Comunicación Política
La vicepresidenta Pinto es el síntoma, no la enfermedad
Análisis | La verdadera enfermedad es la nula visión de estadistas que tienen quienes están al frente del Gobierno. Es una enfermedad que ya parece epidemia

La vicepresidenta María José Pinto, en otro clip borrado de sus redes sociales.
Lo que debes saber
- Marketing: La gestión de Pinto es un síntoma de un Gobierno que prioriza el marketing digital y el branding en redes sobre una verdadera visión de Estado.
- Desconexión: Existe una grave desconexión entre la narrativa de TikTok y la realidad social, evidenciada en la crisis de salud frente a videos frívolos.
Si la vicepresidenta María José Pinto retiró de sus redes sociales dos videos que le generaron una ola de críticas y burlas crueles, es porque la realidad terminó imponiéndose a la comunicación política o Compol, el nuevo evangelio de los asesores de imagen y estrategas que han reemplazado a la política por el mercadeo y el branding en redes sociales. Aunque no es una víctima de todo esto, porque ya es una adulta que tiene capacidad para decir “yo no hago esto” y que se supone debe tener cierta estatura de estadista, Pinto es tan solo un síntoma y no la enfermedad.
La verdadera enfermedad es la nula o, en el mejor de los casos, la miope visión de estadistas que tienen quienes están al frente del Gobierno y de todos los organismos del Estado. Se trata de una enfermedad que tiene características de epidemia, porque afecta a casi todos los funcionarios responsables de los distintos poderes en el Ecuador.
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El error estratégico del Museo del Prado
Veamos: para comenzar, ¿a quién se le pudo ocurrir la terrible idea de presentar a Pinto en un video en el Museo del Prado, en Madrid, diciendo que fue a aprender un modelo de gestión para el próximo Museo Nacional, cuando su gestión en la salud, por la razón que fuere, ha sido un estrepitoso fracaso? Es obvio que los ‘compoleros’, es decir, los tecnólogos de la comunicación política o Compol que administran (sí, administran) a los funcionarios públicos, no son capaces de medir lo que la gente vive en el mundo real y piensan que todo se resuelve en un reel de TikTok o Instagram.
Pinto podría ser la persona más adecuada y capaz para montar un sistema de gestión para el Museo Nacional, pero, si está en medio de una tormenta por lo que ocurre en la salud pública, ¿a quién se le ocurrió darle el encargo de gestionar capacidades para el Museo Nacional? Quien haya tenido la idea, para comenzar, no tiene la más mínima capacidad de empatía con la sociedad ni siquiera con la propia Pinto: hacerle el encargo y luego producir un video con ella desde las elegantes y plácidas salas del que quizá es el mayor museo de arte del mundo parecería obra de un enemigo suyo.
Falta de sentido común y delegación de funciones
Y todo se reduce, realmente, a un problema de falta de sentido común: si se tiene un patio desorganizado, sucio y con malos olores, no se le da el encargo de organizar la fiesta del condominio al responsable de tener todo nítido en el patio. Además, todo era muy sencillo: se podía haber enviado a la viceministra de Cultura, Romina Muñoz, para que hiciera esa tarea, ya que desde su despacho se han manejado con éxito las gestiones para el Museo Nacional.
Pinto, sin embargo, no queda exenta de responsabilidad por lo ocurrido: ¿por qué no se negó a hacer un comercial -porque eso era finalmente el video- en el que aparecía en el Prado aprendiendo cómo funciona ese museo? Para comenzar, debía haber dicho que ese fue un encargo de la Presidencia de la República -como en efecto ocurrió-, en lugar de salir ahí como una aparecida. Si hubiera dicho que el encargo provenía de la Presidencia, quizá no habría quedado tan mal parada.
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La desconexión con la crisis de salud
También es verdad que Pinto ya venía protagonizando algunos papelones que explican la reacción social frente al video en el Prado. Muy poco antes ya había publicado otro en el que aparecía columpiándose plácidamente, con los ojos cerrados y escuchando música de Pamela Cortés, precisamente el mismo día en que unos niños amazónicos habían muerto en un hospital de Cuenca por falta de atención adecuada. ¿Existe mejor y más potente forma de graficar a una persona desconectada de la realidad que escuchando música con audífonos y los ojos cerrados?
La indignación no solo fue por lo de los niños fallecidos ese día, sino por todo lo que venía arrastrándose en el campo de la salud, que le encargó el presidente Daniel Noboa. Un encargo que, con todo lo que se ha visto hasta hoy, resultó ser un acto de inmensa irresponsabilidad, porque para asumir esa tarea debió haberse designado a alguien empapado de la problemática de la salud pública. Irresponsabilidad, además, por haberle impuesto como encargado del viceministerio a alguien que había fracasado como secretario jurídico de Carondelet: Stalin Andino.
El límite de la comunicación digital
Ese video produjo, al igual que el del Museo del Prado, una ola de indignación y burlas, por lo que Pinto también terminó borrándolo de sus redes sociales. Lo increíble es, además, que con la experiencia del video del columpio haya publicado el del Museo del Prado, cuando también era lógico que desatara el mismo tipo de reacción.
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Que Pinto haya pecado de inocente o de poco sensible no es el problema de fondo. El verdadero problema es que el Gobierno del presidente Noboa se maneja con lógicas completamente apartadas de una visión estadista y se rige por lo que los asesores de imagen consideran más rentable desde el punto de vista comunicacional. Y ese recurso puede funcionar, pero solo hasta cierto punto: TikTok tiene un límite que se llama realidad.