Los centenarios de Guayaquil

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Los centenarios de Guayaquil

No cualquiera tiene 100 años. EXPRESO presenta tres historias de mujeres que cuentan con un ‘mar’ de anécdotas y cómo son vistas por sus parientes

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Hábito. Pocas veces Mérida va al parque de su sector. Disfruta más en casa.Miguel Canales / EXPRESO

Cumplir 100 años es un logro que no todas las personas alcanzan. Un sinnúmero de anécdotas, una familia numerosa y diferentes acciones que quedaron marcadas en cada uno de sus parientes, entre otros, forman parte de los sellos representativos de estos adultos mayores que alcanzan esta edad, y que incluso la sobrepasan.

EXPRESO presenta una breve reseña de tres mujeres que entran en este rango de edad, y cuyos familiares cuentan aquellos recuerdos de su niñez y qué es lo que más les agrada evocar de esos días, en los que los formaron tanto en su juventud como posterior madurez.

¿Cuál es el secreto para llegar a cumplir un siglo de vida? Algunos dicen que es la alimentación, esa que no se basó en tantos elementos químicos o comidas rápidas o instantáneas, sino que más bien era lo más orgánica posible. En fin, otros tiempos.

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Actualmente pasan sus días en calma, procuran no tener estrés y disfrutan ya sea de ver la televisión, guiar cómo preparar algún platillo gastronómico o sencillamente pasar en casa. Dan pequeños pasos, sin dejar de lado su gracia, y sus familiares se esmeran para que continúen así. Cada vez que se acerca un nuevo cumpleaños prevén estar todos juntos y que no falte el pastel.

  • Mérida, dedicada a sus hijos y a la costura

Saluda con un suave apretón de manos y suelta con pausa un “Dios te bendiga”. Mérida Cortez tiene 105 años y mantiene frescos sus recuerdos, como cuando tomaba la leche purita de la vaca en una hacienda de su natal Bahía de Caráquez, provincia de Manabí.

De esa localidad partió muy joven hacia Guayaquil. Soltera, con 21 años, navegó en un barco durante tres días hasta tocar tierra, pues en esa época no había carretera, afirma.

Aquí conoció a su esposo, también de Bahía de Caráquez, con quien tuvo cinco hijos (tres mujeres y dos varones). Al principio habitó en la popular Casa de las Cien Ventanas, en el centro, pero actualmente pasa sus días en una vivienda de la etapa 11 de la ciudadela Alborada.

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Allí vive junto a su hijo Luis, quien la sostiene (no quiere usar bastón) cuando desea ir al parque ubicado frente a su domicilio, o a veces a la iglesia, ya que es evangélica.

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Familia. Mérida junto a su hijo Luis. Miguel Canales / EXPRESO

“Mi padre celestial me guarda, me cuida y me da todos los alimentos. Comía muchas legumbres, gallina...”, expresa Mérida, al mostrar asombro sobre el cambio que ha tenido la ciudad. Pero ese cambio también lo atañe a la juventud.

Nuevamente alza sus brazos al cielo con admiración y es clara al decir que “no hay comparación con las antiguas generaciones”. Que la juventud de ahora es desordenada y que muchos jóvenes no respetan a sus padres, se lamenta.

Mérida también recuerda su pasión más grande: ser modista, y lo representa con orgullo, puesto que en esta entrevista porta uno de sus diseños. De tono azulado, con un lazo y lo combina perfectamente con perlas que cuelgan de su cuello y sus muñecas.

En su último cumpleaños, el 1 de abril, sintió un carrusel de emociones al ver a la mayor parte de su familia reunida. Vinieron hasta nietos de Miami (Estados Unidos) y aún conserva las rosas y adornos alusivos a la festividad en la intimidad de la sala. Es allí donde prefiere estar, en casa, y seguir con ese entusiasmo.

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Aniversario. Se prevé una pequeña celebración en su cumpleaños.Christian Vasconez / Expreso

  • Pascualita, en calma y fan de la empanada

Aunque su cédula de identidad señala que cumplirá 105 años el próximo 6 de julio, los parientes de Pascuala Piguabe están seguros de que tiene al menos cinco años más. Afirman que sus padres recién la inscribieron a esa edad en el Registro Civil. Pascualita, como la llaman de cariño, nació en Jipijapa (Manabí) y desde hace más de tres años reside en la vivienda de una de sus 12 hijos, Narcisa Vera, en Coronel y Vacas Galindo, en el centro-sur de Guayaquil.

Ella no puede hablar mucho y pasa la mayor parte del día en su cama, pero sus familiares se contentan cuando se refieren a lo que más le fascina: ver telenovelas y comer, sobre todo empanadas.

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Narcisa dice que la niñez de su mamá, según lo que ella le ha contado, fue triste, pues Pascuala tenía apenas cinco años cuando falleció su progenitora. “La criaron unos tíos y dice que eran tres hermanas y que trabajó desde muy temprana edad”, cuenta, al hacer énfasis en que ya no recuerda el rostro de sus propios parientes, por lo que cada vez que se acercan a ella, se esfuerzan por repetirle sus nombres.

¿Cuál es el secreto para sobrepasar la franja del centenario? Los familiares de Pascualita concuerdan en que es la alimentación. Y para sorpresa de muchos, no sufre ninguna enfermedad ni utiliza lentes, lo que sí sucede con algunos de sus hijos. Nada más se toma una pastilla para la presión.

En la casa la ayudan a dar pasos, a sentarse en la mesa, y en julio tienen previsto realizar una gran reunión para cantarle el cumpleaños 105. La familia recuerda que hace tres años la pachanga se hizo “con todas las de ley”, incluso con la participación de mariachis.

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Personaje. Rosario cautivó los paladares de sus hijos con platillos como el locro.Cortesía

  • Rosario con valentía afianzó la unión de sus hijos

Rosario Moscoso Cuesta cumplirá 100 años el próximo 22 de mayo. Ella es quiteña y llegó al Puerto Principal cuando tenía unos 20 años. El mayor de sus cinco hijos es Armando Cruz Moscoso, quien recuerda a EXPRESO dos características claves de su madre: su espíritu jovial y alegre, y la pasión que tuvo al momento de sumergirse en el mundo gastronómico.

El suculento locro y el llapingacho fueron sus platillos estrella, y aunque ahora ya no los prepara, siguen siendo los que cautivaron a él y sus hermanos. Aunque subraya que lo más relevante es que ella supo mantener la unidad de los cinco, como una mano.

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“Esa unidad y convicción aún la mantenemos, pese a que uno de nuestros hermanos falleció. Lo que le pasa a uno, le pasa a todos”, puntualiza Armando, al recordar que la descendencia de Rosario es de 25 nietos y una veintena de bisnietos. Aún no tiene un tataranieto.

A su memoria también llegan anécdotas como su crianza, que no se basó en castigos. “Éramos inquietos, pero no desobedientes. Siempre nos trató con dulzura, amor, cariño... Viene de una familia donde mi abuelo hizo respetar a sus hijos”, relata Armando.

Agrega que es la única de los Moscoso Cuesta y que reside en la vivienda de Andrés Naranjo Moscoso, en Entre Ríos, un sobrino que es considerado un hermano más. Para el centenario prevén organizar solo un almuerzo familiar.