
Carmelo, pasó de temerle a los payasos a ser uno de ellos
William González cuenta la historia de cómo pintarse la cara es su sustento
“Aunque el corazón esté lleno de pena, el payaso tiene que hacer reír”. La frase no está escrita en ningún manual, pero William Alexander González Santos, de 64 años de edad, conocido artísticamente como Caramelo, la repite como una ley de vida. La dice con la serenidad de quien ha pasado más de cuatro décadas maquillándose el rostro para esconder las tristezas y regalar sonrisas.
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Su historia comienza lejos de los reflectores. Tenía 13 años cuando, en un acto de travesura y sueño, tomó el toldo del dormitorio de su madre y lo llevó al patio de la casa. Allí improvisó una carpa de circo. Frente a los niños del barrio contó chistes aprendidos de memoria y cobró la entrada con una moneda simbólica: un caramelo. Nadie imaginó que ese juego infantil sería el primer acto de una vida entera bajo la lona.
Los chistes no nacieron de la improvisación. Caramelo los robaba con paciencia y sigilo. Se colaba a los circos que llegaban cerca de su casa en La Libertad, en la península de Santa Elena. Levantaba la lona, se escondía bajo las gradas y anotaba en pedazos de cartón cada gesto y cada remate. Lo hacía con miedo, porque entonces los payasos le aterraban. Cuando se acercaban a vender dulces, salía corriendo. Años después, terminaría siendo uno de ellos.
La oportunidad llegó una noche inesperada. En el circo Huancavilca, uno de los payasos no apareció para la función. Caramelo, joven y decidido, se ofreció a reemplazarlo. La familia Burbano Reynoso, dueña del circo, dudó, pero aceptó. Junto al payaso Cartita debutó ante un público exigente. Las risas no tardaron en llegar. Esa noche no solo ganó un contrato: encontró su lugar en el mundo del circo.
Antes de brillar fue utilero
Antes de brillar en escena, fue utilero. Armó carpas, cargó estructuras, viajó apretado en los cajones de los camiones, entre fierros y lonas, rumbo a pueblos desconocidos. Aprendió el circo desde abajo, desde el polvo y el cansancio. Con el tiempo, trabajó en casi todos los circos del país: Huancavilca, el circo del recordado Chicharrón, Américo Circus, Nueve Ola y el Circo Gasca Internacional.
Compartió escenario con figuras emblemáticas del humor ecuatoriano como Flautín, Chicharrón (+), Retazo, Retoñito, Frijolito, Cartita y Regalito. Su nombre artístico lo heredó de un payaso chileno que, al despedirse, le dejó una bendición: “Toma mi nombre y endulza la vida de los niños”. Desde entonces, Caramelo ha honrado ese consejo.
El tiempo no solo le dio experiencia, también le dejó un legado. Su hijo William, de 19 años, es Caramelo Jr. Su nieto Francisco, de cinco, es Caramelitito. Juntos se presentan en fiestas infantiles, matinés y eventos privados. Tres generaciones unidas por la risa, bajo el mismo maquillaje y la misma vocación.
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