A propósito de Cuba
La ‘caravana de la solidaridad’ que visita Cuba por el bloqueo de EE.UU. prefiere ignorar la traición de Fidel Castro a sus coidearios de la revolución

Ojalá los miembros de la ‘caravana de la solidaridad’ que hoy visitan Cuba no se tapen los ojos ante las atrocidades cometidas por el régimen comunista a través de los años.
A mediados de la década pasada, de la mano de una mutua amiga, conocí al comandante Huber Matos. Nonagenario por entonces, estaba perfectamente lúcido. Nos reunimos unas pocas veces en Miami, y mi sentimiento entonces era que frente a mí estaba la fuente más fidedigna del proceso cubano.
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Un hombre culto y sereno, sin un ápice de algún sentimiento que pudiera lastimar su conciencia. Matos fue uno de los grandes gestores del proceso que llevó a la caída de Batista. Junto con los hermanos Castro, Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos, entró a la Habana en enero de 1959. A mediados de 1959 Matos se percató del giro al comunismo que estaba tomando Castro, y presentó su protesta seguida de su renuncia. Luego de una segunda carta de renuncia, pues la primera no le fue aceptada, Castro envía a Camilo Cienfuegos a capturarlo, con la soterrada posibilidad de que las tropas leales a Matos se enfrenten con Cienfuegos, cosa que no ocurrió.
Celos y traición
Aquel día, me contaba Matos, que él le advirtió a Cienfuegos del giro de las decisiones ideológicas de los Castro, y que conocía que Fidel estaba celoso de la popularidad de Camilo. Pocos días después, en un sospechoso accidente de aviación moriría Cienfuegos. Capturado Matos, fue enjuiciado por traición, y el día del juicio habló durante tres horas, sin permitirle al jurado una palabra. Al final, como era costumbre, a los juicios acudían militares para vociferar contra los acusados, pero en el caso de Matos terminaron de pie aplaudiéndolo. Pese a la insistencia de Raúl y Ernesto Guevara, no se lo condenó al paredón, sino a 20 años de cárcel, los cuales cumplió en su totalidad desde 1959 hasta 1979. Fue víctima de oprobiosas torturas durante su presidio, procurando quebrar su espíritu y voluntad, al punto de ofrecerle la libertad si firmaba su ‘arrepentimiento por traicionar a la Revolución’, cosa que jamás aceptó. De su presidio, por intercesión de Costa Rica, pasó a ese país y luego a EE. UU. hasta su muerte.
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Ojalá los miembros de la ‘caravana de la solidaridad’ que ahora visitan Cuba no se tapen los ojos al pasar por los paredones y las mazmorras.