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Diario Expreso Ecuador

El inframundo de Hades

Ni el dinero ni los planes detallados: la fe y la capacidad de intentar lo "imposible" son los mayores desafíos para cualquier sistema autoritario

La grandeza se da por el intento, por la fe, que todo lo desafía.

La grandeza se da por el intento, por la fe, que todo lo desafía.Canva

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Estando por Londres, tuve la oportunidad de ver Hadestown, un musical inspirado en la mitología griega que retrata al inframundo, ese oscuro universo de los muertos. Aquel lúgubre lugar de sombras era regentado por Hades, un dios severo y despiadado. Allí, sus habitantes habían abandonado toda esperanza de salir y, con ella, su libertad. En ese mundo cerrado irrumpiría Orfeo, quien tendría la osadía de intentar lo quimérico: persuadir con su música a Hades para que le permita rescatar del inframundo a su amada Eurídice. El precio impuesto era simple pero brutal: debería caminar por delante, sin mirar atrás en ningún momento. Si lo hiciera, aunque sea por un instante, la perdería para siempre.

Hadestown -el Inframundo- era un mundo distópico donde el trabajo era constante, la rutina invariable y el cambio inimaginable. Y, sin embargo, todo parecía detenido, como si la vida hubiese sido sustituida por un automatismo sin propósito. Un orden triste nacido de la renuncia, donde sus habitantes no llegaron arrastrados, sino eligiendo entrar. Afuera había oportunidades, pero también incertidumbre. Adentro no había libertad, pero si una falsa seguridad. El precio era alto pero racional; seguridad a cambio de libertad. El Leviatán no siempre se impone con violencia, a veces se construye con el consentimiento silencioso de quienes han dejado de creer que hay algo mejor.

Días después, ya en Edimburgo, reflexionaba sobre este mismo dilema a la sombra de monumentos de pensadores escoceses, precursores del liberalismo clásico, como Adam Smith o David Hume. Ellos explicarían cómo el orden puede emerger espontáneamente sin un diseño central, cómo la cooperación humana no necesita de un arquitecto omnipotente. Pero incluso esa visión -tan racional- descansa sobre algo tan poderoso y frágil a la vez como la confianza, o, como dirían otros, la fe.

La convicción de que el mundo puede ser distinto

Porque eso fue lo que hizo heroico a Orfeo en Hadestown. No el poder, ni la riqueza, ni un plan detallado. Es algo más inusual, hasta cierto punto utópico: la convicción de que el mundo puede ser distinto. En un sistema basado en resignación, la fe es un acto de insubordinación. El canto de Orfeo no rompe cadenas físicas, rompería la idea -incluso en Hades- de que no hay alternativa.

“Es una canción triste… pero igual la cantaremos”, advierte Hermes al inicio del musical, recordándonos que todos sabemos cómo termina la historia, pero aun así volvemos a contarla. Por si acaso cambiara…

Los grandes logros de la humanidad han surgido siempre de personas comunes interactuando en libertad. La libertad nunca ha dependido de hombres infalibles, sino de hombres capaces de creer incluso cuando todos dudan. De intentar, aun sabiendo que se puede fallar. Porque el verdadero triunfo del Leviatán no es que caigamos, sino que dejemos de levantarnos.

Al final, Orfeo falla. Mira atrás y, en ese instante profundamente humano, pierde a Eurídice para siempre. Pero Orfeo es grande no por su perfección, sino por su intento; no por su certeza, sino por su fe. Su fragilidad no invalida su causa; la humaniza, la hace nuestra. Porque al final, lo que desafía al inframundo no es la fuerza, sino la fe. Y mientras esta exista, ningún Hades será definitivo.

¡Hasta la próxima!

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