SUSCRÍBETE
Diario Expreso Ecuador

La estética del espanto: nuestro derecho al desorden

El caos urbano y la falta de planificación reflejan el deterioro de las distintas ciudades en Ecuador. ¿Cómo solucionarlo?

Carros en medio del tráfico. Imagen Referencial.

Carros en medio del tráfico. Imagen Referencial.CANVA

Creado:

Actualizado:

Si el caos fuera una exportación no tradicional, Ecuador sería la primera potencia mundial. Hemos elevado la fealdad urbana a patrimonio nacional, convirtiendo nuestras calles en una oda a la improvisación, donde el buen gusto es una excentricidad extranjera. Aquí la planificación es un cuento de hadas que los alcaldes recitan en sesiones solemnes, pero que se disuelve cuando el ciudadano decide que la acera es su patio y que las ordenanzas son sugerencias.

Falta de control y débil gestión municipal

Nuestras ciudades no crecen, se acumulan bajo la doctrina del ‘hágase como se pueda’. En Quito, el crecimiento hacia los polos parece una competencia de resistencia: un sur que se expande entre lomas tomadas por asalto y un norte que se estira sin brújula, dejando bloques sin enlucir. En Guayaquil, la historia no es distinta; mientras el centro se asfixia en el desorden, las periferias se hinchan con una arquitectura de supervivencia sin armonía. El drama se vuelve comedia negra en ciudades más pequeñas; pueblos que aspiran a ser metrópolis pero solo logran amontonar cemento sin alma. Para el turista, recorrerlas es enfrentarse a un paisaje hostil donde el desaseo es la alfombra roja y la falta de iluminación la antesala de la inseguridad. Son ciudades diseñadas para ser evitadas, donde el gris del bloque y la basura en las esquinas son el único comité de bienvenida.

Ante este panorama, la empresa privada es el último bastión de coherencia. Lo que rescata la vista no son las plazas de cemento pintado, sino proyectos urbanísticos privados que crean oasis de orden. Son islas de planificación donde el árbol no es enemigo y el cableado subterráneo no es ficción. Estos desarrollos demuestran que vivir con reglas es posible, pero también evidencian la derrota del Estado: la belleza, limpieza y seguridad se han vuelto artículos de lujo tras una garita, mientras el resto del país se rinde a la anarquía.

La autoridad observa este contraste con parálisis cómplice. Los municipios tienen manuales de estética que nadie consulta y departamentos de planificación que parecen dedicados a la literatura fantástica. Se permite que el vecino se tome la vereda o que un negocio pinte su fachada de un color radiactivo, todo por la política del ‘dejar hacer’. Al final, nuestras urbes reflejan la viveza criolla: exigir una metrópoli de primer mundo mientras defendemos la fealdad, el descuido y el desorden arquitectónico.

Pablo A. Chiriboga Núñez

tracking