Tuberculosis en cárceles: alertan riesgo de epidemia y llaman a mejorar atención médica a PPL
Si no se realizan estas acciones, la sociedad en su conjunto corre el riesgo de enfrentar, más temprano que tarde, un resentimiento social

Personas privadas de libertad reciben atención médica por tuberculosis en un centro penitenciario del país.
Tenemos la mala costumbre de emitir palabras que estigmatizan a individuos, grupos e incluso etnias. Esta forma de tratar a nuestros semejantes bien podría calificarse como una conducta que, de una u otra manera, se ha normalizado en la vida cotidiana, y eso resulta aberrante.
Mencionamos esto porque diariamente se detectan casos de tuberculosis pulmonar en las prisiones del país. Sin embargo, esta enfermedad solo llega a nuestros oídos cuando adquiere notoriedad pública o cuando alcanza situaciones extremas, cuyo restablecimiento para los afectados resulta irreversible. Se barajan entonces dos circunstancias: la muerte o la cronificación de la enfermedad.
La ciudadanía, llamada a alarmarse por esta grave situación, muy oronda y, en ocasiones, cruzada de brazos, manifiesta: “Son delincuentes nomás”. Lo hace sin considerar que esta enfermedad contagiosa podría extenderse al resto de la población.
Riesgo de propagación dentro y fuera de las cárceles
Además, al no contar ya con un hospital neumológico, esta enfermedad, aun cuando permanece dentro de los pabellones carcelarios donde existen numerosos casos, puede propagarse intramuros de las prisiones, “jugando al pepo” entre las personas privadas de libertad (PPL), y terminar convirtiéndose en una epidemia de alcance nacional.
A manera de sugerencia, ¿qué le cuesta al actual Gobierno habilitar por lo menos dos o tres salas del Hospital LEA, clausurado durante el gobierno de Lenín Moreno? Los pacientes penitenciarios podrían abandonar temporalmente el hacinamiento y acceder a un ambiente con aire limpio, recibir un tratamiento básico contra la enfermedad y una mejor alimentación.
Si no se realizan estas acciones, la sociedad en su conjunto corre el riesgo de enfrentar, más temprano que tarde, un resentimiento social de indescifrables consecuencias por parte de quienes tienen familiares privados de libertad y a quienes hoy tratamos de manera despectiva o, como bien mencionaba el papa Juan XXIII, como “despojos humanos”.
César Antonio Jijón Sánchez