Descastados
Las nuevas generaciones, en nombre de la inclusión, sustituyen antiguos prejuicios por otros, haciendo que Occidente entre en conflicto con su propia identidad

La búsqueda de la equidad en Occidente puede generar más injusticia cuando en nombre de la inclusión se crea nueva discriminación.
A pesar de que equidad e inclusión son conceptos contradictorios, pues aquél sigue la justicia natural y éste, la regla de cuotas, han logrado juntarlos como a dos caras de la misma moneda. No hay empresa con reclamo edulcorado, de las que apelan a sensibilizadas audiencias, sin una política al respecto, se la crea o no. Es la corriente y siempre es mejor remar río abajo, aunque conduzca a la catarata. Y así, a guisa de inclusión, se ha privado de empleos, ascensos o admisiones académicas a personas que tenían sobrado mérito, pero no pertenecían a la nueva clase de privilegiados.
La fiebre expiatoria de la inclusión, que los abogados de nuevo cuño llaman acción afirmativa, es discriminación pura y dura. Inversa, pues los supuestos opresores de ayer son las víctimas reales de hoy, pero discriminación al fin y bien ha hecho la Corte Suprema de Estados Unidos determinando que viola el principio de igualdad.
La inclusión crea privilegios que también generan discriminación
Para los fabricantes de empaquetados conceptuales la fórmula redimiría culpas históricas y compensaría desigualdades estructurales, ardid para inventar al enemigo y lucrar políticamente de la victimización. Sin duda, buena parte de las nuevas generaciones de América y Europa se ha educado bajo un esquema maniqueo, que juzga el entorno bajo el prisma de opresores y oprimidos, ya se trate de la centenaria marca Aunt Jemima, cancelada por racista, o los enanitos y Blanca Nieves, quien ya perdió su blancura para no perpetuar un cliché, y los enanitos, su trabajo, para que no se ofendan, ¡vaya ironía! Se ha sustituido un prejuicio por otro. Al menos antaño los convencionalismos surgían naturalmente, por darwinismo social; hoy se imponen por ley, se imparten sin discusión en las aulas, hacen parte de una agenda.
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Estas muletillas, que atribuyen las desigualdades a un diseño perverso y encajan sin beneficio de inventario las leyendas negras de la historia, han conseguido que Occidente entre en conflicto con su propia identidad, que sienta culpa por su progreso y raíces, que no sepa o se atreva a defender los fundamentos que la convirtieron en la región más libre y próspera del planeta. Fracasado el socialismo marxista como justificación del totalitarismo, la izquierda desplazó la dialéctica fratricida al plano identitario, formando descastados, legiones dispuestas a ser arrasadas sin resistencia mientras los estatistas de todo cuño se frotan las manos.