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CUARENTENA, DÍA 3: Instrucciones para dormir en cuarentena

A juzgar por la lista de títulos más populares en el Netflix, los ecuatorianos no se desconectan del virus ni para divertirse 

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Instrucciones para dormir en cuarentena

Roberto Aguilar publicará este diario hasta el final de la cuarentena por el coronavirus. Puedes leer todas las entregas aquí.

De los diez títulos de Netflix más populares en el Ecuador, tres van de virus y contagios: una película surcoreana que pinta un escenario del fin de los tiempos, con multitudes de infectados marchando haca Seúl en plan muertos vivientes, a contagiar a todo el mundo (‘Virus’); una serie documental sobre cómo se combaten las infecciones gripales (‘Pandemia’) y una superproducción hollywoodense de los años noventa, desempolvada para la ocasión, con Dustin Hoffman en el papel de héroe incombustible de la medicina (‘Epidemia’). Es decir que los ecuatorianos encerrados en sus casas, puestos a elegir entretenimientos para matar el tiempo y evadir la dura realidad de la emergencia sanitaria, prefieren no evadirla. Al contrario: buscan exactamente la película que se la recuerde.

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Días atrás, cuando ya se habían prendido las alarmas pero aún no se decretaban las emergencias ni se imponían las cuarentenas, yo mismo recomendé la película surcoreana como una curiosidad cinematográfica de tiempos apocalípticos. No me arrepiento pero no lo volvería a hacer. Es más: pido no verla. En primer lugar, porque no es la gran cosa. Pero sobre todo por una razón: para mantener la salud mental es imprescindible precautelar los sueños. Y el resultado de varias horas de exposición a la avalancha informativa de las redes sociales y los noticieros de TV, que se han vuelto monográficos, ya es un exceso difícil de administrar como para sumarle, además, dos horas de imágenes de estudio producidas específicamente para tocar nuestra sensibilidad por su costado más vulnerable. Luego uno se va a dormir y el cerebro sigue en piloto automático, reproduciendo esas imágenes en bucle, desenterrando sensaciones y miedos atávicos del fondo del subconsciente. ¿Quién no ha soñado ya con el coronavirus?

Sueños de esa naturaleza no pueden ser si no angustiosos. Permanecen pegados en nuestro ánimo como una lapa, durante buena parte del día siguiente. Hoy arrastro uno de esos. Había un médico que no conseguía dar conmigo (yo lo veía de lejos, como desde un piso alto), un papel con el resultado de un examen escrito en lenguaje incomprensible, calles vacías, lluvia a cántaros, un laberinto de escaleras hospitalarias… En fin: no se lo deseo a nadie.

Horas de exposición a un mismo tema producen esta clase de efectos; y el encierro, que incrementa la experiencia y refuerza la sensación de angustia por la naturaleza de las noticias. El hecho es que nunca antes, ni siquiera en los casos de tragedias o de eventos políticos catastróficos (el terremoto de abril de 2016, por ejemplo, o el paro nacional del pasado octubre) hemos estado tan atrapados por un solo tema como ahora. El terremoto ocupaba el máximo de nuestra atención pero, más allá de las fronteras, el mundo seguía su marcha. Hoy no existe nada por fuera del coronavirus. Y es global. A tal extremo que hasta Rafael Correa ha terminado por cerrar su hocico ponzoñoso y apenas si se sirve del mismo coronavirus para envenenarnos de vez en nunca. Sólo su antiguo secretario jurídico, Alexis Mera, continúa medrando en su mundo konitos, hablando de cosas que algún día significaron algo para nosotros: no sé qué de la Fiscalía, de Christian Viteri, de Joffre Poma… ¿Les suenan esos nombres? Historias de viejos resentimientos sobre “actores políticos”, “patrones de turno”, “prisiones inmediatas”… En fin, de qué diantres estará hablando. Pobre tipo.

¿O pobres de nosotros, entregados a la manía compulsiva de mantenernos al corriente de un tema que nos sobrepasa y sobre el que no podemos influir de ninguna otra manera que quedándonos en casa? Al menos Alexis Mera, en su realidad paralela, vive su cruzada personal fuera del mundo. ¿Sueña en juzgados, en prisiones, en guardias que lo vigilan hasta en el baño, en paquetes de dinero? No está atrapado, como nosotros, en la paradoja del momento, aquella en la cual nuestra mejor manera de mantenernos informados (las redes sociales) son también la vía más rápida y efectiva para incrementar nuestra paranoia y nuestro pánico colectivo. La fórmula más segura para asegurarnos la pesadilla nocturna.

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Hay que desconectarse, no queda de otra. A nadie le hace bien esta sobreexposición informativa. Más aun considerando las noticias falsas, las teorías de la conspiración, las suposiciones indemostrables que circulan por las redes, la violencia gratuita de internautas al borde de un ataque de nervios, la intemperancia, los complejos… ¡Si hasta los nobles sentimientos y las buenas intenciones se vuelven inmanejables! Los consejos no solicitados, los ejemplos de solidaridad y buen comportamiento, el enésimo video de cómo lavarse las manos… Basta ya. Y no vaya a cometer el error de embarcarse en una historia de surcoreanos huyendo de la peste. Dibujos animados, eso. Infantiles, mejor. Japoneses, perfecto. Y dulces sueños.