
Palabras bien nuestras: el diccionario más sabroso del Ecuador
Hagamos un viaje divertido por expresiones ecuatorianas que revelan identidad, picardía y risas en cada conversación
Yo no sé ustedes, pero a mí me basta sentarme en una esquina, con cafecito y pan caliente, para disfrutar el concierto más sabroso del país: nuestras palabras. Porque así no salgan en la Real Academia de la Lengua Española, viven felices en el mercado, en el bus, en la cocina y -sobre todo- en esas sobremesas donde uno termina diciendo “¿qué pasó, ñaño?, ponte pilas que esto es la chulla vida”… y nadie necesita traductor.
Y ojo, mijita: muchos de estos términos quizá ya no aplican para la nueva generación TikTokera, pero fueron la forma más deliciosa de hablar en la costa ecuatoriana antes del cambio de siglo.
Así se habla cuando el alma es ecuatoriana
Empecemos con una joya: ñaño. Esta palabra es más que el hermano carnal, aquí se aplica al cómplice de travesuras y compañero de farra, y si la confianza sube, pasa a categoría premium: mi pana o mi llave. Eso ya es amistad con garantía extendida, de ley.
Cuando amanecemos listos para ganarnos el día, decimos que vamos a camellar -aunque nadie se esté mudando al desierto-. A media jornada hacemos una parada estratégica para la jama (el almuerzo), y si el jefecito afloja (y el sol recalcitrante lo permite), nos regalamos una ruca (siesta) antes de seguir con las responsabilidades. Todo eso, mientras algún pana prudente hace de ojo seco y nos da la alarma con un: “ponte once”, no vaya a ser que nos encuentren dormidos.
Otra palabra que merece monumento nacional es chuta. Sirve para todo: sorpresa, tragedia doméstica o resignación filosófica. Si llueve cuando lavaste la ropa: chuta. Si ese man no apareció con la plata: chuta. Si se te paró el guacho (o sea, el corazón) porque viste al ex en la farra… chuta también.
Y cuando hablamos de farra, el ecuatoriano pasa por varias etapas. Primero se enfunda su mejor cachina para brillar en la noche aventurera; luego llegan las primeras bielas… y, casi sin darse cuenta, ya está pluto.
Si en medio del baile hace clic con una pelada, en cuestión de minutos terminan amarrados. Pero a la mañana siguiente aparece el chuchaqui, y ahí anda el pobre, sin entender muy bien qué pasó con la afortunada que tuvo la paciencia de escucharle toda su labia.
En el humor criollo también brillan expresiones como “no seas sapo”, versión cariñosa de “no te metas donde no te llaman”; o el clásico “no seas lamparoso”, para el que exagera, presume o quiere llamar más la atención que globos de feria.
Y cuando la situación se pone intensa, aparece el comodín diplomático más ecuatoriano del planeta: “ya pues, no seas malito.” Eso mueve corazones, abre puertas y trámites municipales… ¡Amén o no amén!
Estas expresiones no son solo palabras: cuentan historias de panas del alma, de buses llenos, de risas en la mesa, de barrios donde todo el mundo sabe quién es ese man aunque nadie diga su nombre. Son memoria, identidad, picardía… aunque la generación actual hable en emojis.
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