Un gabinete al filo del carril de la metrovía

  Guayaquil

Un gabinete al filo del carril de la metrovía

Guayacos. Trabajan al lado del carril de la metrovía. Están acostumbradas al ventarrón y al remezón que provocan los carros al pasarles por detrás.

Pestañeras
Pestañeras al filo de la calle.amelia andrade

Este ‘gabinete’ de belleza bien puede ser el más estrecho del mundo. En metro y medio de ancho, un grupo de mujeres embellecen a otras en medio del temblor de un puente en el popular sector de la Bahía, centro de Guayaquil.

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La necesidad ha sacado en ellas su lado más osado. Los buses de la metrovía les pasan por detrás, casi rozándoles la espalda, y ni se asustan. Una escena curiosa. Pero en realidad tiene sentido. Al ponerse de espaldas a esas largas unidades de transporte también lo están haciendo contra el desempleo.

Las conocen como las ‘pestañeras’, porque colocan pestañas postizas. También remarcan cejas. Trabajan en el bordillo de esta estructura, en las calles Chile y Huancavilca.

En el espacio apenas cabe un banco plástico. Pero tiene unos cinco metros de largo, en los que acomodan en fila varios de estos asientos para recibir a las clientas.

La pared del paso a desnivel es utilizada como un gran espaldar. Siempre y cuando el clima esté ‘bonito’. Si hay ese típico solazo ‘guayaco’, esa parte del puente se calienta como puerta de horno.

El improvisado salón es la representación visual de qué significa la Bahía para la ciudad... La cuna del comercio y del emprendimiento, con ese toque criollo tan peculiar y libre de complicaciones.

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El grupo de mujeres, que rondan unas 16, viven la adrenalina pura. Tanta que ya no se asustan. Se acostumbraron a estar pegaditas al carril del sistema de transporte masivo, con todo lo que implica.

“Hay unos choferes que son más conscientes y van despacio. Otros andan ‘soplados’ y no les importa”, cuenta Raiza Espinoza, una de ellas.

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Cada vez que uno de estos pesados vehículos pasa rápido ocasiona un ventarrón capaz de remecer a quien no está enseñado a eso. Además, se siente un remezón en el piso.

Las narices y los ojos también se expresan con el paso de los ‘mastodontes’ con ruedas. Pican y arden, respectivamente, de tanto humo que emanan los tubos de escape.

El sol es matador. Para estar allí hay que cargar un bloqueador para untarse, si no la piel se quema.

A pesar de estas adversidades, las artesanas se han acoplado a la situación. Son de combate.

Sin embargo, no niegan las dificultades de su oficio. Hace ocho meses laboraban del lado de la acera, pero los policías metropolitanos las retiraron de ahí y por eso se ubicaron junto al puente.

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Esa es la rutina del comercio informal. Migrar de un punto a otro y quedarse si se puede. Las ‘pestañeras’ lo saben y no son las únicas en ese son por la Bahía. “Hay riesgo en este sitio por el paso de los carros, pero tenemos que ganarnos la plata de alguna forma”, menciona Alexandra Muñoz, resumiendo el pensamiento de sus compañeras.

Y como lo que más se necesita es dinero para llevar al hogar, ellas asumen cada día la aventura de trabajar a pocos centímetros de la desgracia...