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Lavanderías de la Mgadalena
Lavadero del Asilo del Buen Pastor, en Estrasbusrgo, Irlanda, en 1932. Foto facilitada por la historiadora argentina Paula Brain.Frances Finnegan

Las lavanderías de las Magdalenas en Irlanda: una historia de horror y resistencia

Este año se cumplen tres décadas del cierre del último de estos reclusorios, mancha de la historia republicana 

En 1933, en Dublín, Irlanda, la venta de un terreno por parte de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad y su posterior excavación develó la existencia de una fosa común, con 155 cadáveres de niñas, adolescentes y adultas.

El descubrimiento obligó al país entero a enfrentarse a algo que había escondido como polvo debajo de la alfombra: el horror de las lavanderías de la Magdalena, administradas por órdenes conventuales de monjas de la Iglesia Católica, bajo designación del Estado, donde las mujeres recluidas ahí eran obligadas a rezar y trabajar todo el día, sin paga alguna, la mayoría de por vida. Esclavitud pura y dura en la Irlanda independiente y republicana, en plena Europa del siglo XX.

Si bien en el siglo XIX los lavaderos nacieron como albergues para el rescate de prostitutas, tras la independencia irlandesa degeneraron en reclusorios para madres solteras, chicas con discapacidad mental, víctimas de incesto, jóvenes sin hogar o consideradas promiscuas, adolescentes que empezaban a atraer la mirada masculina, o cualquier mujer que se atreviera a desafiar el statu quo establecido por una Iglesia hipermoralista y un gobierno que a toda costa quería entrar en el capitalismo industrializado y enterrar su pasado rural.

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El descubrimiento de la fosa derivó en el cierre en 1996 del último lavadero, el hogar de Sean McDermott Street en Dublín, el primer hito tangible y simbólico del cambio de época. 

A la par, periodistas, historiadores y cineastas iniciaron trabajos de recopilación de datos, afrontando la reticencia del Gobierno y la Iglesia a aceptar su culpa, y la vergüenza e indiferencia de la sociedad.

‘Convents of shame’ y ‘Sex in a cold climate’, ambos de 1998, fueron los primeros documentales sobre el tema. A estos les siguieron películas y obras de teatro, lo que animó cada vez a más sobrevivientes a compartir sus dolorosos recuerdos.

Como dice Phyllis Valentine, sobreviviente de los lavaderos, en el documental ‘Sex in a cold climate’, “me encerraron en la adolescencia solo porque decían que podía quedar embarazada. Mi familia no hubiera podido alimentar otra boca más. Ese fue mi único crimen”.

Las excautivas luchan por justicia y preservar la memoria

Pero si bien esta es una historia de abuso de poder e injusticia, también es una historia de resistencia femenina. Porque a pesar de que dentro de las lavanderías imperaba la ley del silencio, las internas aprendieron a comunicarse con gestos y miradas. Y aunque estaban prohibidas las amistades, muchas fueron capaces de crear fuertes lazos afectivos e incluso surgieron romances entre las internas.

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Porque como bien expone Paula Brain, de Argentina, magíster en Historia y Memoria, quien realizó una tesis sobre las lavanderías y conversó con SEMANA, “las monjas no podían meterse en sus cabezas, no podían meterse en sus corazones. Eso me lleva a recordar las palabras de la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui: ‘oprimidas pero no vencidas’”.

Las fugas, las huelgas de hambre o incluso el suicidio fueron también formas de resistencia extrema ante una forma de violencia sin límites. “Aquellas que se quitaban la vida o lo habían intentado, tenían la férrea determinación de que si las monjas les controlaban la vida, no les iban a decir en qué momento morir”.

Ante la lentitud del Estado y el cinismo de la Iglesia, la mayor y más significativa reacción ha venido de la sociedad civil, que ha pasado de la negación al acompañamiento de las sobrevivientes, autodenominadas magdalenas, como forma de revindicación.

Un factor decisivo en esta cruzada fue la creación en 2003 de la agrupación Justicia para las Magdalenas (JFM), formada por excautivas y familiares, que tras años de investigación y luchar incluso contra la destrucción de documentación pública, logró que en 2013 el primer ministro irlandés de ese entonces, Enda Kenny, pida perdón en nombre del Estado, además de que anunciara un plan de reparaciones. La Iglesia nunca se disculpó.

