Trabajar con el cuero, el oficio en vía de extinción

  Guayaquil

Trabajar con el cuero, el oficio en vía de extinción

La talabartería sobrevive en Guayaquil. Artesanos cuentan cómo es el trabajo y qué artículos elaboran con la piel. Ciudadanos evocan anécdotas de antaño

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Labor. En Alfredo Baquerizo Moreno y Mendiburo, Manolo Fernández tiene su negocio, donde elabora diferentes artículos.Christian Vinueza

Si usted es de la ‘vieja guardia’, quizá la palabra talabartería no le es desconocida y sabe de qué se trata, pero si vino al mundo durante las últimas tres décadas, probablemente tarde un poco en pronunciar el término y lo asocie a una taberna o licorería.

Nada de eso, pues se trata del arte del trabajo del cuero y sorprende que el oficio aún sobreviva en Guayaquil, una ciudad donde no es común encontrar ganado cerca, como sí lo es en ciudades de la Sierra como, por ejemplo, Ambato o Ibarra.

Los talleres de esta labor perduran y, entre las vitrinas o estantes, sobresalen artículos de todo tipo; pero los que predominan son las maletas, billeteras, cinturones (hasta los de levantamiento de pesas) o brazaletes para los relojes.

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Diario EXPRESO recorrió algunos puntos de la ciudad y conversó con tres talabarteros, todos en el centro, así como con guayaquileños que evocan sus anécdotas en torno al oficio, que está en ruta de extinción, pero se resiste a morir.

Uno de ellos es Luis Chica, líder barrial de la onceava etapa de la Alborada. Él narra que en las décadas de los 70 y 80 la talabartería tuvo su auge, y muchas veces las personas acudían a estos lugares para arreglar maletas de viaje o para que se elaboren artículos exclusivos, como lo hacía su padre con los cinturones de cuero.

“En ese entonces vivía en el centro y mi papá mandaba a hacer las correas a su gusto, color y modelo. Me acuerdo que quiso al estilo de vaquero con diseños dentro de la correa y con metal; la mayoría de las talabarterías se encontraba en los alrededores del Mercado Central, la 6 de Marzo...”, cuenta Chica, quien, remarca, la Alborada ni existía en esa fecha.

Califica como una “tradición” a la talabartería, y lamenta que haya ido desapareciendo, por lo que sugiere que se ponga en marcha una ruta para que las nuevas generaciones conozcan el arte de trabajar con el cuero. “Sería interesante, pues también se recuperaría una fuente de ingresos”.

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Oficio. Un artesano pule lo que sería un estuche para celulares.Christian Vinueza

El escultor Tony Balseca también recuerda de cerca el oficio, pues su familia se dedicó a la actividad. Incluso su abuelo, Eliecer, fundó en los 60 un establecimiento de este tipo. “Ahora se sobrevive porque se hacen reparaciones y modelos exclusivos. Hay gente que valora el cuero y producto manufacturado, pero sí fue un golpe para los talabarteros”, narra.

En tanto, uno de los talabarteros que sobrevive en Guayaquil es Hugo Fernández, quien tiene su negocio en Febres Cordero y Coronel, cerca de la Bahía. Tiene trabajando por esta zona desde hace 45 años y elabora hasta estuches para el celular con este material. Reconoce que muchos talabarteros, con la llegada de los materiales sintéticos y extranjeros -que son más baratos-, decidieron vender sus máquinas y herramientas.

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“Hay cinturones desde 4 dólares, pero no duran y el cuero es caro y mucha gente desconoce; yo lo compro en Ambato y cada banda está por $ 50. Aquí vienen personas de otros cantones, como de Babahoyo”, dice Hugo, mientras pule y corta un pedazo de cuero.

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Cambio. Los talabarteros ahora utilizan material sintético.Christian Vinueza

Manuel Rodríguez, otro talabartero cuyo local se levanta en Francisco Campos y Benálcazar, admite que con la llegada de imitaciones este arte se fue apagando, y se vio empujado a trabajar con material sintético. “Hasta los portabanderas se elaboraban con cuero; un cinturón podía costar $ 40, y por eso muchos se dedican a hacer solo billeteras y, en mi caso, solo hago reparación y confección”, manifiesta el hombre, quien desde los 8 años se sumergió en este oficio.

En ese entonces recuerda que había maletas fabricadas con suela, cuadradas, en las que se estampaban paisajes. “Mi maestro curtía las pieles, y ahora para sobrevivir, trabajo en lona, sintético”, concluye.

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Destreza. Hugo Fernández mientras trabaja con un bolso en su taller, donde predominan cinturones y billeterasChristian Vinueza