JORGE ASTUDILLO
Jorge Astudillo era doctor en Literatura y Ciencias de la Educación y máster en Artes. Publicó cinco poemariosArchivo

Murió Jorge Astudillo, el poeta que pensó el país desde Guayaquil 

El prolífico escritor publicó numerosas obras, entre ellas su antología 'Silencio y estallidos de fuego'

Falleció el poeta Jorge Astudillo en el Puerto Principal, ciudad a la que estuvo ligado por décadas como maestro, pensador y escritor. Nacido en Cuenca en 1941, Jorge Román Astudillo Astudillo encontró en Guayaquil no solo un espacio para ejercer la docencia, sino también un territorio vital desde el cual pensó el país, la fe, la injusticia y el amor. Su muerte deja un silencio hondo en la literatura ecuatoriana y en generaciones de estudiantes que encontraron en él a un profesor riguroso y profundamente humano.

Doctor en Filosofía, magíster en Arte y catedrático jubilado, Astudillo fue profesor del Colegio Vicente Rocafuerte y de la Universidad de Guayaquil. Durante más de cinco décadas combinó la enseñanza con una escritura paciente, alejada del ruido y de la urgencia editorial. Guardó sus versos “con el cuidado de un restaurador de arte”, como indicó en la última entrevista que dio a este diario, esperando el momento en que volvieran a ver la luz. Ese gesto marcó también su relación con la poesía: discreta, reflexiva y fiel a una voz propia.

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Ese largo recorrido quedó reunido en la antología Silencio y estallidos de fuego, publicada con el auspicio de la Universidad Laica Vicente Rocafuerte. El libro fue concebido como un testimonio del tiempo y de los lugares que habitó. “Creo que aquí doy testimonio de la época y de los lugares en los que viví”, dijo entonces. La obra, que reunió sus cinco poemarios, apareció tras su jubilación y se convirtió en una suerte de cierre y balance de una vida dedicada a las letras y a la enseñanza.

Cinco décadas de poesia

El volumen se abre con El silencio de Dios, donde el poeta explora la relación del ser humano con lo místico y su propio vínculo con el catolicismo, tras abandonar en su juventud la idea de ser sacerdote. En esos textos, la fe dialoga con la duda y el dolor social, como en el poema “Poema cero”, donde escribe: “Tanta energía humana para ensangrentar el aire / y los niños lactando pechos resecos con fiebre”. Para Astudillo, la presencia de Dios en la poesía era inevitable, incluso en quienes se declaraban incrédulos, porque respondía a la necesidad humana de trascendencia.

Con Salmos y estallidos, su poesía dio un giro hacia el realismo social, reflejo de su trabajo como educador y de experiencias que marcaron su mirada crítica sobre el país. Fue fundador de la primera escuela intercultural de Saraguro, una etapa que, según recordaba, le reveló “el terrible racismo y clasismo de nuestra sociedad”. Rememoraba con dureza el episodio en que, junto a 45 estudiantes indígenas, no pudo acceder a un escenario ni a un hotel en la Costa. “Este libro me trae recuerdos bellos pero muy duros”, decía, consciente de que la poesía también es memoria y denuncia.

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Las obras Cóndores de fuego y Siete cartas al hijo recogen, en cambio, la llegada del amor y la experiencia de la paternidad, momentos que transformaron su escritura. “Nunca preví lo mucho que me marcaría ser padre”, confesaba, al referirse a los poemas dedicados a su primogénito. La antología se cierra con Al revés de la historia, donde confluyen sus preocupaciones políticas, su paso por las aulas y su mirada sobre el mundo. “Todos los poetas hablamos de lo mismo: del amor, de la muerte… pero cada generación tiene una sensibilidad distinta”, afirmó alguna vez. 

La noticia de su partida fue recibida con numerosos comentarios en redes sociales de sus exalumnos y de reconocidos autores nacionales, quienes expresaron pesar ante su repentina partida. 

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