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Guayaquil

Testimonios del COVID-19: “Mi madre estaría muerta si fuera por el Gobierno”

Una familia del suburbio narra su historia. No ha podido acceder a las pruebas y tiene una adulta mayor contagiada y sin atención de la autoridad.

Familia López Sáenz, en el balcón de su vivienda, ubicada en el suburbio.
Familia López Sáenz, en el balcón de su vivienda, ubicada en el suburbio.Blanca Moncada / EXPRESO

“Llame al 171 y le darán cita para un mes, llame al 911 y le dirán que no hay ambulancia y que llame al 171. Estar con síntomas de COVID-19 es como jugar tenis y ser la pelota. La ayuda no llega nunca”.

Edilma Sáenz de López habla claro y con coraje. Habla con la autoridad del ciudadano mandante y con la indignación del habitante olvidado. Habla desde el alma.

Está sentada en una silla que ha puesto frente al comedor, fuera del perímetro de la sala, donde, en cambio, está parte de su familia sentada: su esposo, Vidal López, de 58 años; su hermano, Miguel Sáenz, de 65, y dos de sus hijos.

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Miembros de la familia presentan síntomas tras el primer contagio.Blanca Moncada / EXPRESO

La odisea de la falta de atención

Alrededor, más muebles, pastillas sobre una mesa, un espejo delgado en la pared y un plasma apagado. En días buenos, ella y su pareja se dedicaban a ser comisionistas en una empresa de telecomunicaciones y la casa está bien equipada, pero, aseguran, la bonanza se acabó con la libertad de circulación. “Si no podemos trabajar, no podemos comer”, insiste Edilma.

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Su madre, Ángela Zambrano, de 94 años, está en uno de los dormitorios de la casa, acostada, con una bata celeste, y provista del oxígeno que pudo conseguir gracias a amigos.

Los López-Sáenz viven en la parroquia Febres-Cordero. Hasta el 15 de este mes, el Ministerio de Salud confirmó 498 casos allí. Es la tercera parroquia con más positivos oficiales, seguida de la Tarqui y la Ximena, que concentraban hasta ese día, 2.383 y 628 casos.

Discursos versus realidades

A juzgar por lo que ha visto en el barrio, Vidal López Triana, esposo de Edilma, cree que son muchos más los contagios en la zona. “Por aquí se han muerto un montón de vecinos. ¿Cómo saber cuántos estamos contagiados, si ni pruebas nos han hecho?”.

“Nos cansamos de llamar por ayuda”, resume la odisea de estos días Vidal López. El 16 de abril, el día en que Ecuador conmemoró un año más del terremoto, su casa misma temblaba de indignación y él decidió gritar en Twitter. “Es que si no me escuchaban por teléfono lo iban a hacer por ahí”, dice.

“Por el amor a Dios, ayúdennos... Estamos contagiados todos en mi hogar, practicamos el “no salgas de casa”. Somos disciplinados, pero no nos ayudan, ¿a quién le pido que nos vengan a socorrer? El 911 solo nos dice que no tiene ambulancia, que nos la arreglemos para llegar a un hospital”, le escribió a la ministra de Gobierno, María Paula Romo, ese día.

En otra respuesta, esta vez a la alcaldesa Cynthia Viteri, escribió: “Estoy pidiendo ayuda desesperadamente. No se a quién acudir. Se me terminó el dinero. Ya no puedo hacer recargas de oxígeno, y una de mis hijas tiene insuficiencia en la glucosa seis fosfato. Es la primera vez que pido ayuda. Dios la bendiga siempre”.

Nada sirvió. Ni siquiera el tuit que luego envió al gobernador Pedro Pablo Duart con el mismo mensaje. “Soy ciudadano y tengo una perspectiva. Ellos, los funcionarios públicos, nos sirven a nosotros. Pero eso no se siente. No en este barrio. Vaya a ver en la esquina, ese centro de atención móvil del Municipio lleva días cerrados. No es justo”, resalta Vidal.

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Tiene puesta una mascarilla de pintor y junto a él, en la entrada de la puerta, hay un tanque de oxígeno de algo más de metro y medio de altura. “Lo conseguimos por unos amigos. Nos lo alquilan a diez dólares el día”, se adelanta Edilma.

La primera vez que su esposo vio el tanque para su suegra, como era tan grande, creyó que serviría para varios meses. “Pero no. Solo dura doce horas”, añade Miguel Sáenz, hermano de Edilma, adulto mayor y quien, como todos en casa, ha presentado malestar los últimos días. Con recarga, alquiler y movilización, la familia invierte 50 dólares al día para mantener estable a la abuela, un valor ahora inalcanzable.

Agradecen a amigos que escuchando su testimonio se han acercado a ayudar. “Son gente que comparte lo poco que tiene por ver nuestra situación, porque mi madre estaría muerta si fuera por el Gobierno”, recuerda Edilma, otra vez habla con coraje. Habla con la autoridad del ciudadano mandante y con la indignación del habitante olvidado.