Ocio

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Saralhue Acevedo, coordinadora de Proyectos Especiales del Museo Casa del AlabadoHenry Lapo

Somos lo que comemos

La muestra 'Sabor y saber' ofrece un viaje al interior de la alimentación precolombina. La investigación tomó un año

“Nuestra historia sabe a cacao”, comenta la historiadora Saralhue Acevedo, coordinadora de Proyectos Especiales del Museo Casa del Alabado. Pero no solo sabe a cacao, sino también a maíz, a yuca, a calabaza, a maní y a ají. 

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Ese pasado gastronómico es el eje de la muestra ´´´'Sabor y saber: un viaje al interior de la alimentación precolombina’, que se lleva a cabo en la sala temporal del museo, y que ofrece a los visitantes la posibilidad de sumergirse en una historia con sazón local.

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“Hace un poco más de un año, el equipo investigador se preguntó qué era la alimentación precolombina y cómo se integraba con nuestra realidad. Llegamos a la conclusión de que la alimentación precolombina no era solo gastronomía, sino que también era el territorio y su modificación, la agricultura, la observación de los fenómenos astronómicos, del clima y de las condiciones del entorno, y los rituales relacionados a la comensalidad, que se pueden ver a través de las vajillas de los pueblos”, explica la experta. 

Para ello, el equipo sometió ollas, cántaros, vajillas y utensilios conservados en las reservas del museo a una serie de procesos científicos, y halló en estas vestigios alimenticios. Ahí se encontró evidencia etnobotánica y genética de los productos que se localizaban ya en este territorio y que, incluso, se consumían antes de lo que muchos expertos pensaban.

Tras ello, las pruebas sirvieron para generar alianzas con archivos y museos de la ciudad y el país con el fin de ver cómo estos productos eran vistos en tiempos como la conquista o la colonia.  “Quisimos ofrecer una reflexión que nos interpele no solo a nivel histórico, sino como sociedad en este momento, si no no tiene ningún sentido. Nuestra misión es construir un puente al pasado”, dice. 

Y es que sin contexto, un cántaro de agua es solo eso, pero con la mirada puesta en qué se comía, se  puede reconocer la forma de una chirimoya o de una calabaza. “Lo más interesante es que desde esta mirada podemos comprender que una yuca, por ejemplo, no es solo eso, sino que es chicha, y qué significaba eso para los habitantes de esa época”, indica.

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Pendiente.Henry Lapo

Solsticios y equinoccios

La muestra se divide en dos salas. La primera de ellas, 'Sabor y saber', ofrece una introducción a los asentamientos, técnicas de agricultura e intercambio económico de la época. Un enorme mapa recibe a los visitantes al entrar al espacio. 

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Ahí se ve la geografía ecuatorial y sus múltiples alturas y pisos ecológicos. “Desde hace miles de años, esta verticalidad ha acogido una gran diversidad de especies de alimentos y animales. Sus representaciones en cerámica, junto con las de canasteros y cazadores, son testigos de la riqueza de los productos domesticados en este territorio que forman parte de la alimentación mundial”, explica Acevedo. 

La segunda sala exalta las especies claves en la dieta precolombina. Esta cambia cada tres meses, de acuerdo a los solsticios y equinoccios. “Estos procesos tienen una relación cercana con la calendarización de la agricultura. Hoy, en los Andes, aún se organizan los cultivos basándose en los cambios astronómicos y esas fechas también están relacionadas de manera muy cercana con las festividades de los pueblos andinos, como el Inti Raymi”, dice. 

El año empezó con el cacao. 'El tiempo de la yuca y la calabaza estará abierto al público hasta junio'. A mediados de ese mes iniciará el tiempo del maíz, y el último trimestre del año estará dedicado al ají y al maní. 

“Hablamos de las especies, sí, pero también dialogamos con la historia a través de los archivos de épocas posteriores, de exploradores, de científicos y de cómo ellos veían esta especies”, añade.

La yuca, mucho más que un alimento

En el marco de la exhibición, el museo desarrolló una serie de actividades y talleres que se ofrecen con el fin de llevar la historia a la actualidad y facilitar la comprensión de los visitantes. Este sábado 20 se dictará el primer curso del ciclo de la yuca y la calabaza, que se enfocará en la creación de biomateriales con almidón de yuca. 

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Será dictado por la diseñadora de modas Cristina Muñoz, quien se ha especializado en integrar el diseño de forma transversal, para explorar alternativas relacionadas a futuros sostenibles. “Este taller encuentra su inspiración en la materialidad y los colores de los vegetales y busca una oportunidad en el uso de los residuos orgánicos. 

Será la oportunidad de crear muestras de bioplástico utilizando almidón de yuca como base y permitiéndote explorar formas, texturas y aplicaciones sostenibles de este increíble material”, señala.

Los bioplásticos son producidos a partir de materias primas naturales, y ofrecen una alternativa sostenible a los materiales plásticos comunes. Para Muñoz, la técnica tiene como objetivo evitar el impacto de las partes contaminantes, creando productos que puedan reintegrarse a la naturaleza sin causar daños irreparables. 

En su investigación, ha explorado diversas aplicaciones de estos biomateriales, desde prendas de vestir hasta objetos funcionales y alternativas a productos de un solo uso. El costo es de $ 40 y tiene una duración de cuatro horas. Los interesados pueden inscribirse a través de las redes sociales del museo. Ahí también se anunciarán las próximas actividades.