
Eric Ramírez, presidente de Guayas F, levanta una cancha para transformar vidas
Lidera este club de fútbol donde chicos mayormente de Esmeraldas encuentran una oportunidad real para cambiar su historia.
El sol cae intenso sobre el césped y los chicos siguen corriendo. No hay tribuna, no hay graderíos, no hay cámaras de TV apuntando. Solo un campo de entrenamiento, unas habitaciones sencillas y un grupo de adolescentes que se mueven como si ahí se jugara algo más que fútbol.
Eric Ramírez camina entre ellos, señala, explica, corrige. “Aquí no formamos solo futbolistas, formamos chicos para la vida”, dice mientras abre una puerta y enseña dónde duermen, dónde comen, dónde crecen quienes pertenecen a Guayas Fútbol Club, cuya sede está aproximadamente a una hora de Guayaquil.
Eric vivió más de dos décadas fuera de Ecuador. Se fue a Estados Unidos a los 19 años, formó una familia, fue padre, se divorció y se quedó allá por su hija. En California fue entrenador de fútbol femenino, estudió para ser coach y aprendió que formar personas era tan importante como ganar torneos. Su hija, Natalia, también jugó fútbol y fue campeona a nivel estatal. Esa experiencia, lejos de Ecuador, terminó moldeando su manera de entender el deporte y la vida.
El regreso no fue planificado. Volvió por su padre enfermo, se quedó tras su muerte y, con el tiempo, empezó a preguntarse qué hacer con todo lo aprendido afuera. “Nunca fue una motivación el reconocimiento”, dice. En medio de conversaciones largas, sin discursos ni Power Points, se reencontró con viejos conocidos y se asoció con José Carlos Gómez y Carlos Banda. La idea no era levantar un club para figurar, sino crear una estructura que protegiera a chicos que, como él mismo descubrió después, venían de rincones olvidados de Esmeraldas, de “los ríos adentro”.
Durante la entrevista, mientras los chicos entrenan y otros regresan de la escuela de la comuna, Eric cuenta historias que lo atraviesan. Chicos que comparten ropa, que ceden un par de zapatos porque “yo tengo dos y él solo uno”. Chicos que crecieron juntos y hoy se tratan como hermanos. “Tal vez por eso jugamos tan bien”, dice describiendo una consecuencia emocional antes que deportiva.
Nada de esto ha sido lineal, tampoco sencillo. Las tarjetas rojas llegaron fuera de la cancha: el racismo o la falta de apoyo. Aun así, Eric sigue ahí, caminando el campo, repitiendo que “el talento no es suficiente”, que la constancia termina imponiéndose.
No habla como ‘el Presi’ (como lo llaman los jugadores), habla como alguien que entendió que algunos partidos, los más importantes, no se ganan con goles sino con permanencia.
La entrevista
¿Cuál ha sido la parte más dura del proceso?
Lo duro es ver la realidad de dónde vienen los chicos.
¿Qué tipo de realidades?
Hay chicos que tardan hasta quince horas en llegar a sus casas: ocho en bus desde Guayas hasta Esmeraldas, tres más hasta el río y dos en lancha. Eso te cambia la perspectiva de todo, entiendes por qué este proyecto va más allá del fútbol.
¿De dónde son la mayoría de los chicos?
El 95 % son de Esmeraldas, aunque no de la ciudad como tal. Son de los ríos adentro: Colón de Ónzole, Zapallito, Santiago de Ónzole… lugares muy alejados. Hay dos chicos de Manabí.
¿Con qué equipo humano cuenta para sostener el proyecto?
Tenemos un equipo técnico muy comprometido: el DT Máximo Villafañe; también entrenador de arqueros, cocinera, chef, nutricionista, psicóloga. Es una casa club, modesta, porque no tenemos apoyo de la empresa privada.
¿Y el tema educativo?
Ellos estudian en la escuelita de la comuna cercana, aquí en Guayas. Van a clases normalmente y luego entrenan. Para nosotros la formación en valores es clave: disciplina, respeto, códigos. No es solo fútbol.
¿Qué momentos le han removido más en el camino?
La forma en la que comparten todo. Cuando les damos ropa, por ejemplo, ellos solo toman lo que necesitan. A veces me dicen: ‘Presi, dale a él, que solo tiene una camiseta, yo tengo dos’.
En este proyecto usted no solo es presidente. También termina siendo mentor, referente, a veces figura paterna…
Sí, inevitablemente. No me gusta decirlo así, como si yo fuera “el” personaje, porque somos varios. Pero al final te toca involucrarte. Estos chicos no solo necesitan un dirigente, necesitan adultos presentes.
¿Les ha tocado vivir situaciones concretas de discriminación?
Sí. Una vez los llevamos a comer, uniformados, a un local en Guayaquil. Yo estaba parado en la puerta principal y vi cómo el guardia solo a ellos les preguntaba a dónde iban. Nadie más. Eso te revuelve todo por dentro.
¿Cómo se maneja eso frente a los chicos?
Les explicamos, los defendemos, no normalizamos nada. No puedes decirles ‘no se pongan así’ y ya. No. Hay que enfrentar las cosas.
En las canchas también se viven momentos duros…
Claro. Como son chicos físicamente desarrollados, muchas veces los insultan: que están pasados de edad, insultos racistas. Y te toca pararte firme. Al final pasa algo interesante: cuando los resultados llegan, los otros padres se levantan y se van. Porque la cancha no miente.
¿Cuál es el verdadero triunfo para usted?
Claro que un contrato profesional y salir al exterior es importante. Pero más allá de eso, hay que mejorar la calidad de vida de estos chicos. Eso es lo que te mueve incluso en los días más difíciles. Y yo les repito algo: cuando uno triunfa, no puede olvidarse de los demás. Ellos ya son familia.

Resultados que empiezan a hablar
En 2025 el equipo ganó el torneo Sub16 de AsoGuayas, el más importante de la provincia, y en junio fue invitado a competir en el MIC, uno de los torneos internacionales de formativas más prestigiosos del mundo, donde participan clubes como Real Madrid. Llegaron a semifinales y, más allá de la experiencia, dejaron huella.
Hoy hay frutos concretos: un chico prácticamente transferido a Gremio de Porto Alegre, en Brasil, y dos convocados a la selección ecuatoriana Sub-17. Chicos de 15 y 16 años compitiendo contra estructuras mucho más grandes.
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