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Carla Norrlöf | El largo camino hacia la guerra con Irán

Para cuando comenzaron los ataques, muchas decisiones estratégicas ya se habían tomado años antes

A medida que el conflicto con Irán redefine la seguridad global y los mercados energéticos, en Estados Unidos el debate se centra en por qué el presidente Donald Trump optó por la guerra. ¿Fue política interna, proyección de fuerza, un error de cálculo o alguna otra razón? Estas explicaciones tienen mérito, pero ocultan causas fundamentales. La guerra no fue repentina, sino el resultado de procesos geopolíticos que eliminaron alternativas. Para cuando comenzaron los ataques, muchas decisiones estratégicas ya se habían tomado años antes.

Una de ellas fue la retirada en 2018 del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), acuerdo de 2015 para limitar el programa nuclear iraní. Trump argumentó que abandonar el PAIC permitiría un acuerdo más sólido mediante presión económica, buscando obligar a Irán a renegociar. Aunque las sanciones ya existían por terrorismo, misiles y abusos de derechos humanos, su aplicación sin diplomacia debilitó la economía iraní y redujo las posibilidades de acuerdo. Cada intento fallido reforzaba la percepción de que la presión sola no resolvería el problema y alineaba la visión estadounidense con la israelí, que considera inaceptable la latencia nuclear iraní.

La política iraní también dificultó la moderación. Aun con señales de negociación, Irán avanzó en su programa nuclear y redujo el acceso a inspectores. Esto aumentó su poder de negociación, pero reforzó la percepción israelí de una fecha límite, consolidando la idea estadounidense de que la diplomacia perdía credibilidad.

La política israelí reflejó esta lógica. Su doctrina se basa en impedir que estados hostiles alcancen el umbral nuclear. Desde el ataque a Osirak en 1981 hasta operaciones contra instalaciones iraníes, Israel prioriza la acción temprana. Bajo Benjamin Netanyahu, un Irán nuclear se percibe como amenaza existencial, y la expansión subterránea de su infraestructura nuclear dificultó la prevención, alineando la política estadounidense con la israelí.

El conflicto también involucra a los países del Golfo. La rivalidad con Arabia Saudita ha definido la seguridad regional, pero los ataques de 2019 a instalaciones petroleras y otros incidentes con misiles y drones expusieron vulnerabilidades, muchas vinculadas a Irán. Esto impulsó la alineación con Israel mediante los Acuerdos de Abraham de 2020. Aunque la confrontación directa seguía siendo arriesgada, la confianza en Estados Unidos permitió a los gobiernos del Golfo apoyar la contención sin asumir riesgos directos.

Con el tiempo, la guerra pareció menos una escalada que el camino de menor resistencia. La convergencia estratégica entre Estados Unidos e Israel y la gestión de riesgos en el Golfo dificultaron mantener la moderación. Los ataques estadounidenses e israelíes provocaron represalias iraníes contra ciudades israelíes, centros energéticos del Golfo, bases estadounidenses y el transporte comercial por el Estrecho de Ormuz, escalando el conflicto a nivel regional y global.

Las repercusiones muestran que el conflicto nunca fue puramente regional. La explicación centrada en política interna estadounidense resulta insuficiente: los incentivos presidenciales influyen, pero no crean por sí solos condiciones geopolíticas. La alineación de intereses entre aliados y actores regionales ya había reducido las alternativas de los responsables de decisiones. La elección final solo pareció repentina porque la trayectoria hacia la confrontación se acumuló durante años.