Lavanderías de la Magadalena
Las sobrevivientes Dolores Cassely y Rose Harris en la residencia presidencial irlandesa en 2013. Foto facilitada por la historiadora argentina Paula Brain.Maxwell Photography

Asimismo ha sido notorio y esperanzador el apoyo a iniciativas de JFM como Flores para las Magdalenas, evento anual para honrar la memoria de aquellas que ya no están, cuyas primeras ediciones se realizaron en 2012 en Dublín y Galway.

También destaca el Proyecto de Historia Oral o el Proyecto de Nombres de las Magdalenas, este último inaugurado en 2003 y que ha registrado los nombres e información de más de mil magdalenas fallecidas en cautiverio, almacenándolos en bases de datos y grabándolos en sepulturas, algo de enorme valor para sus deudos. Y un pequeño aliciente para la sociedad irlandesa, después de años de indiferencia.

La militancia se mantiene en pie 

Paula Brain admite lo complicado que resultó emocionalmente realizar esta investigación. “Yo me rompí con los relatos de todas esas mujeres, junto con ellas. No volví a ser la misma. Pero sentí un alivio al poder descubrir que tenían sus formas de resistencia, intramuros y extramuros, incluso hasta el día de hoy, demostrando que no estaban vencidas”.

Lo dice porque a pesar de que el horror del encierro y los vejámenes sufridos las acompañarán de por vida, muchas magdalenas siguen luchando por las otras que aún no han obtenido justicia. Por eso, ella concibe el oficio de historiadora como una actividad militante con una postura política comprometida, en pos de justicia, aunque sea una justicia póstuma.

“Se forman relaciones personales con estas mujeres que te confían su dolor. Hemos creado lazos muy estrechos, muy amorosos y muy sinceros. Después de la tesis no me olvidé de ellas. El acompañamiento es para siempre, no les soltás la mano. Y también me queda una gran amistad con un amigo muy querido hijo de una magdalena, sobreviviente de una escuela industrial”, expresa Paula.

Lavanderías de la Magadalena
Las sobrevivientes Eileen Maguire y Mary Rossiter en la residencia presidencial irlandesa en 2013. Foto facilitada por la historiadora argentina Paula Brain.Maxwell Photography

Las dos caras de la Iglesia Católica

Para entender el respeto a la Iglesia católica en Irlanda, hay que recordar su papel durante los años en que la isla era colonia inglesa, cuando la población sufrió hambre, desalojos, genocidios, explotación.

“Las monjas y sacerdotes católicos ayudaban a las familias irlandesas campesinas que eran desalojadas. O las acompañaban en los barcos ataúd en los que migraban a Canadá y Estados Unidos. Eran referentes, pasaban hambre con ellos, se enfermaban con ellos”, explica la historiadora Paula Brain.

Pero tras la independencia, el Estado, con el respaldo de la Iglesia católica, se embarcó en un acelerado proceso de industrialización, sustentado en buena medida en la explotación de sus mujeres pobres, rezagos de esa Irlanda rural que se quería dejar atrás.

Lavanderías de la Magadalena
Salón de costura de la lavandería del Buen Pastor, en Estrasburgo, en 1932. Foto facilitada por la historiadora argentina Paula Brain.Frances Finnegan

La paradoja es cruel. “Pese al hambre y genocidio sufrido en la época colonial, las mujeres habían sido mucho más libres y se habían autogobernado mucho más en esa Irlanda ocupada por los ingleses, que en la Irlanda republicana”, analiza Brain.

Un recordatorio de lo peligroso que es darle demasiado poder a una institución o grupo de personas. Y también de que muchas veces quienes se autoproclaman libertadores de pueblos, terminan siendo mucho más crueles que los tiranos que derrocaron.

Los crímenes de las lavanderías

Además del encierro, la mala alimentación, los maltratos (incluso violaciones) y los trabajos forzados sin paga, las prisioneras de las lavanderías fueron víctimas de muchas otras atrocidades, de las que también obtenían réditos las congregaciones de monjas, como la venta de sus bebés, trata de blancas y la venta de sus cuerpos a facultades de medicina cuando fallecían.

Un recordatorio de lo peligroso que es darle demasiado poder a una institución o grupo de personas. Y también de que muchas veces quienes se autoproclaman libertadores de pueblos, terminan siendo mucho más crueles que los tiranos que derrocaron.

Todo un entramado

Las lavanderías de las Magdalenas constituían un siniestro entramado junto con otras instituciones de la Irlanda republicana, como los orfanatos, los ‘Mother and Baby Homes’ (para madres solteras y sus hijos), las escuelas industriales y los asilos para lunáticas, a donde iban a parar las magdalenas más rebeldes.

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