
Las casas mixtas comienzan a borrarse del paisaje de Guayaquil
Las nuevas edificaciones no integran la madera con el concreto, como a inicios del siglo pasado. Algunos inmuebles sobreviven
Guayaquil ve cómo, poco a poco, van desapareciendo sus casas mixtas, aquellas edificaciones que combinaban madera y concreto y que durante décadas formaron parte del paisaje urbano de la ciudad.
Hoy, este tipo de construcciones ya no figura entre las nuevas edificaciones que se levantan en el Puerto Principal, marcando un cambio silencioso pero evidente en su fisonomía arquitectónica.
Las casas mixtas fueron comunes en distintos barrios tradicionales, especialmente en zonas consolidadas del centro y del sur, donde la madera convivía con el hormigón como una solución práctica, económica y adaptada al clima.
Sin embargo, en la actualidad, los nuevos proyectos habitacionales optan casi de forma exclusiva por estructuras de concreto, relegando la madera a un uso decorativo o secundario.
Este giro no responde a una sola causa, sino a una suma de factores. Las exigencias técnicas, las normas de construcción vigentes y las preferencias del mercado han ido empujando a los constructores hacia sistemas considerados más durables y estandarizados. En ese escenario, la casa mixta dejó de ser vista como una alternativa viable para nuevas obras.
El resultado es que las edificaciones que aún combinan madera y concreto pertenecen, en su mayoría, al pasado.
Muchas sobreviven como testigos de otra etapa de la ciudad, mientras otras han sido demolidas o transformadas, perdiendo los elementos que las caracterizaban. Así, la presencia de este tipo de vivienda se reduce año tras año.

Para el arquitecto Javier Castillo, integrante de la fundación Bienvenido Guayaquil, la desaparición de las casas mixtas no solo implica un cambio constructivo, sino también una pérdida simbólica.
“¿Hacia dónde apunta la arquitectura vernácula? Pues a la desaparición. El guayaquileño, los arquitectos, los constructores y las tendencias son lo que marcan que y que no está en uso. Lamentablemente, lo vernáculo, lo local está “out” en el imaginario guayaquileño, más interesado en emular tendencias del exterior”, expuso.
Pero indicó que esta tendencia no es actual, sino que ya comenzó a evidenciarse a finales de los años 60, en que desde diferentes sectores señalaban que la arquitectura vernácula “atentaba contra el ornato y el progreso” de la ciudad.
Gilda San Andrés, catedrática en la Facultad de Arquitectura en la Universidad Católica de Guayaquil, consideró que la arquitectura guayaquileña se mueve históricamente entre dos polos: el uso de materiales autóctonos y el contraste con sistemas más industriales como hormigón, metal, vidrio.
Según la experta, en la última década hubo un esfuerzo por repensar el uso de materiales como el bambú, un proceso impulsado principalmente desde la academia.
San Andrés explicó que ha participado en proyectos en los que este material dejó de asociarse únicamente a soluciones precarias. “Ya no solo se ha concebido como un material de bajos recursos, sino que es un material con el que se puede construir con buena calidad que dura mucho tiempo”, dijo.
Pese a ello, la arquitecta advirtió que la tendencia actual parece alejarse nuevamente de esos enfoques.
“Yo creería que en realidad la arquitectura, por su ritmo, estamos yéndonos de nuevo hacia un estado de construcción con materiales mucho más fríos como el hormigón y el metal, lamentablemente”, sostuvo.
La arquitecta recordó que, a inicios del siglo XX, los guayaquileños se resistieron a construir exclusivamente en hormigón.
“La gente decía: ‘yo no quiero estar en una caja de piedra, yo quiero seguir construyendo en madera’, porque era mucho más poroso, más ventilado”, era el razonamiento de la época, señaló, en un contexto en el que no existía aire acondicionado y el diseño y los materiales de la vivienda permitían una mejor ventilación.
Hoy, dijo, la falta de mantenimiento, el desconocimiento y el mayor valor del suelo han provocado que muchos inmuebles se dejen deteriorar.
Para San Andrés, el problema también es cultural: “Es algo que debemos tener desde la escuela, desde niños, conocer como funciona cada cosa y que podemos preservarlas desde muy pequeños”, indicó.
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