enteras en la isla de Muisne.

¿Quieres acceder a todo el contenido de calidad sin límites? ¡SUSCRÍBETE AQUÍ!