Xavier Zavala | ¡Allá vamos 2027!
El 2027 no vencerá necesariamente el más preparado, sino quien logre interpretar el malestar general...
Coincidiendo con casi todo el artículo de César Febres-Cordero: “2027: Votar, aunque no vaya a importar” del jueves 19 de marzo, con afecto y respeto me deslindo de su conclusión. Veremos los motivos:
Hablar de “persecución política” en democracias erosionadas por la corrupción siempre obliga a caminar sobre el filo. No porque el tema sea inexistente o de poca monta, sino porque su debate provoca polarización. El ciudadano aprendió rápido que opinar tiene un costo y que involucrarse desgasta y hasta provoca miedo. Ese “dejar pasar” no es un vacío político, es un dato político. Y es, probablemente, el dato decisivo hacia 2027.
Además, en los últimos procesos electorales se ha normalizado un electorado que participa sabiendo que el resultado cambia nombres, pero no cambia rutas. Se vota, sí, pero cada vez más como quien cumple un trámite. Y si la política se vuelve trámite, la “delegación” se rompe por desgaste y no súbitamente.
Un entorno polarizado y la sensación de un voto inútil, ese es el contexto. Ese formato puede ser rentable para gobernar en el corto o mediano plazo, pero produce hartazgo. No persuade, sino que cansa. El resultado es una democracia fatigada, instituciones que siguen funcionando, pero con legitimidad tirando a la baja, casi subterránea. La variable que más daña la participación ciudadana no es solo la desconfianza, sino la percepción de inutilidad, que surge cuando el votante siente que su elección tiene “margen cero”. En este punto ocurre un cambio, la abstención deja de ser indiferencia y se convierte en mensaje.
La democracia representativa descansa sobre una promesa simple, tu voto cambia algo. Si esa promesa se percibe rota, el ciudadano simplemente se retira, pero ese retiro no extingue el conflicto, lo acumula. Por eso el desinterés actual es engañoso. No estamos ante una ciudadanía apática, sino ante una ciudadanía decepcionada. Y el votante decepcionado no es neutral: es un “tiro al aire”. Puede no participar… o puede aparecer masivamente cuando encuentra liderazgos creíbles para su frustración.
Me deslindo de César, como dije antes, porque, con similares antecedentes él sostiene que: “Con todo eso a la vista, se puede empezar a avizorar en el horizonte que las elecciones que vienen serán las menos importantes en años (…) Si el oficialismo pierde, pero las cosas siguen en su curso actual, las seccionales del 2027 no serán más que una encuesta fácil de ignorar.”
Yo sostengo que la consecuencia electoral de todo lo dicho es el crecimiento del “voto castigo”. Si algo caracteriza al ciclo que se abre hacia 2027 es que el elector decisivo ya no es el ideológicamente convencido, sino el decepcionado, el que se cansó de promesas. Hay que generar confianza, pero ésta no va con eslóganes ni con marketing, se logra con señales verificables, con coherencia y con un tipo de liderazgo más consistente. Para el oficialismo, el desafío no es solo mostrar gestión, sino aceptar que el hartazgo ya no se calma con analgésicos. Para las oposiciones, el reto es no confundir rechazo al gobierno con adhesión automática, entendiendo que el voto del desencanto es prestado, se entrega con desconfianza y se retira con rapidez.
Por eso el 2027 no será una elección más, tampoco irrelevante. No vencerá necesariamente el más preparado, sino quien logre interpretar el malestar general, que convierta la frustración en camino y ofrezca una ruptura que no sea un salto al vacío. El verdadero elector de 2027 no es el convencido, es -paradójicamente - el decepcionado. Quien lo entienda y lo trate como ciudadano, no como ganado, tendrá la ventaja decisiva.