Referencial.
Hay alumnos que aseguran no sentirse bien al estudiar carreras que no los apasionan.Christian Vásconez

Educación por obligación y no por gusto ni decisión

Hay padres que impulsan a sus hijos a seguir una carrera profesional que no desean. Los jóvenes cuentan hasta qué punto esa determinación los afectó

Es ley de vida. Una vez terminado el colegio, los jóvenes se ven obligados a tomar decisiones que marcarán su rumbo, siendo elección de oficio de los más importantes y determinantes de su desarrollo.

Decenas escogen la carrera que desean, pero también existe un grupo de jóvenes cuya decisión es influenciada o impuesta por su familia, como es el caso de Anirys Sabagay, de 21 años, quien estudió Contabilidad en la Universidad Politécnica Salesiana por un semestre, pese a que se le dificultaba aprender algo que no quería.

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Lo intentó, advierte, pero fue en vano. Su punto de quiebre se dio en los exámenes finales del semestre. “Desde el inicio de ese día todo fue mal, llegué tarde, me estresé con todas las pruebas, y al sentarme para hacer los exámenes, mi cabeza quedó en blanco. Había estudiado toda la noche, pero todo se me esfumó. Quería llorar en ese momento”, reconoce la estudiante.

Después de salir de Contabilidad decidió seguir su pasión, que es la Literatura, y optó por estudiar en la Universidad de las Artes. Sus padres se opusieron debido a los estereotipos que, dice, existen con las carreras artísticas y la baja plaza laboral que, al menos en el país, todavía existe. De acuerdo a Anirys, la opinión de sus padres cambió cuando vieron sus calificaciones y proyectos en los que estaba trabajando. “Estaba feliz, esto era lo mío. Al final, lo comprendieron”, señala.

Otro caso similar se presenta con Gianella Bayas, de 20 años, quien estudió Estadística en la Escuela Superior Politécnica del Litoral, Espol, aunque nunca barajó esa opción. Sus padres le sugirieron que siga una carrera que le otorgue el título de ingeniería. Que eso le abriría más puertas, insistieron. Pero no fue así.

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Referencial. Muchos jóvenes se sienten frustrados también al no poder escoger la carrera que quieren por falta de puntos en la prueba.Archivo / EXPRESO

Tras tres semestres de intentarlo, la ansiedad y estrés la colapsaron. “Al término de cada semestre sentía que ya no podía más. No entendía bien las clases, pero me mantenía positiva para no defraudar a mis padres. Pensaba solo en ello...”, relata, al asegurar que, tras ese agotamiento que se hizo evidente, se lanzó a estudiar Economía, la profesión que desde adolescente quiso seguir.

Sin embargo, existen decenas de jóvenes que no corren con la misma suerte, y que se ven obligados a estudiar la carrera que le impone no solo la familia, sino el sistema.

Sebastián Valverde, de 22 años, por ejemplo, cursa Ingeniería en la Universidad Politécnica Salesiana, y Enfermería en la Ecotec, ambas en Guayaquil.

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Valverde no quería estudiar ninguna. Optó por la primera porque se graduó en el colegio Domingo Comín, y tenía conocimientos previos para esa profesión; y por la segunda, Enfermería, porque fue la propuesta de su familia, con el fin de que a futuro pueda salir del país a especializarse.

“Yo quisiera haber estudiado Astrofísica, pero no hay eso en Ecuador. Soñaba con irme, con estudiar en el extranjero; lamentablemente es muy costoso, por lo que tuve que limitarme con lo que había aquí. Qué complejo, ¿no?”, piensa.

Estas imposiciones, a decir de la socióloga Alexandra Morales, tienen un efecto nocivo en la sociedad, que se ve reflejado directamente en el desgano para hacer o no las cosas en el campo laboral. Lo que, a futuro, advierte, deprime, trastoca la felicidad y, con ello, la convivencia.

“Los padres obligan o impulsan a sus hijos a estudiar una profesión que no desean por estereotipos laborales, acerca de que una carrera da dinero o no; a fin de subir escalones socioeconómicos, que no está mal, pero que tampoco lo es todo” explica.

Mis padres dijeron que con el tiempo me encariñaría con mi carrera previa, la de Estadística, pero no pasó. Viví tensionada hasta que tuve el valor de seguir lo que quería.

Gianella Bayas
estudiante,   20 años

Un profesional que no está donde quiere, se vuelve alguien deprimido y triste, y, en el campo laboral, hará un trabajo deficiente. Eso pasa, es una realidad cercana y todavía común.

Alexandra Morales
socióloga

Ninguna de las carreras que curso ahora deseé estudiar, lamentablemente la que me apasiona no existe en el país. Me ha tocada elegir entre las posibilidades que tengo a mi alcance.

Sebastián Valverde  
universitario,   22 años
PROFESIONALES
Referencial. Pero la frustración también se da al no encontrar plazas de trabajo en profesiones tradicionales.Archivo / EXPRESO

DETALLE: Profesionales en el área de salud mental y comportamiento, sitúan al desgano y la tristeza en el primer lugar de los efectos negativos tras estudiar una carrera equivocada.

La psicóloga Katiuska Delgado concuerda y añade que entre los efectos psicológicos a corto plazo, se ven presentes también la depresión y la ansiedad por no saber si se está tomando la decisión correcta y, prácticamente, para toda la vida. Comenta que a largo plazo, los adultos que han seguido una línea de trabajo no deseada, tienden a ser más agresivos y a proyectar sus sueños frustrados en sus hijos, para que ellos los cumplan en su lugar. Lo que tampoco es adecuado: y es que el círculo vicioso se sigue repitiendo.

Andrés Palacios, guayaquileño de 40 años, da cuenta de ello. Estudió Ingeniera Civil por presión de sus padres, que tienen una empresa dedicada a la construcción, pero no le gustó y se cambió a Arquitectura, que tampoco le agradó, pero la terminó porque sentía que el tiempo se le iba. “Mis siete años de estudio, porque eso demoré para terminar una carrera que no me agradaba, fueron un suplicio. Con el título en mano, cinco años más tarde decidí estudiar lo que amo y a lo que me dedico ahora: fotografía. El tiempo que ejercí, viví frustrado, tuve proyectos y clientes, sí, pero vivía amargado. Decidí olvidarlo todo, empezar de cero, soy feliz y hago feliz a los míos”, reconoce Palacios.

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Una experiencia similar tiene Camila Rendón, quien tras estudiar Comunicación, a los 33 se inclinó por la carrera de Veterinaria. “Lamentablemente, tarde me di cuenta de que me daba vergüenza hablar, como relacionista pública, me moría. Amaba la televisión y cuando trabajé en ella (tras cámaras), lloraba al ir. Estudié Periodismo porque en mi familia hay comunicadores, pero claro está que el gusto o afición por determinada profesión no se hereda. Lo intenté, me equivoqué y mis padres, finalmente, me apoyaron. Hoy me siento como un pez en el agua...”, cuenta.