Mauricio Velandia | Análisis geopolítico marzo 2026
Trump depende ahora de una percepción de victoria, pero cada día que el petróleo sube, su poder político baja
Dos turistas caminan por Notting Hill y entran a un café dentro de una tienda ‘vintage’, de esas que causan curiosidad en la historia que tuvo un pantalón o una chaqueta. Se sientan, piden café y terminan hablando de Donald Trump. Uno dice que perderá las elecciones de mitad de periodo, de Congreso. Que su guerra con Irán fue un error costoso, que las guerras largas no se ganan en las urnas. El otro lo mira sin apuro y responde que todo depende de la inflación en Estados Unidos y si ahogó la economía mundial a su favor.
Trump nunca ha sido una persona convencional. Ha desafiado todas las reglas y ha sobrevivido con la frase “estás despedido”. Y tal vez esa ha sido su frase al momento de invadir. Pero esta vez esa frase aplicada a la geopolítica le puede traer problemas.
En Irán el régimen sigue en pie, su programa nuclear no ha sido neutralizado y, más importante aún, la batalla no está en el campo militar, sino en el sistema energético global. El estrecho de Ormuz se convierte en el cuello de botella e instrumento y ya el petróleo supera los 110 dólares y los mercados entendieron el mensaje en cuanto a que la guerra no es territorial. Es económica. Estados Unidos bombardea. Irán encarece el mundo.
Trump depende ahora de una percepción de victoria, pero cada día que el petróleo sube, su poder político baja. Y lo que parecía una demostración de fuerza empieza a parecer una transferencia de costos al ciudadano.
Por otra parte, Trump construye su liderazgo sobre la capacidad de presionar aliados externos y mantener disciplinado a su partido internamente. Los aliados empiezan a resistir, como cuando la OTAN se niega a dejar sola a Ucrania. En lo interno del Partido Republicano el apoyo deja de ser automático cuando la promesa original era menos guerra y menos inflación.
Mientras tanto, Asia no observa. Se reorganiza. Taiwán ya no es un problema diplomático. Es el corazón tecnológico del sistema global y, al mismo tiempo, un símbolo político interno en China. Lo relevante es que la opinión pública en China muestra que el apoyo a una reunificación con Taiwán por la fuerza ha crecido de forma significativa. La sociedad empieza a aceptar el uso de la fuerza como opción legítima, esto puede conllevar a que China ya no solo proyecte poder. Y se puede estar preparando a su sociedad para la guerra.
En paralelo, Estados Unidos juega otra partida en Cuba que aparece nuevamente como pieza estratégica. Al controlar Trump indirectamente el suministro de energía en Cuba ha logrado algo que no se había conseguido en décadas. Asfixiar lo suficiente a Cuba para forzar negociación sin provocar colapso total. Trump habla de Cuba no como país sino como un negocio: “hacer con ella lo que quiera”. Cuba vuelve a tener protagonismo.
En Estados Unidos, el frente interno empieza a reflejar estas tensiones. Las elecciones de mitad de periodo no serán un juicio ideológico, sino un ajuste de cuentas de los votantes. No porque Trump haya perdido su base, sino porque incluso dentro de su partido empieza a imponerse una lógica distinta. Lo que viene si él pierde el Congreso será un presidente débil que podrá volverse más agresivo en lo externo. Trump, al final, sigue siendo un hombre de negocios, pero ahora ejerce en un terreno que no funciona como un estado de pérdidas y ganancia.
Y algo muy visible, cada país está apostando por sus campeones nacionales.