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LA CUARENTENA, DÍA 4: Máxima socrática: conócete a ti mismo

La emergencia sanitaria nos va dejando, para el diagnóstico de lo que somos, unos cuantos síntomas de insolidaridad  

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Máxima socrática: conócete a ti mismo

Roberto Aguilar publicará este diario hasta el final de la cuarentena por el coronavirus. Puedes leer todas las entregas aquí.

“¿Pero qué tiene esta señora en la cabeza?”. Del otro lado de la línea telefónica, mi interlocutora se encabrita. Pilar es española y lleva años viviendo en Cuenca (Ecuador). Por carnaval viajó a Madrid, a visitar a amigos, y se quedó atrapada en plena crisis. Ayer debía estar de vuelta en Quito, así que la llamo por WhatsApp para saber cómo ha resuelto su vida. La encuentro en Valencia, donde un amigo le prestó un apartamento, sola en casa, pero arropada por la solidaridad de sus vecinos, que se ofrecen para hacer compras por ella, y disfrutando de los lazos de solidaridad que han empezado a tejerse entre desconocidos, de balcón en balcón. Nerviosa, como todo el mundo, pero bien. Hasta que se enteró de lo que hizo Cynthia Viteri en el aeropuerto de Guayaquil. “¿Pero qué tiene esta señora en la cabeza?”.

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En Ecuador llevamos dos días preguntándonos lo mismo. Me sorprendo explicándole que a la pobre le ha cogido el virus, como para mitigar sus culpas (no puedo creer lo que estoy diciendo), pero no logro atenuar su indignación que, por lo visto, es la de toda España, empeñada en un esfuerzo de repatriación de conciudadanos dispersos por el mundo. Algo que a la mayoría de ecuatorianos, que también tenemos cientos de compatriotas sin poder volver, parece valernos tres atados. Lo que me dice a continuación me deja de una pieza.

Pilar es una amante incondicional de América Latina, continente en el que eligió vivir huyendo de lo que considera (o consideraba) una sociedad (la europea) cada vez más metalizada, insolidaria y huérfana de valores humanitarios. Normalmente, cuando sale con esas cosas, me complazco en bajarle de la nube: “Estás romantizando el continente más violento y desigual del mundo”, suelo decirle. “En estos países se mata por un celular, no lo olvides”. Es nuestra discusión de siempre. Ahora es ella la que me sorprende: ha vivido lo peor de la crisis del coronavirus en España, ha vagado de hostal en hostal y ha tenido que suspender su viaje de regreso mientras contempla con inquietud como se agotan sus fondos. Y al cabo de esa aventura su conclusión es (para nosotros, para mí) dolorosa: “Aquí -me dice- la gente es más humana”.

Si eso opina Pilar es porque el mundo -como vaticinan los analistas que en estos días se preguntan sobre las consecuencias que acarreará esta crisis- cambió para siempre. Y que los ecuatorianos tendremos que cambiar también, necesariamente, si queremos sobrevivir al futuro postapocalíptico que nos espera a la vuelta de la esquina. Tarea para los días de encierro: meditar profundamente en la vida que queremos llevar, en las personas que queremos ser, en los valores que queremos cultivar, en el país que queremos habitar...

Hasta el momento, la emergencia sanitaria por el coronavirus nos va dejando, para el diagnóstico de lo que somos, varios síntomas de insolidaridad. El desafuero de Cynthia Viteri en el aeropuerto de Guayaquil es uno de ellos: el miedo cerval a lo que viene de afuera (en este caso, esos once tripulantes de Iberia) se impuso sobre la elemental consideración humanitaria de brindar asistencia a quienes esperaban ese vuelo para volver a casa. Pero hubo un caso peor, y el hecho de que pasara inadvertido nos pinta de cuerpo entero: el brutal anuncio que lanzó el 14 de marzo el vicepresidente Otto Sonnenholzner sobre las restricciones de ingreso al país.

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“Prohibición de ingreso por cualquier medio de transporte -decía el texto de la resolución- desde el domingo 15 de marzo a las 23:59 para extranjeros. Para ciudadanos nacionales o extranjeros residentes en Ecuador, la restricción aplica desde el lunes 16 de marzo”. Cierto es que esa disposición se ha ido matizando a lo largo de la semana: ahora sabemos que los ecuatorianos en el extranjero sí pueden volver, siempre que lo hagan por tierra (es decir que, en la mayoría de los casos, no pueden). El hecho es que, ante el miedo al contagio, lo primero que se nos ocurrió con el fin de protegernos fue dejar a nuestros hermanos fuera. ¿De qué sirve tener un país si ese país te cierra las puertas en la cara cuando más lo necesitas? ¿No daría lo mismo no tener ninguno? Pero a todo el mundo le pareció de lo más normal. El jurista Ramiro García fue el primero que se quejó: que es inconstitucional, dijo. El asambleísta Fabricio Villamar impulsa ahora una iniciativa para organizar el retorno. Esfuerzos aislados de algo que debería ser un clamor nacional: ¡tráiganlos a casa ya!

Entiendo la indignación de Pilar y la dimensión del desafuero de Viteri, su vergonzosa inhumanidad. Pero si la conversación con mi amiga española terminó dejándome una sensación de incomodidad conmigo mismo fue porque me puso, sin proponérselo, un espejo por delante: conócete a ti mismo. Fácil es tomar a la alcaldesa por chivo expiatorio. Lo que hizo fue muy grave, es cierto. Pero hay algo más grave: eso que hizo nos expresa.