Juan Carlos Holguín | La cédula como requisito… y como símbolo
En la política, como en la vida, la integridad es un concepto transversal
Un artículo de prensa de la semana anterior hacía referencia a que se sigue solicitando aún la copia de la cédula para ciertos trámites públicos, a pesar de que hay norma expresa que retiró ese absurdo requisito.
Y alertaba que hay que tener cuidado, pues los datos pueden ser utilizados maliciosamente por terceros, a partir de esa copia.
¿Pero qué pasa cuando es la autoridad la que malutilizó los datos de una cédula para ser gobernante?
Hace unos años el correísmo intentó desestabilizar a la fiscal general de la Nación de ese entonces, doctora Diana Salazar, bajo el supuesto de un plagio académico, que jamás pudo probarse.
Era irónico verlos despotricar con supuestos argumentos académicos, olvidándose de que tuvieron un ministro que luego fue vicepresidente, sentenciado por corrupción en varios casos, que firmaba como ingeniero sin serlo.
Cuando Jorge Glas presentó su tesis en 2008, lo hizo con párrafos plagiados del ¡Rincón del Vago! Y con cinismo extremo, lo defendieron.
En el 2012, el primo del presidente de aquel entonces, uno de sus hombres de confianza, Pedro Delgado, a quien Correa encargó ni más ni menos que el Banco Central del Ecuador, no pudo demostrar la veracidad de su título, pues ¡lo había usurpado!
En países donde hay menos corrupción y por ende, mayor índice de desarrollo, los casos que afectan el concepto de integridad de los líderes públicos se los trata con la debida diligencia.
En 2011, el ministro alemán de Defensa debió renunciar después de admitir que en su tesis existían párrafos en los que había perdido la pista de sus fuentes, de manera inadvertida. Lo hizo como un acto de transparencia pública, manifestando que no podía usar su posición política, para defenderse de una acusación.
En la política, como en la vida, la integridad es un concepto transversal. Según la enciclopedia de filosofía de Stanford, la integridad involucra dos nociones fundamentales: primero, que es principalmente una relación formal que uno tiene consigo mismo; y segundo, que hay una conexión importante entre la integridad y el actuar.
El concepto de integridad se deriva del latín ‘integritas’, que significa totalidad.
Y algunos autores lo definen como la congruencia entre las creencias, las decisiones y las acciones, y el apego continuo a los valores y principios.
Cuando una persona en la función pública es íntegra, es ejemplar. Cuando no lo es, generalmente se lo demuestra con extrema facilidad al momento de fiscalizarlo.
Es lo que sucedió con Glas o con tantos otros casos de funcionarios que, debido a su falta de integridad en su vida privada, terminaron haciendo lo mismo en lo público.
El hecho de haber forjado la información de una cédula de identidad, sin importar el fin que fuere, es argumento suficiente para que un funcionario público pida disculpas a la ciudadanía y deje el cargo para el que fue elegido.
Solo así se construye ejemplaridad en un país en el que diariamente se trata de posicionar “que los corruptos siempre fueron todos”.