Guayaquil

Testimonios del COVID-19: "Llegar al IESS de Ceibos fue bajar al infierno"

Un sobreviviente del COVID-19 narra a EXPRESO la pesadilla que vivió durante tres semanas en el hospital. 

Alberto Torres y su familia
Alberto Torres junto a su esposa y su hijo, Josué, en la habitación de su casa.Blanca Moncada / EXPRESO

Ocho de la mañana de un día de inicios de abril. Alberto Torres ha esperado cinco horas en la sala de emergencia. Tiene COVID-19. Alguien del hospital se acerca a él, y a su esposa, que lo acompaña: “Ya hay cama, pero aún no hay oxígeno”. Alberto se para con las fuerzas que no tiene. No lo sabe, pero está a punto de entrar al infierno.

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Y cuando la gente entra al infierno de un hospital IESS de Ceibos, repleto de enfermos COVID-19, sin oxígeno ni personal médico suficiente, uno intenta hacer lo que hizo Alberto Torres esa mañana y el resto de los días de las tres semanas que estuvo allí: hablar con Dios.

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“Jesús, Papá, dame fuerza para tratar de respirar. Dame fuerzas para vivir”. Balbucea esa oración una y otra vez. Y lucha para concentrarse. Cierra los ojos, inhala profundo. Solo para confirmar que sus pulmones están dando pelea.

Su mujer, Lucita Cubi, le llora a un doctor. Y de tanto llorar, recibe un tanque de oxígeno para Alberto. “Tenga, señora, este es el que pude conseguir”. Y se va.

Alberto entiende esta emergencia. Días después ve a médicos sufrir por el colapso. “Ah, esos médicos... Usaban cuatro o cinco trajes encima. Les quemaban. Lloraban porque que no se alcanzaban”, cuenta Alberto Torres, a EXPRESO, sentado en la cama de su dormitorio, semanas después de haber bajado al infierno.

Mirar hacia atrás y sin llorar

Sí, afirma Alberto. “Es como bajar al infierno. Es salir de la muerte. Es ver a gente que exclama por ayuda, por oxígeno. Unos se encomiendan a Dios, otros ven a su madre muerta venir por ellos”.

La voz de Alberto se quiebra. Ahora lanza un suspiro, nostálgico, parece que los gritos de quienes murieron mientras él estuvo en cama se ahogan en su garganta. “Vi a gente morirse solo porque ya no les daba la fuerza para colocarse la mascarilla”.

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Es difícil respirar normal con esta enfermedad, reconoce, pero asegura que es más difícil, sobre todo, cuando al lado de tu cama se mueren personas. Recuerda esas escenas: los cogían, los empacaban, se los llevaban... pero llegaban otros a reemplazar a esos pacientes. Otros que también morían.

Y allí aparece, de nuevo, en su mente, ese corredor que nacía al pie de su cama en el hospital, en el que vio desfilar camillas con bultos envueltos de fundas negras. “Pasaban cargadas de uno, de dos, de tres…”. Y él, él le hablaba de nuevo a ese Dios al que se aferró desde el primer día.

Afuera, otros luchaban por él. EXPRESO contó en un reportaje anterior cómo Josué Torres, el hijo de Alberto, luchó por oxígeno en barrios bajos de Guayaquil para salvarlo. Ese fue otro calvario.

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Para conseguir un tanque de oxígeno para su padre, Josué Torres debió movilizarse a barrios peligrosos.Blanca Moncada / EXPRESO

La rutina en medio de la muerte

Alberto dejó de dormir por esos días. Lo hizo como una salida a la impotencia. De alguna manera creía que mantenerse despierto era equivalente a mantenerse vivo. Aunque también sufrió, “porque no dormir era equivalente, en cambio, a ver a quién le tocaba irse esa noche”. Y él ,de nuevo, le hablaba a Dios esos ratos, y le decía, que por favor a él no se lo lleve.

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Tuvo un muerto casi diez horas al lado, en otra cama. Solo cubierto con una tela fina, sin embalar. “Nadie llega a contarte cómo es el infierno en realidad, pero ver todo esto… toda esta muerte, sin duda debe ser igual a bajar al infierno”.

“Te estamos medicando, pero tienes que saber que para el COVID-19 no hay cura”, le decían los médicos. “Usted ponga de su parte, que yo pondré de mi parte y Dios nos ayudará a los dos”, les respondía.

La vuelta a casa

Quince días después de su ingreso, alguna de sus técnicas de supervivencia: ya rezarle a Dios, ya encomendarse a los médicos, ya no dormir, le dio frutos a Alberto Torres. Empezó a recuperarse.

Aún lo hace, ahora desde casa, en Los Esteros, al sur de Guayaquil. El lugar en donde tiene su oficina de contratista del área de la construcción. Sus hijas, menores de edad, lo ven solo por videollamada, desde un piso superior a su habitación. “Tengo miedo de contagiarlas”. Mientras que su hijo, Josué, lo ayuda en las cosas del trabajo.

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 Si algo aprendió de esta experiencia Alberto Torres es mirar la vida desde otros ángulos. “Aprendes que no importa si tienes carro o casa, que en esta pandemia, si no hallabas oxígeno o medicina, no te salvabas. Y luego, luego de haber bajado al infierno, agradeces solo el hecho de respirar bien de nuevo”.

Datos curiosos

  • Alberto Torres tiene 46 años. Cuando enfermó, no quería ir al hospital, porque pensaba que no iba a volver.
  • Al inicio trató los síntomas leves (gripe, tos, malestar) con nebulizaciones.
  • Como los síntomas no aparecían, probó “todas las recetas de Whatsapp”, incluso poner ajo en su ombligo, porque eso había escuchado. Aquello le causó una infección.