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Rafael Oyarte | Desconocidos

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Porque eso de enterarse, cuando el individuo ya está en el cargo, de algo turbio de su pasado, no tiene ninguna gracia

¿Conocemos el pasado de los ciudadanos que optan a las más importantes funciones públicas de la nación? Se está realizando el concurso para fiscal general y si ahí se introduce un elemento indeseable, porque está vinculado por un grupo delincuencial o porque es un enviado de oscuros intereses, la cosa se pondrá más difícil, dado la situación de un Ecuador que no solo dejó ser la ‘isla de paz’ hace rato, sino que se convirtió en la almacenera de narcotraficantes y en el paraíso de la corrupción mafiosa. Porque los concursetes que organiza el tal Consejo de Participación son cualquier cosa menos un mecanismo para nombrar a los más capaces, sino la garantía de que ocurra todo lo contrario, salvo honrosísimas excepciones. Llegar a esos concursos con un manojo de títulos de posgrado, que hoy se entregan como hojas volantes en la infinidad de facultades que los imprimen en el país y en el exterior, a cambio de una colegiatura más o menos costosa, no son demostrativos de mérito alguno. Lo propio las pruebas con estilo universitario, penosamente elaboradas y más tristemente calificadas, que no demuestran conocimiento adecuado. Aparentemente, el menor de los males sería que llegue un audaz, de esos que acá sobran, y que, ojalá, quiera aprender algo (dañando lo ajeno) en el ejercicio de la función, cuando no que simplemente firme (o lea) lo que otro hace y de lo que no tiene la más mínima idea.

Pero vamos a lo primero: cómo se sabe con quiénes se ha relacionado, a qué intereses responde, qué intenciones tiene, alguien a quien no se conoce, porque caritas vemos, pero corazones… ¿Hay en los órganos de seguridad del Estado el historial de los personajes que pululan por ahí? Porque eso de enterarse, cuando el individuo ya está en el cargo, de algo turbio de su pasado, no tiene ninguna gracia, menos en un país en que se prefiere al desconocido, salido de debajo de cualquier piedra, que a quienes sí tienen oficio conocido. Hay gente que, no se sabe de dónde ni de qué negocios, posee ingentes cantidades de dinero, sin que eso se corresponda a algún pasado conocido. Es que el SRI, la UAFE y demás están para cualquier otra cosa. Hay, entonces, que reconstruir los aparatos de inteligencia, que van más allá del tradicional espionaje, porque estamos en el camino de que acá se meta cualquiera que, mañana, termine de acabar con nuestra nación.