¿Por quién votamos en Ecuador? Crisis de representación y renuncias
Los partidos políticos deben presentar candidatos que no solo puedan ganar, sino que estén dispuestos a gobernar hasta el final

Elegimos candidatos sin saber si cumplirán a cabalidad con la responsabilidad encomendada.
En Ecuador, votar ha dejado de ser un acto de elección para ser, cada vez más, un ejercicio de incertidumbre. Elegimos nombres en una papeleta que, con frecuencia, no son quienes terminan gobernando. La inestabilidad política se mide en crisis institucionales y en la imposibilidad de saber quién ejercerá realmente el poder que delegamos en las urnas.
Se ha vuelto habitual que un candidato no complete su período. Renuncias anticipadas, destituciones o movimientos estratégicos convierten cargos públicos en escalones transitorios. En ese proceso, los alternos -y en casos más preocupantes, incluso figuras que no participaron directamente en la contienda- terminan ocupando espacios clave de decisión. El mandato ciudadano se diluye y con él la noción básica de representación. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿por quién estamos votando realmente?
El problema es tanto institucional como cultural. Por años la política ecuatoriana ha transitado de la confrontación ideológica al espectáculo. Las propuestas han sido desplazadas por narrativas simplificadas, por figuras que priorizan visibilidad sobre gestión y por una lógica electoral donde el carisma pesa más que la capacidad de gobernar. En ese escenario, los candidatos se vuelven intercambiables, reciclables, y hasta prescindibles. A esto se suma un incentivo perverso: para algunos actores políticos el cargo no es un compromiso, sino una oportunidad. Si surge una opción política o económica más rentable, el mandato se abandona sin mayor costo. El sistema lo permite y la ciudadanía, resignada, lo normaliza.
Política
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MONICA JARA CHERREZ
Los partidos políticos deben avalar a sus candidatos
Hoy, a puertas de nuevas elecciones seccionales, el país vuelve a entrar en un ciclo de alta tensión política. Discursos encendidos, promesas urgentes y una competencia que prioriza el impacto inmediato. Los partidos políticos tienen una responsabilidad que va más allá de ganar elecciones. Deben garantizar coherencia entre lo que ofrecen y lo que entregan. Presentar candidatos que no solo puedan ganar, sino que estén dispuestos a gobernar hasta el final. Porque una democracia donde no sabemos quién gobierna es una democracia que empieza a vaciarse de contenido. Y en ese vacío, perdemos todos.