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El color de la Perla
La ciudad se apresta a cumplir 200 años de haber declarado su independencia.Ilustración Teddy Cabrera

El color de la Perla

No ha terminado su desafío ante la emergencia sanitaria mundial por el coronavirus, pero evidentemente ha logrado resistir, recuperarse y avanzar.

El color de la Perla

Este iba a ser un año de fiesta. Guayaquil celebraría a lo grande el bicentenario de su independencia. Mi imaginación me permitía soñar con festejos nunca antes vistos: Visualizaba el malecón con navíos extranjeros y propios, con sus banderas flameantes; el bulevar 9 de Octubre con ríos de gente tomando el fresco de la noche guayaquileña; la Orquesta Sinfónica en conciertos al aire libre. Y entre los programas culturales, daba por sentado que escucharía a la historiadora Jenny Estrada contando lo que no sabíamos del 9 de Octubre…

Lejos de entristecerme por lo que no se dio, la fiesta en la ciudad es menos grande pero más sentida, porque Guayaquil ¡está viva! Tras enfrentar la enfermedad y la muerte, habiendo sido llamada la Wuhan de América, puso su pecho ante la enfermedad y la muerte; sobrevivió a la pandemia, volvió a ser La Perla, la estrella…

No ha terminado su desafío ante la emergencia sanitaria mundial por el coronavirus, pero evidentemente ha logrado resistir, recuperarse y avanzar. Sabemos que el costo fue demasiado alto: Más de 10.000 muertos solo entre marzo y abril pasados. Llegamos a tener 700 fallecidos por día y más de la mitad de los contagios de todo el país. Aunque quiera olvidar aquellos días de luto, no puedo. Tantas lágrimas, tanto dolor que Guayaquil se asemejaba a una perla gris.

Iba al trabajo en aquellos días con el corazón partido, recorriendo tramos de una ciudad fantasma. La avenida Víctor Emilio Estrada no tenía un solo negocio abierto. Los pocos carros que circulaban prendían sus luces al encontrarse con otros. Parecía una señal de abrazos de luto. Apenas farmacias, supermercados con horarios restringidos y con suerte funerar ias… Mientras tanto, los hospitales colapsados, abarrotados de dolientes y escenarios de gritos y reclamos. Los cementerios no se daban abasto y los enfermos morían, sin despedidas.

Cuando llegó el día en que tuvimos 0 muertes por COVID, no fuimos pocos los que juntamos las manos para agradecer al cielo. Al ceder la mortalidad del coronavirus, empezó a movilizarse la ciudad, el comercio, y la indisciplina también, es cierto.

Pasamos al semáforo amarillo y con aciertos y desaciertos la reactivación arrancó entre los rayos de sol de la esperanza que había logrado bañar la ciudad.

Solo entonces volvimos a hablar del Bicentenario y de cómo los programas de celebración tenían que ajustarse y cambiarlos. Sin reclamos, sin lamentaciones, acaso con el orgullo de reconocer en el espíritu de Guayaquil la inspiradora lección de ser la protagonista de su propia victoria.

La Perla recuperó su color y el brillo que proporciona la dignidad de saberse vencedora; consciente de que ella misma es capaz de renacer, revivir, transformar y ser mejor…

Mientras escribo estas líneas, buscando homenajear a esta ciudad y su gente grande, recuerdo las imágenes de hoy en el cerro de El Carmen con el desfile de los carritos de la aerovía. Serán 40 mil personas quienes podrán transportarse cada día y pronto serán más, en otras rutas por decidir. El aeropuerto ha reabierto todos los vuelos suspendidos por la COVID. Y Los puertos, ya sabemos, nunca dejaron de operar.

La Perla, la Estrella, como la llama el Viejo Napo, se apresta a cumplir 200 años de haber declarado su independencia. Muchas cosas pueden ser mejores en esta ciudad de casi 3 millones de habitantes, pero su espíritu de libertad y progreso está en lo alto, en lo más alto. Pocos lugares como este puerto abrigado pueden decir a viva voz: Estamos de fiesta, más allá de todo. Que ondeen las banderas celeste y blanco, que el espíritu huancavilca reposa en la corona de laureles de este Guayaquil de Octubre, que brilla como una perla divina.