Ligapro
Entre el 60 y 80 por ciento de aficionados observa el torneo nacional a través de plataformas ilegales.Archivo / Expreso

LigaPro y piratería: el problema que revela la crisis del fútbol ecuatoriano

La expansión del ilícito revela un problema más profundo: acceso limitado, crisis económica y descontento con el modelo

Hay que partir de un hecho innegociable: la piratería de contenido audiovisual es hoy un delito, un hecho moral y legalmente condenable. Redundar sobre este concepto es perder el tiempo en obviedades, y ocupa valioso espacio sobre el enfoque real que debe tener el tema: ¿la piratería es una causa o un efecto? La pregunta se plantea fácil, pero la respuesta exige profundizar en cuestiones sociales y hasta humanas.

Los dueños del fútbol tratan a la piratería desde un punto de vista patrimonialista. Es decir, para ellos es, antes que nada, la causante de millonarias pérdidas para la “industria” del fútbol y un obstáculo para la edificación de los negocios que sostienen la actividad, sin más matiz ni profundidad.

LigaPro considera que el pirateo de transmisiones del torneo local constituye el “enemigo número uno del fútbol ecuatoriano”; sus cifras indican que entre el 60 % y el 80 % de los espectadores miran los partidos sin pagar señales legales.

El génesis del problema

Javier Tebas Miguel Ángel Loor

Tebas y Loor, el espejo del fútbol moderno: control, dinero y desprecio por la prensa

Leer más

¿Por qué el pirateo está tan expandido? ¿Hay una vocación natural en el ecuatoriano para falsear, engañar, obtenerlo todo a cambio de nada? Los males de nuestra sociedad están a la vista y hablar de maldad implícita omite la falta de acceso a la educación y a otras crudas condiciones en las cuales se desenvuelve nuestro día a día. Vale cuestionarse aquí qué tanto valoran estos hechos indiscutibles los propietarios de la tan benévolamente llamada “industria” local del fútbol.

Un caso muy a la mano es el de los bares y restaurantes que exhiben partidos a sus clientes. LigaPro tiene el programa HoReCa, mediante el cual los establecimientos pueden acceder a los encuentros de manera oficial y así ponerlos a disposición de sus consumidores.

Una cadena transnacional, obviamente, fue la primera en adherir. Pero la realidad nos dicta que, por ejemplo, aquella familia que se gana la vida con su cevichería tiene otras urgencias, entre ellas sortear a los ‘vacunadores’ y rogar día a día para no ser víctimas de extorsiones. Ni se diga enfrentar el vaivén del consumo, producto de la crisis económica. ¿Es para ellos, aun cuando moralmente se sientan obligados a pagar por un servicio, prioridad adherir al plan HoReCa para entretener a sus usuarios con un partido Libertad-Delfín en la hora del almuerzo? No.

España, el modelo ligado a Ecuador

La crueldad patrimonialista ha llegado a límites, aún inexplorados para el Ecuador, de premiar a la sapada. Javier Tebas, referente de la dirigencia local, promueve desde LaLiga española un sistema mediante el cual se premia con 50 euros a quien denuncie a un bar o restaurante que exhibe partidos sin el logotipo de la señal oficial. Tales acciones, lejos de generar adhesión, solamente expusieron el carácter abiertamente desconsiderado con la realidad de pequeños propietarios de negocios gastronómicos.

Quien quiera ver el fútbol profesional ecuatoriano de forma legal debe pagar, en el mejor de los casos, $ 11.90 al mes, siendo el ingreso promedio de una familia $ 899, cantidad que apenas cubre la canasta básica. El entretenimiento, claramente, no es una prioridad de las mayorías que quedan excluidas de lo que siempre fue popular y masivo, hoy reducido a pequeños espacios en la televisión abierta, su reducto de siempre.

Siga leyendo: (Copa Sudamericana 2026: el millonario premio que recibirán Deportivo Cuenca y Macará)

El martes 3 de marzo, Telefe emitió gratuitamente por su canal de YouTube el partido de Copa Libertadores entre Barcelona y Botafogo. Sin suscripciones, sin tarjetas de crédito, sin entregar datos a plataforma alguna, los hinchas solamente prendieron la TV o usaron su teléfono para ver un choque internacional. El cotejo tuvo picos de 160.000 usuarios conectados durante la transmisión en vivo y, hasta el viernes, más de 800.000 vistas.

Ese es el impacto de la oferta libre de costo cuando no está asociada a baja calidad del evento. El consumidor tiene todo el derecho de sentir que al mirar sin pagar el principal torneo de clubes de América está rompiendo la exclusión masiva provocada por el pago de un producto -LigaPro- que no necesariamente es de su total agrado.

George Russell

Fórmula 1 2026: George Russell se queda con la pole del GP de Australia

Leer más

¿Cuál es el clamor de la audiencia?

No es que la gente quiera “todo gratis”; es su imposibilidad de pagar para librarse del cercamiento que los dueños del fútbol le imponen sin considerar su realidad. Puede hasta señalarse que es una suerte de protesta pasiva, aunque involuntaria, contra un fútbol como el actual, que socializa pérdidas -entradas caras, quiebras ruidosas de los clubes, cortes presupuestarios al fútbol formativo o femenino- entre sus consumidores, pero privatiza las eventuales ganancias.

Más que ser un “robo” como tal, la piratería termina siendo en medios como el nuestro una grieta del modelo, donde el acceso a plataformas pagas que no son de la satisfacción total del usuario se convierte en un privilegio. No se trata de romantizar a MagisTV o anomalías similares, pero sí de entender que el bloqueo de IP o de links que retransmiten partidos sin autorización no soluciona la falta de accesibilidad real, algo que en Ecuador está atado a dos realidades: la real calidad de la producción y el espectáculo que se ofrece en las pantallas, y la sensación de costo-beneficio generada en el aficionado.

Y, finalmente, si la dinámica de LigaPro es exclusivamente económica, debería pensar que los derechos de TV del torneo que alguna vez llegaron a estar valorados en cerca de $ 28 millones al año hoy apenas llegan a 20 millones de dólares para el mismo periodo. Más allá de la crisis, la pandemia y demás situaciones conocidas, algo habrá pasado con el consumidor y su realidad para haber llegado a ese punto de devaluación. ¿Lo han medido? ¿Han acudido a la gente para saber qué piensa del tema?

Para seguir leyendo contenido de calidad, ¡SUSCRÍBETE A EXPRESO!