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Jeannine Cruz: El agua no falta, falta decisión

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Gobernar también es cuidar el futuro. Y el agua debería ser el eje de toda planificación

Hablar de agua es hablar de vida, pero también de abandono. Cada 22 de marzo, Día Mundial del Agua, el mundo repite cifras que deberían sacudirnos: más de 2.200 millones de personas no tienen acceso a agua potable segura. No es una tragedia inevitable, es el resultado de decisiones que han postergado lo esencial.

Según Naciones Unidas, cerca del 70 % del agua dulce se destina a la agricultura y el 20 % a la industria, mientras millones no acceden ni a lo básico. En un planeta donde apenas una parte del agua es apta para consumo, la distribución responde más al poder que a la necesidad.

Ecuador refleja esta realidad. Aunque la Constitución reconoce el agua como un derecho, en la práctica sigue siendo desigual. El INEC evidencia que en el área rural solo el 48,5 % accede a agua potable, frente a más del 94 % en zonas urbanas. Esta brecha no es casual, es política. Es la evidencia de un país que no ha logrado garantizar dignidad en condiciones iguales. A esto se suman amenazas que deterioran nuestras fuentes: expansión urbana sin control, uso intensivo de agroquímicos, actividades extractivas sin control y el impacto del cambio climático. Estamos debilitando el agua mientras hablamos de desarrollo.

Pero hay una verdad aún más dura. Según la OMS, cerca de 1.000 niños mueren cada día por causas relacionadas con agua insalubre. Y millones de mujeres y niñas dedican alrededor de 250 millones de horas diarias a recolectarla. La desigualdad también se carga en los hombros. Y aquí es donde la responsabilidad debe decirse con claridad. No es solo del Gobierno Central. Es de cada autoridad que administra un territorio. Alcaldías y prefecturas no pueden seguir actuando sin una agenda clara de cuidado, protección y gestión integral del agua. Hoy no existe una visión sostenida que priorice las fuentes, los páramos, la calidad y el acceso equitativo.

Gobernar también es cuidar el futuro. Y el agua debería ser el eje de toda planificación. Ella no puede seguir siendo un discurso. Es un derecho. Y no garantizarlo tiene un nombre: abandono.