'Sin novedad en el frente', la versión de Netflix cumple su cometido

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'Sin novedad en el frente', la versión de Netflix cumple su cometido

La cinta está llena de una asombrosa técnica digital, violencia bélica y sorprendente banda sonora

Sin novedad en el frente
Sin novedad en el frente.Cortesía

Si usted no ha leído la novela escrita en 1929 por Erich María Remarque (1898-1970) o visto el largometraje de 1930 (Óscar a la Mejor película y director), topará con un Sin novedad en el frente (Netflix) colosal, de asombrosa técnica digital, lleno de violencia bélica y sorprendente banda sonora; donde el relinchar de caballos, el petardo de las granadas, el lamento de los moribundos se mezclan con la flama que genera el reventar de las bombas, todo, hasta crear un infierno humano. La fotografía es fenomenal. La música viene llena de tensión, melancolía e inquietud y cuando cesa, brota un silencio sepulcral, ahondado por la toma panorámica que modela cadáveres insepultos.

El filme también podría convertirse en una lección de historia y así testificar la “evolución” de las armas ofensivas: allí está la guerra química a través de los gases venenosos creados para esos combates: acumulación de fluidos tóxicos que provocaban dolorosas quemaduras en la piel. Del mismo modo está Ferdinand Foch (Jefe de Estado Mayor de tierra), quien fuese el máximo testigo de la firma del armisticio que puso fin a aquella movilización; lo interpreta el actor Michael Wittenborn.

El director, Edward Berger, muestra solo hechos y olvida aplicar lo más trascendental: la pasión humana. Pensando, a lo mejor, que ello queda en manos del espectador. La dirección artística es apropiada en los detalles del vestuario, vehículos, de los uniformes y sobre todo… las placas identificativas que debían llevar los miembros del ejército para ser reconocidos luego del momento fatal.

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Destaca la secuencia inicial pues la pantalla se abre con un encuentro beligerante que hace recordar a Steven Spielberg y su Rescatando al soldado Ryan. Otro momento de perfección se refiere al hecho que al soldado muerto se le quitaban las botas, las armas, y la ropa era entregada a la lavandería y luego de secarlas eran remendadas para que esos uniformes volvieran a ser usados por los nuevos piquetes.

Las actuaciones están bien logradas, pero les falta esas caracterizaciones, repito, que elevan los espíritus.

Falla el guion pues este ha convertido la novela en una base, no un todo. Así han suprimido la licencia otorgada a Paul, el encuentro con su madre y mucho más, sobre todo su poético final, que no lo narraré para evitar una disconformidad, pero si advierto que el nuevo pierde la vibración de su argumento y como “para muestra basta un botón” transcribo el intertítulo con que empieza la versión de 1930: “Este relato no es una confesión, tampoco una acusación y mucho menos una aventura para quienes se enfrentaron a la guerra, cara a cara. Sencillamente trata de hablar sobre una generación de hombres a quienes, a pesar de haber escapado de las bombas, la guerra los destruyó”.

Esto, lamentablemente, no lo consigue Berger pero sí le sirve para dejar en pantalla un gigantesco mural en movimiento.

El argumento

Paul Baumer (Félix Kammerer), Albert Kropp (Aaron Hilmer), Matthias Erznerger (Daniel Bruhl) y otros compañeros de colegio se enlistan al ejército que lucha en la Gran Guerra (más tarde llamada Primera Guerra Mundial, 1914-1918) con entusiasmo y euforia. Esto se debe al discurso patriotero y nacionalista dicho frente a ellos por el rector Kantorek. Se enrolarán en lo que para ellos, en ese momento, será una aventura. En el cuartel conocerán a los soldados “Katz” (Albretch Schuch) y Tjaden Stackfleet (Edin Hasanovic), ambos se convertirán en sus amigos y soportes emocionales. Situados en el Frente Occidental, mundo de trincheras, experimentarán el hambre, el dolor, la fatiga, el miedo, la ilusión convertida en desilusión y verán, probablemente… la muerte.