Débora Rivadeinra
Débora en el balcón de su pequeño departamento, en el sur de Tel Aviv, Israel.Vanessa López/EXPRESO

“Quiero volver a casa”: el drama de Débora, ecuatoriana de 88 años atrapada en Israel

Débora Rivadeneira vive en Tel Aviv. Sin familia, sin asilo y sin recursos, clama por ayuda para regresar a Ecuador 

Débora Rivadeneira, inmigrante ecuatoriana de 88 años que vive en Tel Aviv, Israel, enfrenta una situación crítica: sin familia, sin asilo y sin recursos para sostenerse. Gracias al apoyo de su iglesia y amigas latinas, ya obtuvo un pasaporte provisional y boletos de regreso a Quito. Sin embargo, aún necesita encontrar un lugar donde vivir en Ecuador y apoyo para cubrir su atención y cuidados básicos.

En una pequeña habitación con libros y cuadernos que adornan los rincones, como testigos silenciosos de su fe y memoria, en el sur de Tel Aviv, vive Débora. Ahí, en ese pequeño espacio prestado desde hace más de 20 años, ella reza todas las mañanas; tarde y noche. Sus dedos, delgados y algo temblorosos, recorren las páginas de una pequeña Biblia, más arrugada que sus manos, en busca de un pasaje que la reconforta: aquel que habla del amor al prójimo.

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“Dios dice amaos los unos a los otros. Y nosotros los cristianos tenemos esa unión, porque con unión será el mundo mejor. El amor es la salvación, porque con el odio no traemos nada bueno”, le dice a EXPRESO con una mirada que mezcla cansancio y desilusión, mientras abraza la Biblia, ese libro sagrado en el que se ha refugiado con mayor fervor en los últimos años y a través del cual, hace más de dos décadas, se enamoró de Israel, país de Medio Oriente.

Su nombre completo es Débora Fabiola Rivadeneira Sánchez, tiene 88 años de edad, el cabello blanco como la sal, la piel tostada por los años y un rostro surcado por arrugas que parecen mapas de una vida larga, dura y profundamente espiritual. Hoy, sin embargo, ese mapa parece no tener destino.

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Durante más de 20 años vivió como inmigrante en Israel, limpiando casas en Tel Aviv. Pero ahora, sin recursos ni familia, no puede costear un asilo donde transitar con dignidad la etapa final de su vida. Tampoco tiene ingresos para cubrir la renta del departamento que habita, que pese a querer como suyo luego de tantos años, la propietaria le ha recordado que es ajeno y que hasta el 31 de agosto tiene para desocuparlo, si ya no tiene dinero. Sus ahorros se agotaron hace años, cuando la edad le cerró las puertas del empleo.

“Me quedé de irregular en Israel, porque cuando vine, en esa época, no daban contratos por limpiar casas. Entonces como no me dieron contrato, no pude legalizarme. La otra forma de hacerme legal era casarme, pero los hombres al verme sola, pensaban que podían aprovecharse de mi situación y por eso decidí quedarme sola”, relata con franqueza.

Un pasado marcado por la soledad

La historia de Débora es la de un ser solitario, desde que tiene uso de razón. Nació en el cantón San Miguel de la provincia de Bolívar, en Ecuador, en 1937. A sus siete años de edad, perdió a su mamá. Poco después fue llevada por su padre a Colombia. Allí, ya de adulta, intentó construir una vida estable e incluso tuvo un hijo que creció a su lado y hasta se convirtió en militar. Pero, el destino, siempre impredecible, le jugó una carta cruel: él, su hijo, a quien tanto amaba, falleció en un accidente.

Movida por el dolor de perder a su primogénito y para mejorar su vida, Débora decidió migrar, primero a España, donde trabajó por 15 años, también como empleada doméstica.

“Impulsada por el dolor y la esperanza de una vida mejor, migró primero a España, donde trabajó durante 15 años como empleada doméstica. “Antes de cambiar a España por Israel, vine tres veces por excursión. Me enamoré de este país. Esta era la tierra de Jesús, y el cielo de Tel Aviv me parecía más celeste que cualquier otro. Cuando empecé a estudiar la Biblia, supe que quería caminar por la tierra donde él estuvo”, cuenta con una sonrisa del dulce recuerdo, cuando aún con juventud, la migración no le advertía que más adelante podría vivir un infierno y quedar atrapada en el que para entonces creía que era el paraíso.

Débora
Débora es acompañada por dos de sus amigas quienes le acompañan en el proceso de encontrar asilo.Vanessa López/EXPRESO

La red de apoyo que sostiene a Débora Rivadeneira

Pero no está completamente sola. La iglesia cristiana de Tel Aviv donde Débora asiste desde hace años, le ha brindado un grupo de amigas latinas que, mucho menores que ella, la asisten, la visitan, le llevan comida, la sacan a pasear y que ahora, sin esperar recompensa alguna, han cargado en sus hombros la responsabilidad de conseguirle ayuda para que vuelva a Ecuador y que pueda recibir en Quito, una vida de paz y sin necesidades.

“Ya logramos que el Gobierno de Israel nos ayude con los boletos para que viaje a Quito. También conseguimos que el Consulado de Ecuador en Israel le otorgue un pasaporte provisional, porque perdió todos sus papeles. Ahora necesitamos encontrar un lugar que la reciba en Ecuador o que le ayuden ubicándola en un asilo en Quito”, explica a EXPRESO Angye Tirand, colombiana residente en Israel y amiga cercana de Débora.

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Junto a Lupe Galante, mexicana también residente en Tel Aviv, ambas han considerado reunir dinero para costear un asilo privado en Quito si no se consigue uno público. “Estamos dispuestas a enviarle cada mes para el asilo. No lo hacemos acá en Israel porque, por su situación irregular, solo puede acceder a uno privado, y ese cuesta alrededor de 11 mil shéquel israelíes al mes (unos $3.300). Es muy caro, pero creemos que en Ecuador podría ser más accesible”, añade Lupe.

Débora tiene tres nietos, pero ninguno la reconoce como abuela. Sus amigas han intentado contactarlos por redes sociales, sin éxito. Aunque posee un pasaporte español, España no le concede asilo, ya que no cumplió con la estancia mínima de 26 años para acceder al beneficio.

EXPRESO ha compartido el caso con el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) de Ecuador, a través de su departamento de Comunicación, y aún se espera una respuesta. Para ayuda puede escribir a Angye Tirand: +972 54-667-6796.

La esperanza que no se apaga

Mientras narra su historia, Débora deja escapar una sonrisa. A pesar de su soledad, sin hijos, sin esposo y sin familia, sabe que tiene amistades que la quieren y la apoyan en este tramo final de su vida. Emocionada, toma su pequeña guitarra y entona una canción de amor y amistad. “Yo sé tocar la guitarra, también leo mucho y me gusta escribir”, dice con orgullo.

Sus amigas deben regresar a sus hogares, donde las esperan sus propias familias y responsabilidades. Débora las despide con un fuerte abrazo y una mirada llena de gratitud. Luego cierra la puerta, y vuelve a estar sola.

Su vida transcurre entre oraciones, canciones, recuerdos y una soledad que se ha vuelto su compañera fiel. Pero su corazón aún guarda la esperanza de volver a Ecuador, caminar por sus calles, ver las montañas de la sierra y respirar el aire de su infancia.

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