Cartas de lectores | Hace 50 años, guerra, extraterrestres o fin del mundo…
Me cansé de negarlo y terminé diciendo que sí, que algo me enseñó. Qué más da
Me acosté tarde, como siempre, en el dormitorio que compartía con mis dos hermanos: una litera azul para los mayores y una cama de una plaza de fierro junto a la ventana, la que me tocó a mí. Pasada la medianoche se escuchó una explosión enorme que despertó a todos. Salimos a la calle y los vecinos ya estaban afuera mirando el cielo rojo; algunos incluso de rodillas. Yo pensé en una guerra, marcianos o el fin del mundo.
Pronto se encendieron las radios. Don Armando, de Radio Cristal, informaba de una gran explosión en las instalaciones de Shell Gas, al sur de la ciudad, cerca del Camal del barrio Cuba. Lo más peligroso eran los tanques de combustible y su cercanía con las ciudadelas 9 de Octubre y Pradera. Los vecinos, asustados, salimos a portales y parques. En la radio decían que todo el sur podía verse afectado si el fuego alcanzaba los tanques. Con mi hermano y unos amigos corrimos hasta la avenida Quito (25 de Julio) y subimos a los bloques de Las Acacias, que estaban desocupados. Desde la terraza vimos un cielo rojo y la avenida llena de carros que huían de sur a norte, en medio de un enorme congestionamiento cerca de las dos de la mañana.
No recuerdo a qué hora volvimos a dormir, pero acordamos ir en la mañana en bicicleta al lugar de los hechos. Estábamos de vacaciones y nuestra curiosidad no podía perderse la tragedia de cerca.
Era el 10 de marzo de 1976, a las ocho de la mañana. Llegamos al barrio Cuba y todo era caos: calles cerradas, escombros e industrias quemadas. Se hablaba de casas afectadas en la ciudadela 9 de Octubre, así que fuimos hacia allá. Encontramos una villa partida en dos por una plancha de un tanque que había explotado. En la casa estaba una señora bajita y gordita. La miré bien y grité: ¡mi profesora! Le hacía señas, pero no me veía. Mis amigos preguntaron si era mi profesora y respondí que sí, de costura. De inmediato aclaré, algo sonrojado, que en realidad enseñaba en mi escuela, la República de Chile, pero no a mí.
Con los años siempre me molestaban diciendo que yo había aprendido costura en la escuela. Me cansé de negarlo y terminé diciendo que sí, que algo me enseñó. Qué más da.
Si en ese tiempo hubieran existido internet y redes sociales, tendría fotos, pero justo ese día no llevamos la Kodak 110 con su rollo de 24.
Leonardo J. Tapia Blacio